La muerte del general iraní Qassem Soleimani en un ataque estadounidense causó temores sobre una nueva guerra en el Medio Oriente. La izquierda y los pacifistas acusan al presidente Donald Trump de comenzar la tercera guerra mundial, mientras que sus simpatizantes ven a un líder que actuó en contra de un hombre que por décadas minó los intereses estadounidenses.

Esta columna no calificará la validez moral de la ofensiva lanzada por el presidente de Estados Unidos. En su lugar, intentaré hacer una valoración de lo que significan los hechos estratégicamente para el mandatario estadounidense.

Primero, hay que reconocer que el general Soleimani lideraba desde finales de los 90s las fuerzas Quds, un ala externa del Cuerpo de Guardias Revolucionarios de Irán, cuyo objetivo es apoyar con armas, logística y dinero a grupos paramilitares que atacan y sabotean intereses americanos en el Medio Oriente. Su misión fue la raíz de su fama: contener la influencia de Estados Unidos, mientras diseminaba la ideología iraní en países sumidos en el caos.

Al ser asesinado por un misil, Soleimani estaba acompañado por el líder del partido político y grupo paramilitar Hezbollah, cuyas fuerzas han perpetrado atentados terroristas en contra de objetivos estadounidenses. Ambos estaban en Irak, país foráneo a sus personas, pero no así al avance de sus agendas.

Quienes me leen saben que no soy fanático de Trump, pero en esta ocasión el presidente ordenó el ataque luego de amplias provocaciones, algunas de ellas costaron vidas estadounidenses y dejaron a militares heridos. Incluso, en septiembre pasado rebeldes del grupo paramilitar Houthi, aliado de las fuerzas de Soleimani, atacó instalaciones petroleras en Arabia Saudita (adversario de Irán) obligando a reducir la producción de crudo en 50%.

Estas referencias ilustran que las tensiones entre Irán y Estados Unidos han ido en aumento y que, aunque es difícil de creer, las acciones tomadas por el presidente no son las de un loco busca guerras, sino las de un líder poco educado y errático, pero que marcan un alto total a la escalada iraní.

Ahora el Ejecutivo enfrentará las consecuencias de sus decisiones que nadie sabe qué alcance tendrán. Lo que es cierto es que el sector más conservador que lo apoya estará regocijado ante un líder al que no le tiembla la mano para defender los intereses nacionales. En el pasado, presidentes republicanos y demócratas rehuyeron confrontar a Irán por el riesgo bélico y político que implica. Trump, a quien no le importa lo que opinen las burocracias (al menos así se vende), no dudó en acabar con la vida del líder de los paramilitares.

Es claro que esta crisis venía cocinándose desde hace tiempo y alcanzó el hervor por la inacción de presidentes anteriores. Por ahora, Trump no sólo queda como el mandatario que sí actuó en contra de los adversarios de Estados Unidos y sus aliados, sino que además cambió la conversación sobre un líder a punto de ser enjuiciado políticamente para ponernos a todos a opinar sobre un hombre que, para bien y para mal, está al mando en Estados Unidos.

Si bien los líderes de Irán vociferan vengar a Soleimani, creo que harían bien en recordar que se enfrentarían a la indiscutible primera potencia militar.

Entiendo que Irán esté dolido por la cancelación de su proyecto expansionista por la muerte de su general favorito, pero un enfrentamiento con Estados Unidos sería mucho más costoso y, de paso, facilitaría la reelección de Donald Trump. Este es un momento para el pragmatismo. Yo aconsejaría que asuman sus pérdidas y reenfoquen su estrategia. Les conviene más un mal arreglo que un pleito que definitivamente no ganarán.

@ARLOpinion

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