Para Porfirio Díaz y Bernardo Reyes, Francisco I. Madero era un enemigo pequeño en 1905. Sin embargo, ambos sabían que el asunto podía escalar hasta convertirse en un verdadero problema. Es por eso que, el 19 de agosto, Díaz le comunicó a Reyes que convenía “que se pusiera en orden al joven Madero” en caso de que pretendiera causar alborotos y juzgaba que “mejor sería evitar que se efectuase el mal, si hay medio apropiado para ello”. Además, pidió la opinión del gobernador de Nuevo León “respecto de la posibilidad de encontrar ese medio”.

Así, cinco días más tarde, Reyes agradeció la consulta del presidente y le ofreció “tres medios para llegar al objeto propuesto”, es decir, para aplacar a Madero. El primero que concibió fue hablar con el padre del agitador para dejar “caer unas palabras amistosas, con carácter de consejo, en sus oídos” y “favorecerlo con una audiencia” del dictador en persona. Como resultado, el padre “podría hacer entrar a su hijo en orden” y, para salvarlo, “seguramente haría esfuerzos, y hasta pondría en práctica combinaciones conducentes”.

Como segundo método, propuso acercarse a don Evaristo, abuelo de Madero. En este caso, se buscaría un acercamiento más sutil y aparentemente accidental: que “el general Blázquez, o el general Terán, fueran a recorrer los pueblos de La Laguna, haciendo visitas ostensibles a las autoridades locales”, incluyendo al patriarca, cuyo domicilio estaba ubicado en Parras. En esa visita, los generales le dirían, “cual si cometieran con ello indiscreción, alguna frase que no comprometiera, pero que hiciera creer a don Evaristo que se le dirigía por razón de consideración a su familia y a su persona, en cuya frase fuera envuelta la idea del peligro que iría a correr su nieto si llegaba a provocar alarmas”. La intención era que don Evaristo lo convenciera “para que prescinda de su actitud agresiva”.

Ángel Gilberto Adame
Ángel Gilberto Adame

El último plan que Reyes formuló ya no involucraba a la familia de Madero y, aunque consideraba que era un medio muy seguro, también reconoció que “acaso por consideraciones de política no sea el más conveniente”. La idea era “hacer visible alguna tropa federal en La Laguna”, en específico, una tropa de caballería que llevara órdenes al destacamento de Torreón para que se desplazara a México o a Monterrey. Con esto, podrían quitar del mando “al teniente coronel Sardaneta, que se ha mostrado indiscreto alguna vez y simpatizador de varios oposicionistas”. Aprovechando la salida de este militar, colocarían un destacamento de 100 caballos en Torreón que quedara al mando de “jefes u oficiales que mantuvieran cordiales relaciones con las autoridades locales correspondientes”.

Al final de su carta, don Bernardo añadió que estas sugerencias “se prestan a modificaciones o ampliaciones”, según considerara Díaz. Por su parte, el presidente contestó el día 28 de agosto, juzgando “muy acertados los tres medios” y añadió: “cualquiera de ellos emplearemos si fuera necesario”. Sin embargo, ordenó que por el momento se suspendiera todo procedimiento, ya que había recibido la noticia de que el joven coahuilense publicaría un manifiesto en donde declararía “que se separa absolutamente de todo asunto político”.

Esta fue la última comunicación, de este periodo, que obra en el archivo de la Ibero entre Reyes y Díaz sobre Madero. Tres años después, el nombre del apóstol de la democracia regresó a la conversación con mayor fuerza, esta vez debido a su publicación “La sucesión presidencial en 1910”.

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