Dos décadas a la sombra

Antonio Rosas-Landa

Con una sentencia de 22 años y medio en prisión en contra del ex oficial de policía de Minneapolis, Derek Chauvin, por el asesinato del afroamericano George Floyd, concluye la saga que evidenció más que nunca el problema del abuso y brutalidad policiaca en Estados Unidos. El castigo contempló la crueldad con la que el entonces policía propinó la muerte a Floyd al asfixiarlo por más de 9 minutos.

A pesar de que el juez dijo que su sentencia no buscaba enviar ningún mensaje sino apegarse a derecho, lo cierto es que el castigo en contra de un exoficial deja claro que nadie está por encima de la ley, incluyendo a sus guardianes.

El asesinato del afroamericano causó revuelo nacional al ser expuestos decenas de videos grabados con celulares que documentaron los hechos. Los espectadores exigían detener la torturar al detenido sin que Derek siquiera se inmutara. Las imágenes se convirtieron en estandarte del abuso de autoridad sobre un ciudadano común.

Según un registro no oficial, se calcula que cada año 1,000 personas mueren a manos de oficiales de la policía en la Unión Americana. De esos casos, menos del 1 por ciento culmina en policías que enfrentan cargos criminales. Aunado a esto, están las protecciones legales que evitan que los oficiales puedan ser demandados como resultado de sus actos durante “el cumplimiento del deber”.

Ambos factores, la gran discrecionalidad con la que operan y la falta de rendición de cuentas son, en mi opinión, la raíz del abuso policiaco. Por polémico que sea, es muy probable que los oficiales tengan más encontronazos en las comunidades negras pues es frecuente que en estas áreas es donde enfrentan mayor criminalidad. Los agentes del orden arriesgan la vida en estos operativos en que pueden encontrar desde gente armada y agresiva, hasta una célula del crimen organizado.

Reconociendo las dificultades que enfrentan los uniformados, y que hablamos de seres humanos falibles, como el resto de nosotros, cuyos criterios pueden ser influenciados por estereotipos, lo cierto es que el hecho de que un policía responda a un llamado no significa que sus actos deban culminar con fatalidades. Quizá un sospechoso cometió un delito, sin embargo, en la mayoría de las ocasiones eso no justifica que el perseguido pierda la vida.

Chicago, Illinois, es mi lugar de residencia. Ahí abundan los tiroteos que terminan con la muerte de un presunto delincuente. Ante la evidencia, es claro que los oficiales no cuentan con el entrenamiento para reducir la tensión durante una confrontación, por el contrario, más bien escalan los ánimos hasta que vuelan las balas. Si el presunto delincuente ha sido controlado o sometido y no representa un peligro para los uniformados, ¿por qué abusar de la autoridad propinando maltratos físicos o, peor, usar armas que deben reservarse como último recurso.

Una nueva cultura entre los oficiales debe dejarles claro que sus placas no son una licencia para maltratar, abusar o matar indiscriminadamente. Así mismo, que su empleo, muy necesario y apreciado, está enfocado en servir a los ciudadanos. Por lo que las fraternidades y hermandades entre ellos no pueden derivar en clubes de complicidad donde la ley del silencio recuerda más a los códigos entre criminales que un comportamiento digno entre servidores públicos.

Derek Chauvin y sus compañeros involucrados en la muerte de George Floyd no midieron las consecuencias de su mal proceder. Hoy, una sentencia de 22 años y medio en prisión debe dejar claro que quienes violan las leyes pagarán un precio acorde a su delito.

Periodista.
@ARLOpinion

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