Claudia Sheinbaum está atrapada entre la espada y la pared. De un lado, Donald Trump, que ha convertido la amenaza de una intervención unilateral en México en herramienta de presión política. Del otro, los duros de Morena, que ven en cualquier cooperación con Estados Unidos una rendición de la soberanía nacional. Entre ambos extremos, la presidenta camina por una cuerda floja que un artículo esta semana en The Wall Street Journal describe de manera demoledora.
Si se confronta demasiado con Washington, puede poner en riesgo la cooperación en seguridad, la relación comercial y el arranque de la revisión del T-MEC. Si cede demasiado, abre un flanco interno con quienes acusan que Estados Unidos cruza la línea de la soberanía mexicana. Sheinbaum ha intentado mantener la cabeza fría frente a Trump. Pero cada concesión parece producir una nueva exigencia. Esto de que a Trump no se le apacigua, se le administra, es bastante complicado de implementar.
Lo ocurrido en Chihuahua muestra hasta qué punto el debate se ha descompuesto. Dos funcionarios de la CIA murieron en un accidente carretero tras un operativo contra el crimen organizado y todavía no está claro cuál fue su papel, qué sabían las autoridades federales y qué protocolos se rompieron. Todo eso debe investigarse. Pero en el Senado ya se habla incluso de que Maru Campos podría ser acusada de traición a la patria. La palabra no es menor. Debería ser una acusación excepcional, no un garrote partidista.
En lugar de discutir cómo cerrar huecos de coordinación, la política mexicana volvió a lo suyo, encontrar al villano al cual culpar. Chihuahua tiene que explicar. La Federación también. Pero convertir un caso delicado de seguridad nacional en un ring partidista no fortalece la soberanía; la debilita. Nada tranquiliza más al crimen organizado que ver a los políticos peleando mientras ellos controlan el territorio.
Además, ahí está el lamentable mensaje que subió Jesús Ramírez Cuevas a X. Al colocar a Maru Campos con una banda de la CIA en el brazo y del lado de “los entreguistas” que quieren “la intervención de Estados Unidos”, resume una mentalidad cómoda para la propaganda e inútil para gobernar. Según esa lógica, solo hay dos alternativas, defender la soberanía como si México fuera una isla o aceptar la intervención extranjera como si no hubiera Constitución ni leyes. Es una falsa disyuntiva que reparte culpas, pero no resuelve problemas.
El verdadero problema de soberanía no empieza en Washington. Empieza donde el crimen organizado decide quién abre un negocio, quién circula por una carretera, quién paga derecho de piso y quién gobierna de facto. Esa es la violación a la soberanía que padecemos hoy los mexicanos. Ahí es donde el Estado falla.
Por eso es un error comprar la idea de que cooperación equivale a subordinación. Se puede estar en contra de una intervención estadounidense y a favor de una cooperación seria frente a un problema común. México y Estados Unidos comparten frontera, cadenas criminales, armas, drogas y dinero ilícito.
El país necesita que la clase política deje atrás la comodidad de culpar al intervencionismo cada vez que se le exige recuperar control territorial. La soberanía no se defiende con discursos. Se defiende con instituciones capaces de imponer la ley. Instituciones que han sido debilitadas por el actual gobierno.
El reto de la presidenta es construir una tercera vía. Ni subordinación a Trump ni obediencia a los duros de Morena. Una vía que defienda la soberanía con resultados, no con memes. Que entienda que cooperar no es rendirse, pero que no actuar en contra del crimen organizado sí puede hacer que la presidenta pierda la gobernabilidad del país.
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