En el podio de mujeres extraordinarias donde se encuentran personajes como Marina (Daniela Vega), de Una Mujer Fantástica (Lelio, 2017) y Gloria (Paulina García, de la cinta homónima de 2013) bien podríamos agregar a Tereza (estupenda Denise Weinberg), la valiente y obstinada protagonista de O Último Azul (Brasil-México-Chile-Holanda, 2025), quien comparte con sus pares la tozudez, el arrojo y la decisión de luchar por ser libre pero también por ser feliz.
Estamos en Brasil, en un futuro distópico pero que en realidad no parece tan alejado al mundo actual. El gobierno de aquel país presume en todos los medios (incluso mediante las típicas avionetas que llevan colgado un letrero gigante) su política de apoyo. pero sobre todo de respeto y reconocimiento, a los viejitos, concretamente a aquellos adultos mayores que cumplan 80 años.
El gobierno les entrega una medalla, les marca sus casas con un arco de laureles y les obliga a dejar de trabajar. “Es momento de descansar”, dicen las autoridades reconociendo su trabajo como generador de riquezas para la nación. Así, por ley, todas aquellas personas que cumplan 80 años deben de dejar su trabajo, dejar su hogar e ir unas “colonias” donde serán tratados “muy bien”, donde convivirán con otros de su edad y donde no tendrán que preocuparse por nada porque, de hecho, pierden total injerencia sobre sí mismos: legalmente ahora dependen de algún familiar cercano quien debe tomar todas las decisiones por ellos.
Afortunadamente Tereza no está en esa situación, con apenas 77 años de edad aún puede trabajar, ser libre e independiente. Pero no contaba con que el gobierno, en su infinita bondad, bajaría la edad de “retiro” a 75, por lo que a Teresa le quedan pocos días antes de ser enviada a la colonia.
El guion a cargo de Tibério Azul, Murilo Hauser y el propio director, Gabriel Mascaro, es notable por la sencillez de la premisa real, el mundo distópico y la famosa “colonia” no son sino mero excipiente para la historia que realmente quieren contar: la de una anciana que se niega a que le arrebaten la libertad, el futuro y la independencia, a pesar de que probablemente le queden pocos años de vida.
Si bien la película no deja pasar las oportunidades en mostrar a esta sociedad distópica y este gobierno en todo el esplendor de su infinita estupidez (cierta escena donde le obligan a Tereza a usar pañal cuando ella no lo necesita), el objetivo real es ver cómo Tereza se embarca en un road trip en búsqueda de un sueño que quiere cumplir antes de ser llevada al encierro: volar en un avión.
Es aquí donde la cinta se convierte en un coming of age septuagenario donde Tereza hará (sin saberlo) un viaje de autodescubrimiento, conociendo a personajes variopintos (Rodrigo Santoro, irreconocible como un barquero que la lleva de contrabando por el Amazonas), conociendo sobre los efectos de la baba azul de cierto caracol alucinógeno, e incluso dejándose llevar por la ambición de los juegos de azar.
El viaje está lleno de atmósferas creadas a partir de las estupendas imágenes del cinefotógrafo mexicano Guillermo Garza y de la música -onírica, por momentos inquietante- de Memo Guerra, quienes impregnan a esta cinta de una personalidad muy particular, llena de texturas y no pocas escenas fascinantes.
Dicen que un cineasta jamás termina una cinta, simplemente la abandona, y es el caso de Gabriel Mascaro, quien, si bien claramente está enamorado de su personaje, no le da un cierre específico, dejando todo a la imaginación en esta alucinante, cautivadora, apasionante y auténticamente hermosa cinta sobre un personaje entrañable al que solo quieres ver triunfar en su afán por romper el sistema, cumplir su sueño y ser feliz.

