Durante años las organizaciones civiles nacionales e internacionales de mujeres, han luchado por construir una sociedad donde hombres y mujeres, vivan con igualdad de derechos, oportunidades y dignidad.
Sin embargo, en ese intento legítimo también hemos creado una narrativa que, aunque busca proteger, en ocasiones termina profundizando las diferencias.
Hoy es momento de abrir un debate serio, humano y universal: quizá el camino hacia la igualdad verdadera no consiste en seguir separándonos por género, sino en reconocernos plenamente como seres humanos.
El artículo 4° de la Constitución mexicana establece que “La mujer y el hombre son iguales ante la ley”.
La intención histórica de esa disposición fue correcta: proteger a la mujer frente a siglos de desigualdad y exclusión.
No obstante, el lenguaje constitucional también refleja una visión donde se sigue partiendo de la diferencia.
Por ello, resulta necesario impulsar una reforma constitucional que elimine la idea de comparación entre hombre y mujer y sustituya esa lógica por una visión superior: todas las personas somos iguales por el simple hecho de ser humanos.
Es evidente que todavía existen enormes desventajas para las mujeres en distintos ámbitos sociales, laborales, económicos y políticos. Persisten la violencia, la discriminación y las barreras estructurales que impiden una igualdad sustantiva.
Pero precisamente por ello debemos preguntarnos, si continuar hablando permanentemente de divisiones de género ayuda a resolver el problema o si, por el contrario, prolonga una percepción de separación entre unos y otros.
La igualdad no debe construirse desde la confrontación o división, sino desde el reconocimiento mutuo de la dignidad humana.
Cuando una sociedad se acostumbra a dividir constantemente entre hombres y mujeres, corre el riesgo de generar una lucha permanente de identidades donde cada grupo busca defenderse del otro y una sociedad fragmentada, difícilmente puede alcanzar la armonía social que necesita para progresar.
Por ello, además de reformar el artículo 4° constitucional, también deben revisarse y adecuarse múltiples leyes secundarias para garantizar una protección integral basada en la condición humana y no solamente en categorías diferenciadas.
El Estado tiene la obligación de garantizar igualdad sustantiva y real para todas las personas sin importar su condición: mujer, hombre, niño, adulto mayor, migrante, persona con discapacidad o cualquier otra circunstancia humana.
La verdadera justicia social ocurre cuando el Estado entiende que cada ser humano merece protección plena de sus derechos fundamentales.
No basta con declarar igualdad en los textos legales; es indispensable crear políticas públicas eficaces que permitan que esa igualdad se materialice en la vida cotidiana.
De nada sirve un discurso progresista si millones de personas siguen viviendo discriminación, pobreza, violencia o abandono institucional.
México y el mundo necesitan iniciar una nueva etapa de reflexión colectiva.
Debe abrirse un diálogo social serio sobre la manera en que estamos entendiendo la igualdad humana en el siglo XXI.
Las sociedades modernas enfrentan cambios culturales acelerados y, ante ello, es indispensable construir acuerdos globales que permitan fortalecer la unidad entre las personas y no aumentar las divisiones sociales.
La humanidad no puede avanzar si continúa fragmentándose en etiquetas que terminan alejándonos unos de otros.
La lucha por los derechos humanos nunca debió convertirse en una competencia entre géneros, sino en una causa común para proteger la dignidad de toda persona.
El reto contemporáneo consiste en encontrar el equilibrio: reconocer las desventajas históricas que aún viven muchos sectores, especialmente las mujeres, sin perder de vista que todos pertenecemos a una misma condición humana.
El lenguaje tiene poder. Las leyes tienen poder. Las instituciones también. Pero el pensamiento colectivo tiene todavía más fuerza.
Si realmente queremos alcanzar una igualdad profunda y duradera, debemos comenzar por transformar nuestra manera de entendernos como sociedad.
No somos enemigos naturales ni sectores enfrentados. Somos seres humanos compartiendo una misma historia, una misma nación y un mismo destino.
La igualdad auténtica no llegará únicamente con reformas jurídicas; llegará cuando cambiemos nuestra conciencia social y aprendamos a mirarnos sin prejuicios ni divisiones artificiales.
El futuro exige menos confrontación y más humanidad. Menos separación y más solidaridad. Menos discursos de diferencia y más construcción colectiva.
Todos pertenecemos a una misma comunidad humana. Y solamente unidos podremos construir una sociedad donde la igualdad deje de ser una promesa escrita y se convierta en una realidad vivida.
abogadoangel84@gmail.com
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