El cincuentenario de la muerte de José Revueltas ha permitido una evocación de su figura y obra bastante completa. Diversos críticos, estudiosos se han dado a la tarea de repensar su lugar en el ámbito literario nacional –indefinido en buena medida– y su trayectoria como el hombre rebelde que fue, ese que se niega a asentir mansamente frente a las injusticias o los atropellos del poder.

No obstante, destaca la mirada colectiva con textos ya publicados en la revista Letras Libres con motivo del centenario del autor (2014) y algunos más que ahora vuelven a circular gracias a las redes sociales. En ese formidable paquete que vale la pena buscar en X o FB Christopher Domínguez revisa desde diferentes aristas (y son muchas) su leyenda; Román Revueltas desentraña, sensiblemente, lo que representa ser su hijo; Guillermo Sheridan explora la amistad del autor de Los muros de agua con Octavio Paz, mientras que Federico Guzmán Rubio analiza (instalado cabalmente en la perspectiva del cincuentenario de su muerte) su obra literaria.

A Revueltas se lo ha visto esencialmente como un intelectual comprometido con la causa comunista, pero creo que fue ante todo alguien que se cuestionaba si era moral que la mayor parte la gente en nuestro país no tuviera un sustento digno, ni educación, ni un verdadero sistema de salud a su servicio. Eso fue lo que lo movilizó contra un régimen que provenía, es cierto, de una auténtica y sangrienta revolución –una de las más importantes del siglo XX– pero que había traicionado todos los ideales sociales y democráticos de esta.

De naturaleza crítica y vocación heterodoxa, fue uno de los primeros en abrir los ojos a la verdadera condición de los países donde supuestamente se estaban instaurando las ideas del marxismo-leninismo. No llegó a ver la caída del Muro de Berlín, pero es seguro que la habría celebrado con la misma apertura que refiere Christopher Domínguez, cuando “se atrevió a pedir, apenas leyó Archipiélago Gulag, que si el comunismo soviético era lo que contaba Solzhenitsyn, había que proclamarlo urbi et orbi porque solo la verdad era revolucionaria”.

Revueltas fue un literato, un pensador revolucionario, un notable bohemio, entre otras cosas, pero no un político. Tuvo una actuación política, obviamente, pero me refiero a que no lo fue en el sentido de ser un dirigente, mucho menos un hombre de cargos y responsabilidades públicas. ¿Revueltas diputado? Simplemente no me lo imagino. Conspiraba en cubículos y tabernas, está claro; pero era la voz solitaria, libre y subversiva a toda hora de quien ha leído a Hegel, y más profundamente a Marx, sin terminar de entenderse nunca con sus propios correligionarios.

Su crítica al propio Partido Comunista Mexicano le valió ser expulsado de sus filas. Ya desde entonces, la izquierda hegemónica no conocía la pluralidad ni la tolerancia. De ahí que Revueltas observara el que desgraciadamente sería el santo y seña de nuestros “progresistas”: «Un stalinismo chichimeca, bárbaro, donde el “culto a la personalidad” se convierte en el culto a Huitzilopoztli…».

Recuerdo una pinta en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, en pleno movimiento del CEU, que decía algo así como “Ay, Pepe, como me acuerdo de ti en estas Revueltas”. Ahora no parece haber formalmente ninguna revuelta, pero sí muchos desastres que dan para más de una. Y por eso me pregunto, ¿qué diría Revueltas de un partido como Morena que se autodenomina de izquierda sólo porque en él sobrevive un puñado de herederos de aquel “estalinismo chichimeca” que él combatió?

¿Qué escribiría sobre la convergencia en Morena de prácticamente todos los detritus de la política nacional, mayoritariamente del PRI, pero también del PAN, de iglesias infames como la Luz del Mundo, hampones o lúmpenes de toda laya convertidos en diputados, senadores y hasta gobernadores bajo la máscara de la izquierda? ¿Y qué de su feliz asociación con el crimen organizado, los juniors del Partido Verde o ese gran invento del salinismo que es el PT?

No podemos hacer hablar a los muertos, pero en la obra de Revueltas y sobre todo en su ejemplo vital hay suficientes elementos críticos como para saber cuál sería hoy su postura política. Mientras tanto, a quienes confiamos en la posibilidad de una izquierda democrática, siempre nos vendrán bien aquellas palabras de Revueltas dirigidas a su hija Andrea: “No debemos esperar de nadie, sino de nosotros mismos: pensar, escribir, luchar, con audacia, despojados de todo fetiche, de todo dogmatismo, no importa el punto a que lleguemos”.

@ArielGonzlez

FB: Ariel González Jiménez

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