Este Mundial ha conseguido algo que parecía imposible: convertirse en tema precisamente por no ser tema.

Durante los últimos días estuve entre España y Chile esperando encontrar esa ansiedad colectiva que suele acompañar a las Copas del Mundo. La búsqueda fue infructuosa. En Chile pensé que era lógico; cuando tu selección no está, el entusiasmo siempre llega con descuento. Pero en España tampoco encontré demasiada euforia. La gente espera los partidos de su selección y poco más. Nadie parece discutir alineaciones imposibles, hacer cálculos de grupos o hablar del torneo como si el planeta fuera a detenerse durante un mes.

Quizá sea el efecto de la inflación mundialista. Más equipos, más partidos, más sedes, más patrocinadores, más ceremonias, más zonas VIP, más experiencias premium y, por supuesto, más ingresos para la FIFA. Como ocurre con tantas cosas, cuando todo es extraordinario, nada termina siéndolo.

También es un Mundial extraño porque llega sin las grandes figuras que durante décadas funcionaron como el tráiler de la película. Antes había personajes capaces de sostener la conversación global por sí solos. Hoy abundan los excelentes futbolistas, pero escasean los mitos o ya no están en la cima de su carrera.

México tampoco ayudó demasiado a construir el ambiente festivo. Desde fuera llegaron las críticas sobre infraestructura, movilidad y organización. Dentro del país aparecieron las manifestaciones, las obras de último minuto y los inevitables esfuerzos gubernamentales por apropiarse de una celebración que pertenece mucho más a los aficionados que a los políticos.

Porque si algo tienen en común los Mundiales y los gobiernos es la pasión por las ceremonias.

La FIFA montó la suya. Los organizadores montaron la suya. Los gobiernos montaron la suya. Y las redes sociales, naturalmente, montaron la propia.

Ahí estaban miles de personas documentando que estaban viviendo el momento, a veces más preocupadas por demostrarlo que por verlo. Muchos de los que llegaron al estadio no eran necesariamente los aficionados más apasionados, sino los que pudieron pagar boletos cuyo precio habría provocado un infarto a cualquier aficionado de otros mundiales. No importa. La fotografía estaba garantizada. El algoritmo también.

Al final, gran parte de la inauguración pareció una sucesión de escenografías cuidadosamente diseñadas. Todos interpretando un papel. La FIFA representando la unidad global. Los gobiernos representando la cercanía con el pueblo. Los influencers representando la espontaneidad. Y el público representando que pagar una fortuna por un boleto era una decisión perfectamente racional.

Sin embargo, el futbol tiene una costumbre incómoda: suele arruinar los guiones.

Porque después de tantos discursos, tantas campañas, tantas selfies, tantos mensajes institucionales y tantas escenografías, el partido empezó.

Y de pronto el protagonista volvió a ser ese viejo objeto redondo que nadie ha logrado sustituir.

Quizá esa sea la lección de la inauguración. El Mundial puede crecer hasta volverse inmenso, puede multiplicar sedes, equipos, patrocinadores y ceremonias. Puede convertirse en una maquinaria global de entretenimiento. Pero sigue dependiendo de algo absurdamente simple: que once jugadores corran detrás de una pelota y consigan que olvidemos todo lo demás.

Al menos por un momento, ocurrió.

México ganó el partido inaugural y, para desgracia de tanto estratega de imagen, de tantos políticos, de tantos ejecutivos y de tantos expertos en mercadotecnia, lo que terminó importando fue exactamente eso. No la ceremonia. No los discursos. No las fotografías para Instagram. No las narrativas oficiales: Un partido, una victoria.

Incluso a quienes llevábamos días convencidos de que este Mundial no estaba emocionando a nadie.

Porque al final eso fue lo que ocurrió. Durante meses se escribió un libreto perfecto: la FIFA vendiendo grandeza, los gobiernos vendiendo éxito, las redes sociales vendiendo experiencias y miles de personas vendiendo la prueba de que estuvieron ahí. Cada quien interpretando su papel. Pero los guiones tienen un problema: a veces se encuentran con la realidad. Y la realidad fue un partido inaugural que México ganó. Por una noche dejaron de importar las ceremonias, los discursos y las fotografías. Volvimos a hablar de futbol. Y así, precisamente cuando parecía que el espectáculo se había comido al deporte, el futbol arruinó el guion.

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