Después de haber salido airoso de una disputa legal unos meses antes, Alfred Moissant organizaría una exhibición aérea aún más ambiciosa.

Del 16 de noviembre al 4 de diciembre de 1911 el ancho de la nómina de acróbatas aéreos de la “Moissant International Aviators” vendría a causar furor en el aeródromo de Balbuena.

La expectativa fue construyéndose con una agitada campaña en carteles y encabezados de periódicos, que, no obstante, parece que no rompió la apatía de la población en un primer instante, pues los aviadores llegaron el 24 de octubre sin mayor pompa, y “El País” reportó cierto desinterés los primeros días. Quizá la innovación tecnológica no bastó para romper el estupor de una multitud que acababa de atestiguar la Revolución.

Ángel Gilberto Adame
Ángel Gilberto Adame

Sería la bizarría de una navegante la que causaría conmoción en el púlpito. Matilde Moissant, sobrina de Alfred y segunda mujer en la historia en obtener su licencia de vuelo, después de presenciar un trayecto trágico en el que su padre falleció tras una pirueta, abriría la exhibición; pareciera que estaba guardando lo mejor en su repertorio para el contexto propicio, pues al tercer día realizó maniobras insólitas. Elevándose a una altura de 460 metros, la joven causó vértigo y emoción al descender y volar muy cerca de las gradas. Esta actuación se coronaría con el truco insigne de la troupe, el “volplane”, una caída en aparente picada que se corrige en el último segundo.

En el mismo momento que Matilde salió airosa, y sin darle espacio al público para procesar lo que recién había visto, despegó George Miller Dyott adquiriendo gran altura y replicando el descenso de su compañera.

Al regresar a tierra, ambos fueron llenados de vítores y felicitaciones. Algo contrastaba entre el prodigio técnico que se atestiguó y nuestra condición posrevolucionaria. La noción del progreso parecía volver al ideario nacional durante los días que duró el evento.

Destacarían a lo largo de esa temporada también las maniobras de la aviadora Harriet Quimby, “la muñeca de porcelana”, la primera en atravesar el Canal de la Mancha, pionera del guion de cine (el mismo D. W. Griffith filmaría siete de sus textos) e inseparable amiga de Matilde. Igual de osada que el resto de sus colegas, Harriet acentuaba su imagen femenina, luciendo jergas para mantener su peinado y adornando las mangas de sus guantes de piloto con pulseras de moda. La combinación de su belleza con su destreza le ganaría simpatía.

Otro hito de este circo aéreo fue el 25 de noviembre con la participación del torero Rodolfo Gaona quien prometió acompañar a los pilotos y cumplió su palabra. Célebre en la tauromaquia hasta nuestros días por su “gaonera”, el oriundo de León se convertiría en el primer torero en viajar por aire, lo cual sería por si sólo suficiente para hacer histórico el evento, pero aparecería otro actor en la narrativa.

“El País” cerró su breve crónica del vuelo del matador con la noticia de que el presidente Francisco I. Madero anunció su asistencia al aeródromo Balbuena.

El 30 de noviembre el coahuilense llegó junto a su gabinete. Ese día, George Dyott lo dejaría impresionado. En un acto del más sincero entusiasmo, el máximo mandatario del país se acercó a felicitarlo. El hombre, como agradecimiento, o tal vez para evaluar la valentía de su interlocutor, decidió invitar al presidente a volar a su lado. Ante la sorpresa de todos, incluso del mismo Dyott, Madero aceptó.

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