Un castigo ejemplar a la corrupción

Ángel Gilberto Adame

Uno de los periodistas que más tundieron a Juárez y a Lerdo fue el que se ocultaba bajo el seudónimo de El Padre Cobos

La palabra corrupción ha tenido distintos referentes a lo largo de la historia. En sus raíces latinas está relacionada con el efecto de destruir o alterar. Sin seguir un camino lineal, primeramente, se utilizaba en términos biológicos y corporales: el cuerpo y la sangre se corrompían. Más adelante se extendió a ambientes sociales para calificar a los perversos e inmorales. Ya para el siglo XVIII se asociaba a conductas reprochables de servidores públicos que se veían inmiscuidos en situaciones de beneficio personal, como jueces que vendían veredictos al mejor postor. Pronto el adjetivo se extendió a todas las malas prácticas de la administración.

Si bien en el Código Penal local genéricamente se tipifican “los delitos relacionados con hechos de corrupción”, dada su multiplicidad de acepciones, estos van desde la coalición, intimidación, tráfico de influencia, cohecho, entre otros. De esta manera, no existe propiamente el delito de corrupción.

Uno de los periodos más luminosos de nuestra historia fue en la llamada República Restaurada. Fue tal la estatura moral de los vencedores de Maximiliano que Antonio Caso los tildó de “verdaderos gigantes”. Sin embargo, al revisar la prensa de la época, puede constatarse que el tramo final del juarismo y la presidencia de Lerdo de Tejada no estuvieron exentos de críticas y acusaciones de corrupción.

En ese entonces se denunció que la justicia no era expedita y que el peso de la ley recaía sobre quien no era afín al gobierno. Así, se renunció a los tribunales y el uso de la sátira fue un medio efectivo de equilibrar la balanza. Uno de los periodistas que más tundieron a Juárez y a Lerdo fue el que se ocultaba bajo el seudónimo de El Padre Cobos.

El popular religioso, además de valerse de la parodia y de sangrientos monitos, expidió, en 1874, un “Código Penal para castigar los delitos de los funcionarios públicos”, con el objetivo de sancionar sus “abusos, omisiones y en general las faltas grandes y chicas”, y estableciendo las “medidas convenientes para detener los males que descubren su origen en los que maman del tesoro público”.

Entre las faltas se hallaba la estulticia, entendida como: “toda clase de tonterías, brutalidades, estupideces, pilladas, picardías, agudezas, chicanas, enredos, engaños, trácalas, arbitrariedades, carcamandas, embustes, escamoteos, disimulos, fullerías, flojeras, embolismos, omisiones, etc.”. Otros crímenes eran “la alteración de las urnas, hacer pactos personales con empresas, hacerse de la vista gorda, hacer la barba, adorar en demasía a los dioses de la vida diaria, como Baco, hacer malos discursos y firmar notas disparatadas”.

La opinión pública sería el juez, los verdugos serían los miembros de la prensa y la ejecución quedaba a cargo de los caricaturistas. Cada delito tenía su infracción, así la falta de méritos se penaba con “orejas de burro, la de capirote, aumentándose unas cabezadas de guarnición, pero si fuere de orden superior, es el más grave, se castigará convirtiendo el cuerpo del reo en el de cualquier cuadrúpedo y poniéndole las orejas gachas como perro galgo”. Las concesiones ilegales ameritaban la emplumación, mientras que apadrinar a las empresas merecía cercenar la nariz, o las orejas, la petrificación de los puestos era penada con el uso de la guadaña y barba blanca hasta que el culpable dejara el “hueso”. El nepotismo era castigado con jorobas en el vientre por cada pariente que haya amparado.

El Código se publicó bajo el lema “Independencia y a fajarse los calzones”, fue un éxito en los quioscos y tuvo más de una edición.

 

TEMAS RELACIONADOS

Comentarios