Chicago, Illinois.— El 6 de enero de 2021 será recordado como el día en que Estados Unidos descendió al fango de la incivilidad y el caos durante la certificación de la elección presidencial de 2020. Cientos de simpatizantes convocados por Donald Trump irrumpieron violentamente en el Capitolio, obligando a evacuar a los legis- ladores y al vicepresidente del recinto legislativo.

Hubo disparos al interior del edificio, una mujer perdió la vida, decenas de manifestantes llegaron hasta el pleno del Senado e invadieron las oficinas de los líderes legislativos. Estas protestas fueron para inconformarse por un presunto fraude electoral que nunca fue comprobado.

El partido victorioso en la elección reciente fue el demócrata, pero ante los disturbios de los trumpistas fueron los legisladores republicanos, del mismo partido del presidente, quienes repudiaron lo que llamaron “insurrección” motivada por el hombre que hace cuatro años juró defender la normatividad constitucional.

Según el diario The Washing-ton Post, el Ejecutivo ha dicho más de 29 mil mentiras desde que llegó al poder. Quizá la más malévola es su afirmación falaz de que le arrebataron ilegalmente el triunfo electoral. Las acusaciones de fraude fueron analizadas y desechadas por múltiples funcionarios electorales, entre ellos republicanos. Decenas de señalamientos fueron examinados en las cortes sólo para ser ignorados por igual número de jueces quienes denominaron los alegatos como “frívolos y sin bases”.

En un país de leyes hay procesos que deben ser seguidos para dirimir las diferencias y aclarar las controversias. La campaña de Trump fue incapaz de aportar elementos que anularan el resultado electoral en estados clave, y ya ni hablemos en toda la nación. Este cobarde y mentiroso patológico perdió por más de 7 millones de votos. No obstante, siguió inyectando falsedades y animosidad entre sus simpatizantes a través de su cuenta de Twitter y los medios dóciles a su causa.

La toma del Capitolio por una turba rebaja a esta nación al nivel donde la ley, los procesos y el apego a derecho son conceptos ajenos, inentendibles. He dicho antes que uno de mis mayores orgullos de ser parte de esta nación era la civilidad con la que se dirimían los procesos políticos. El espíritu de responsabilidad personal con el que la mayoría de los individuos se conducían.

Pero esa nación llegó a su fin víctima de su incapacidad de procesar y escuchar la frustración legítima entre algunos de sus habitantes marginados por décadas. Ese encono encontró salida en un demagogo y populista, un hombre enfermo quien está obsesionado con salirse con la suya, aunque luego no sepa qué hacer con el fruto de la victoria. Ya que Trump en lo menos que está interesado es en gobernar.

A dos semanas de que el nuevo presidente tome posesión, Twitter suspendió la cuenta que usa Trump para incitar el odio y la división con falsedades. ¡A buena hora! Ante la violencia en un recinto sagrado para el país algunos republicanos rompen, ¡por fin!, con el presidente. El hombre que creció políticamente lanzando infundios como la acusación de que el entonces presidente Barack Obama no era ciudadano estadounidense, el mismo sujeto que comenzó su mandato usando a las minorías como chivos expiatorios, hoy desgarra la nación de todos.

Estamos a días de la juramentación de Joe Biden (el 20 de enero), pero el riesgo de tener a un pirómano en la presidencia es inmenso. Trump puede ser declarado incapaz de ejercer sus funciones si el vicepresidente invoca el artículo 25 de la Constitución. La cosa es salir de esta pesadilla antes de que ocurran más tragedias.

Periodista@ARLOpinion


En la foto: Afuera del Capitolio, los seguidores del mandatario Donald Trump destrozaro n equipos de los medios de comunicación. JOSE LUIS MAGANA. AP