Andrés Manuel López Obrador tiene autoridad: treinta millones votaron por él, y, según las últimas encuestas, a un año de distancia, el 70% de las personas que respondieron aprueban su gestión.

López Obrador tiene poder autoritario y lo ejerce. Su gabinete se comporta como un apéndice del mandatario y no como ente capaz de discutir y/o contradecir lo dicho por él. Lo mismo sucede con Morena: más que un partido independiente con voz y luz propia, es una construcción lopezobradoriana donde la primera y la última palabra dependen, nuevamente, de él. La suma de autoridad y poder autoritario es una combinación inmejorable para cualquier presidente. Lopez Obrador goza de ambos.

La autoridad no se busca, se otorga, no se compra, se recibe. A los médicos se la dan los enfermos, a los profesores, los alumnos, a los políticos, quienes votaron por ellos y reconocen su labor. Confianza, respeto, reconocimiento y admiración son atributos de las personas que tienen autoridad. Las encuestas ratifican la autoridad de AMLO. El poder autoritario, a diferencia de la autoridad, no se otorga, se compra; quienes lo ostentan lo consiguen gracias al puesto que ocupan, muchas veces con mínima aprobación y otras veces por imposición, i.e., golpes militares y, en ocasiones, por juegos sucios, i.e., votaciones amañadas o recuentos de sufragios incorrectos. Quien goza de autoridad es respetado. Quien dicta órdenes a partir del poder autoritario carece de respeto.

Nadie ha de cuestionar la autoridad del presidente. Dieciocho años de giras agotadoras que lo llevaron a todos los rincones del país fueron suficientes para darse a conocer y a respetar por la población harta de las trapacerías del PAN y del PRI y asfixiados por la miseria. Además de los méritos producto de cientos de mítines, muchos en poblaciones desfavorecidas, AMLO debe parte de su autoridad, como señalé, a la política cancerosa del PRI y del PAN. Durante los tres últimos sexenios, sin olvidar los latrocinios de los previos, la destrucción de la nación, la corrupción y la impunidad alcanzaron niveles insuperables.

Dos expresidentes, Enrique Peña Nieto —inmejorable aliado de AMLO—, y Ernesto Zedillo, viven fuera del país. Lo mismo sucedió durante un tiempo con Carlos Salinas de Gortari. Por su parte, para no defraudar a sus socios del PRI, escuchar las diatribas y sandeces de Vicente Fox contra el presidente y los embates de Felipe Calderón, gestor principal de la violencia debida al narcotráfico, versus AMLO, explican la urgencia de treinta millones de connacionales por encontrar otra voz. La desolación del país y la profundización de la pobreza causada por la pareja PRI/PAN abonaron votos a favor del hoy mandatario.

Para quienes comulgan con AMLO, tanto la autoridad como el poder autoritario son bienvenidos. Lo que alarma a la población crítica con la política actual son las raíces del poder autoritario. Sobresalen dos puntos: sin AMLO, Morena no existe. De ahí la falta de voces discordantes, las famélicas discrepancias con sus actitudes, las descalificaciones continuas del presidente contra sus compañeros de gabinete y la mínima presencia en los medios del equipo presidencial. La casi desaparición de fuerzas opositoras —del PRI y del PAN sólo quedan algunos militantes—, y la muerte del PRD, es la razón que permite ejercer el poder sin cortapisas y sin la necesidad de hacer pactos con otros partidos. Menuda realidad: los otrora opositores al mandatario se han convertido, al auto ejecutarse, en sus mejores aliados. Nada peor pudieron hacer PRI/PAN/PRD.

La autoridad y el poder autoritario de López Obrador son incuestionables. Ambos continuarán, o no, de acuerdo a los logros, no a las palabras. Cincuenta o más millones de connacionales en situación de pobreza siguen esperanzados y hambrientos de justicia. Los mismos aguardan que las promesas de campaña y del primer año de gobierno se conviertan en realidad.


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