Un mal vecino en la cumbre climática

Antonio Rosas-Landa

Chicago, Illinois. – El cambio climático es una realidad con la que lidiamos cotidianamente. Climas extremos, destrucción, impacto económico y muertes son parte del resultado de la actividad humana sobre el planeta. A partir del 31 de octubre, 120 jefes de estado y de gobierno se reunirán en Glasgow, Escocia, en la cumbre COP26, para hablar de sus objetivos para reducir las emisiones de carbono y contener el calentamiento global.

Estas cumbres son una fiesta diplomática entre naciones cuyas agendas difieren entre sí, ahí asisten activistas climáticos, celebridades y representantes de industrias afectadas por la reducción de emisiones (empresas dedicadas a combustibles fósiles), y agentes de la emergente camada que capitaliza la transformación hacia energías limpias.

Las naciones mostrarán sus planes y aspiran a ofrecer un esquema para que los países ricos asistan económica y tecnológicamente a los pobres. Para mostrar su compromiso y deseo de retomar el liderazgo mundial, el presidente Joe Biden encabezará la delegación estadounidense, junto a una docena de miembros de su gabinete.

Los americanos llegan con una agenda agresiva que promete reducir emisiones a la mitad para el 2030, y alcanzar cero emisiones en la producción de electricidad a más tardar para el 2050. Estos compromisos requieren un inmenso esfuerzo político y legislativo en diversas esferas de gobierno, e implica un gran impacto económico y social para la inversión, la fuerza laboral y los hábitos de consumo.

Biden presentó iniciativas al Congreso que, entre otras cosas, premian a las empresas que generen electricidad con prácticas limpias y renovables y penaliza a quienes contaminan. También, ofrece inversiones millonarias para instalar estaciones de recarga para vehículos eléctricos en todo el país, un paso indispensable para la adopción masiva de esta tecnología.

El presidente estadounidense enfrenta oposición legislativa a sus proyectos de ley y se teme que llegue a Escocia con promesas y convicción, pero sin resultados domésticos. Biden necesita toda la ayuda que pueda obtener no sólo para hacer lo correcto, sino para demostrar que puede liderar a sus gobernados para luego liderar al mundo. Sin embargo, además de los obstáculos internos también debe batallar con lastres externos.

Como el mal vecino de la cuadra, México llegará a la cumbre sin un plan realista de cómo cumplir los compromisos que adquirió en el Acuerdo de París. El presente gobierno tiene políticas energéticas y ambientales que van en contra del sentido común y del mundo civilizado. Algunas de las aberraciones son: prácticas altamente contaminantes como el uso de combustóleo, invertir en refinerías en un tiempo en que se apuesta abandonar los combustibles fósiles, y la reinstalación de un monopolio estatal para producir, comprar y distribuir electricidad.

El presidente de México cambió las reglas a las empresas que invirtieron en generación de energía limpia deteniendo su avance, y dejando al país sin la necesaria inversión extranjera que dinamice su economía. En lugar de que la nación aproveche su potencial para ser vanguardia en energía solar, se enrarece el ambiente de negocios y se exhibe a México como el “burro del salón” al que nadie se quiere acercar.

Estados Unidos y México tienen una integración económica y social como nadie más en el planeta. Mucho del progreso mexicano se debe a la apertura comercial y de capitales al mundo, pero principalmente a su asociación con la primera potencia global.

Biden tiene grandes retos domésticos a los que se agrega el agravio de un vecino retrógrado, un país cuyos enviados sólo ofrecen discursos sobre un nacionalismo rancio y trasnochado. Actuar para evitar los peores efectos del cambio climático demanda acción audaz y decisiva, Biden lo está intentando, pero López Obrador solo aporta problemas y algún chistorete en la mañanera.

 

Periodista.
@ARLOpinion
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