Hace un par de años el gran director tailandés Apichatpong Weerasethakul inauguró, en el marco del Festival Internacional de Cine de Rotterdam, su proyecto más ambicioso: un hotel. Por 75 euros uno podía pasar la noche, como en cualquier Holiday Inn, y hasta recibir el indispensable desayuno incluido. Lo peculiar del Sleepcinemahotel era que en una pantalla visible desde todas las “habitaciones” —parecían más bien jaulas— se proyectaban durante 24 horas imágenes hipnagógicas que uno veía hasta quedarse dormido. Para Weerasethakul el cine es sólo otro nombre del sueño. Dormirse frente a las películas no es un insulto sino un homenaje. También es una forma de colaborar porque, idealmente, en el sueño uno se apropia de las imágenes y las completa. Quizá por eso, en estos días de insomnio y aflicción, no haya otra filmografía más imprescindible que la de Weerasethakul. Sus imágenes nos alivian en un trance conmovedor donde los personajes ven al mundo material mezclarse con reinos construidos en la noche.

Cementerio de esplendor

(Rak ti Khon Kaen, 2015), el último largometraje de Weerasethakul hasta la fecha, parece un sueño. Como en otras películas suyas, seres mitológicos se atraviesan en la realidad, como desplazados de los sueños y perdidos entre las leyes de la física, pero a diferencia de Tío Boonmee (Loong Boonmee raleuk chat, 2010), en Cementerio de esplendor no hay distinción entre lo fantástico y lo absolutamente real. Un par de mujeres de apariencia muy normal resultan ser las princesas de un santuario, y un palacio magnífico tiene la apariencia de un bosque como cualquier otro que hayamos visto. En cierto modo Weerasethakul nos exige imaginar como Jean-Luc Godard en Alphaville (1965), una película de ciencia ficción donde los coches se hacen pasar por naves espaciales y las farolas por estrellas. La distinción importante es que Godard aspiraba a deconstruir la ciencia ficción y las expectativas que usualmente conlleva una película de ese tipo; Weerasethakul, en cambio, quiere involucrarnos con la encantadora ingenuidad de su protagonista para descubrir que sus visiones no son, de hecho, producto de la fe o la inocencia, sino realidades que se perciben con la imaginación.

Jen (Jenjira Pongpas), que apareció en Tío Boonmee como la cuñada del protagonista, se ofrece como voluntaria en un hospital improvisado en la escuela a la que asistió cuando era niña. Ella tiene una pierna más corta que otra y, aunque debería recibir más cuidado del que ofrece, Jen representa un tierno ideal de asistencia y resistencia. El hospital es desconcertante: unas máquinas con tubos de colores neón dan tratamiento a soldados enfermos de sueño, y afuera otros militares parecen ocupados con una construcción. También hay rumores sobre una psíquica que trabaja para el FBI y ayuda a los soldados a comunicarse con sus parientes. Suena como algo dirigido por Ed Wood, pero es común encontrarse con ovnis, reencarnaciones y criaturas inéditas en el cine de Weerasethakul. Lo que en palabras podría entenderse como una violenta conspiración, en la película se mueve parsimonioso, casi mudo. Nadie corre ni grita en Cementerio de esplendor; al contrario, de cada cuadro emana una paz reconfortante, un alivio.

En sus visitas al hospital Jen se hace amiga de Itt (Banlop Lomnoi), uno de los pacientes, y de la psíquica, Keng (Jarinpattra Rueangram). Con Itt se enlaza en una escena formidable que resume el estilo evocador y sensual de Weerasethakul. Jen le coloca un ungüento en el cuerpo, cada vez más brilloso, que parece ser moldeado por sus manos. El plano se mantiene inmóvil. Weerasethakul sí dirige nuestra mirada con su composición pero no nos instruye para entender la escena. No hay cortes a planos más cercanos, más provocadores. En el fondo se escuchan el viento, los pájaros. El tiempo pasa. De repente habla Itt. Su voz relajada contradice los estereotipos de los soldados furiosos que gritan órdenes y advertencias. El propósito de la escena es narrativo en cuanto a que nos muestra cómo Jen e Itt se hacen amigos, pero nada más. Su fin genuino es hipnotizarnos.

Pasa lo mismo con muchas otras escenas en la película. Nos estimulan evocando el tacto mediante el sonido y las acciones de los personajes, en vez de darle sentido o estructura a la trama. A veces logran ambas cosas cuando se conectan. En una visita a un santuario Jen pide a un par de iconos —unas princesas mitológicas— por el bienestar de Itt, a quien considera un hijo. La acompaña su esposo, Richard (Richard Widner), un exsoldado estadounidense, pero sucede muy poco de consecuencia. Más adelante las princesas se manifiestan frente a Jen pero su revelación es sorprendentemente discreta. No hay el árbol incendiado de Moisés ni el arrebatamiento poético de Mahoma, sólo un par de mujeres que platican con Jen. Una intenta venderle unas mascadas. Después de un rato ambas revelan su identidad y le explican que el hospital, para colmo de su extrañeza, está construido sobre las tumbas de los reyes; los espíritus antiguos están absorbiendo la energía de los soldados. Esto no parece un mero fraude a una mujer piadosa sino una forma muy antigua de concebir el mundo. Los dioses no parecen excepcionales sino mundanos, como los de Homero. El espectáculo es su moderada presencia.

A partir de ese punto la realidad comienza a ceder en gestos sutiles. El color se adueña de la noche. En un parque la gente se cambia de lugar como controlados por un tiempo vertiginoso. Keng usa sus poderes para absorber a Itt y mostrarle a Jen un palacio invisible. La imagen más tierna de la película nos enseña a Keng, habitada por Itt, haciendo un extraño ritual para aliviar la pierna de Jen. Se revierte la relación entre la voluntaria y el paciente, pero de algún modo se repite el plano que describí antes. Si a la audiencia todavía le queda interés por la conspiración, la película fracasa. Para Weerasethakul la trama es inconsecuente, quizá porque no sirve —estorba, de hecho— a la inmensa comunión de las imágenes. Son ellas las que expresan sensaciones y sueños; las que disgregan el sentido para entregarnos al sueño y así curarnos del día y sus agobios. ¡Qué fortuna sería quedarse dormido viéndolas!

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