Luego de ver Michael (USA, Reino Unido, 2026) -décimo sexto filme del prolífico e irregular realizador norteamericano Antoine Fuqua- surge una pregunta obligada: ¿cuándo una biopic es buena?, ¿qué hace que el recuento de una vida extraordinaria se convierta en una buena película?
No creo que a este género se le deba pedir menos o más que a una película convencional, todas deberían cumplir al menos esto: que cuenten bien su historia, que lo hagan de forma interesante, que nos enganchen en el relato.
Si el cine es un engaño, la biopic es un terreno fértil para un engaño bonito. Porque una biopic debería ser particularmente hábil en apretar los botones emocionales en momentos claves, generar auténtica emoción en el espectador, ya sea de admiración o de repudio frente al personaje principal.
Hay otro elemento que a veces se le exige a la biopic: veracidad, contar la verdad del personaje y no la verdad que el personaje (o sus herederos) quieren contar.
Si bien esta “veracidad” provoca que la biopic sea más fácilmente aceptada por el público, no creo que sea una condición sine qua non para llegar a una buena biopic. La película puede estar contando sólo mentiras, pero puede hacerlo de manera efectiva, convincente, y estructuralmente interesante. Para muestra solo un caso: I’m not there (Haynes, 2007), una cinta que rompe completamente con la receta típica del biopic y que se construye, literalmente, a base de historias que nunca pasaron.
El problema con Michael no es que no abarque el escabroso asunto de la pederastía (la cronología de la cinta comprende desde la niñez de Jackson hasta el inicio de la etapa del disco BAD, por lo que claramente no era propósito de la película ni siquiera llegar a esos temas).
El problema está en la tibieza de la película, en su imperiosa necesidad de complacer, de llenar la pantalla de dulce y de nunca incomodar a nadie: ni al público, ni a los fans, ni a la familia del ‘Rey del Pop’.
Con un guion a cargo de John Logan (increíble pensar que se trata del mismo hombre que escribió el argumento de cintas como : Gladiator, The Aviator, Hugo, Rango, Skyfall, Spectre) inicia con la infancia de Michael a lado de sus hermanos y de su explotador padre, Joseph Jackson, único personaje al que el guion de Logan no trata con pétalos de rosa, al contrario, muy a lo Luis Miguel: la serie, el padre es aquí el villano.
Colman Domingo interpreta a Joseph con una mano en la cintura, es evidente que el papel le queda chico, sobre todo cuando el guion tiene desplantes telenoveleros. En una escena donde Joseph platica con Don King (Deon Cole) sobre cómo explotar más a Michael (al parecer es su deporte favorito) sólo les faltó reír como villanos de caricatura.
Varios gritos y cinturonazos después, mediante una elipsis nada elegante, el pequeño y solitario Michael, aquel niño sin amigos que gustaba de leer El Mago de Oz y -claro- Peter Pan, se transforma en el adolescente -también solitario y sin amigos, pero próximamente con dinero- Michael Jackson, a punto de grabar su primer disco solista apenas con la venia de su padre quien le permite hacer lo que quiera “en sus tiempos libres”.
Es aquí donde la cinta hace más énfasis en la personalidad excéntrica pero solitaria de Jackson: no tiene mascotas, tiene amigos (una llama, una jirafa, una serpiente, y el ultra famoso changuito Bubbles), compra media juguetería para luego ir a hospitales y regalar todo a los niños enfermos, dona una cantidad millonaria al pabellón de quemados (luego de visitarlo tras famoso accidente ocurrido durante la filmación de un comercial para PEPSI) para luego mostrar molestia por los medicamentos que le dan para el dolor (una subtrama que se usará para justificar pecados posteriores) y tomar la decisión (de la nada) de operarse la nariz a pesar de que el cirujano le dice que así como está se ve guapo. Y claro, una mención al vitiligo y un medicamento que está tomando para ello (esto se usará para justificar el posterior blanqueamiento de Jackson).
Peligrosamente cercana a la hagiografía, al Jackson de Fuqua solo le falta tener una aureola flotando en su cabeza. Es bueno, bueno, buenísimo. Tanta bondad jamás se había visto en artista alguno.
Pero si la vida personal del artista suena a telenovela, la vida profesional se dibuja sin mayor profundidad. Los discos surgen sin mucho trabajo, claro, porque Michael es un genio. Por ejemplo, para hacer Thriller, su obra maestra, se encierra en su estudio personal y con la ayuda de un conveniente montaje (de los muchos que hay en esta cinta) surge sin mayor contratiempo una pieza de arte pop cuasi perfecta.
El guion protege tanto a Michael que en realidad no tiene muchos diálogos. Empero, Jaafar Jackson, el sobrino de Michael Jackson, resulta convincente en pantalla, particularmente en las escenas de baile. Ese festival de prostéticos y narices falsas se olvida rápidamente: Jaafar es Michael y sin él, la película sería aún más artificiosa.
No obstante todo lo anterior, los productores saben que tienen consigo un arma infalible: la música de Michael Jackson, misma que es capaz de convertir en cine casi todo lo que toca. La decisión es más que atinada: ¡calla y baila! La película encuentra sus momentos más brillantes justo en las no pocas canciones que suenan o se cantan en la película. Desde los éxitos de los Jackson Five, hasta Billie Jean y Thriller. Resulta imposible contener la fuerza de esos temas, el ritmo que impregnan y la emoción que generan.
La película va en automático, sin profundidad alguna. Nunca sabemos como se conocen Quincy Jones y Michael, nunca vemos a Van Hallen tocando el famoso solo por el que en teoría no cobró un quinto. Lo que sí vemos es a un Michael taciturno, pensativo, que se queda viendo a lontananza antes de, él solito, sacar Thriller, dirigir los videos (apenas y una mención a Jon Landis) y demostrar a cada paso no sólo que es un dejo de bondad sino además un auténtico genio.
Michael, la película, es un filme Hallmark, una película con una puesta en escena impecable, con una historia y un esquema sumamente convencionales, donde el problema no es la falta de eventos oscuros sino lo esquemático de su construcción, lo atropellado de la narrativa, y su aversión a la autocrítica en pos de hacer de Jackson poco menos que un ángel blanco,
Pero cuando el guion calla, cuando los diálogos se pausan, cuando suena su música, ahí el filme se vuelve imparable e indiscutiblemente emocionante.
Menudo problema tienen los productores porque ya será imposible escapar, en la segunda parte, de aquellas acusaciones que terminaron marcando el nombre de Michael Jackson. Ahí ni la música los podrá salvar.
Quienes busquen escándalo, que vayan a ver el documental. Quienes busquen historia, que acudan a un libro. Quienes quieran recordar una época y cantar de nueva cuenta las canciones de Michael junto a una multitud que no puede parar de tararear, cantar o ya de perdis mover el piecito de manera rítmica, entonces esta película es para ustedes.

