Quienes visitan México se están encontrado con un país desbordado por sus problemas y un gobierno al que sólo le queda fingir que no está viviendo un trance sin precedentes, antesala de la descomposición a la que lo condenan los vínculos de su partido con el crimen organizado.
Los visitantes encuentran un país en el que el horror, la violencia, la extorsión y la corrupción son ya asfixiantes y no parecen tener límite, puesto que todos los días se expanden y alcanzan nuevos niveles que son documentados a diario.
Es una nación castigada en todos los sentidos y donde, para colmo, la mediocridad ha sentado sus reales al frente de casi todas las instituciones. Repartidas como botín, las dirigen los más “leales” al partido en el poder, no los más capaces. Y a esa mediocridad hay que sumar la soberbia autoritaria que asoma con cualquier pretexto.
Muchos turistas se están enterando de que este es un gobierno incapaz de buscar y encontrar, vivos o muertos, a los desaparecidos de hace 24 horas, 24 días u, olvídenlo, 24 meses. Incapaz igualmente de reconocer la que es, probablemente, la crisis forense más grave a nivel global, con más de 72 mil cuerpos sin identificar, la gran mayoría en fosas comunes, pero también en morgues que están ya irremediablemente saturadas.
Ni el gobierno de López Obrador, ni el de su discípula, Claudia Sheinbaum, han tenido la más mínima sensibilidad o compasión por las madres y demás familiares de los más de 130 mil desaparecidos. Si la hubieran tenido, el gobierno mexicano ya habría reconocido que está completamente rebasado por el horror y habría solicitado desde hace tiempo el auxilio de organismos internacionales y gobiernos de otros países.
Pero en su mísera perspectiva, capaz de alegar la defensa de la “soberanía” para defender a los narcopolíticos, eso no resulta conveniente, porque sería tanto como declarar su incompetencia; por tanto, ha preferido que las madres buscadoras hagan (penosamente, sin recursos, sin apoyo de ningún tipo) el que por obligación elemental es o debería ser su trabajo.
Y prefieren también negar la realidad que a diario les sale al paso: no pueden detener la ola de violencia, no pueden encontrar a quienes desaparecen en medio de esta, y al propio tiempo ni siquiera pueden identificar los restos encontrados a lo largo y ancho del país y, por supuesto, no pueden detener la impunidad que llega al 99%.
Lo que sí pueden es achacar las protestas que se viven hoy (incluida la de las madres buscadoras) a una conspiración de la “ultraderecha” nacional y foránea para desacreditarlos, como si el gobierno que representan tuviera algún prestigio que fuera más allá de su asociación, evidente ya, con el crimen organizado.
Lo que sí pueden, en su bajeza –luego de “encapsularlas” para impedir su pacífica manifestación–, es “investigar” si las madres buscadoras “recibieron apoyo para trasladarse a esta movilización”, dijo la señora Rosa Icela Rodríguez, secretaria de Gobernación.
Lo que sí hace nuestro gobierno “progresista” es ofenderse cuando viene la ONU a decirle que todas estas atrocidades califican ya como crímenes de lesa humanidad y que, para ser perpetrados, han contado y cuentan con la complicidad y protección de diversas autoridades del Estado mexicano.
Y por eso ordenaron a los (supuestamente inexistentes) granaderos que impidieran el paso a las madres buscadoras que querían llegar –pacíficamente, insisto– al Estadio Azteca (como le seguiremos nombrando todos), para que los visitantes no vieran el rostro de los desaparecidos ni la desesperación de sus madres, hijas y hermanas. Pero no pudieron, ni podrán. Pesa mucho y es muy grande la tragedia como para que la indolencia gubernamental pueda ocultarla.
El Mundial de Futbol está ya en marcha. El propósito de las madres buscadoras nunca fue impedirlo. Gritaremos los goles de México y veremos extraordinarios equipos competir. Pero ahora también toca que veamos, en México y el mundo entero, el rostro de los desaparecidos y la lucha, dignísima y sobrecogedora, de sus madres por encontrarlos.
@ArielGonzlez
FB: Ariel González Jiménez
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