¿Estamos ante el nacimiento de un nuevo género cinematográfico? Primero fue The Lego Movie (Lord & Miller, 2014), una cinta amena, llena de cameos, con un humor desparpajado y autorreferencial, con ideas interesantes sobre la creatividad y rebelión creativa, que resultaba tan hilarante como divertida. La cinta también era, sin lugar a dudas, una vil estratagema comercial, una activación de marca, un anuncio de dos horas sobre una línea de juguetes para armar. Todo lo anterior convive en una cinta que no obstante era una muy buena comedia.
Luego vino Barbie (Gerwig, 2023), una evolución de la idea de Lego: aquí también es un anuncio de dos horas de juguetes, aquí también hay humor, incluso se agrega un matiz social en su crítica -por momentos mordaz- al machismo. El resultado es el mismo: una película a la que como tal no se le puede reprochar mucho, pero que tampoco puede negar sus raíces corporativas.
Y ahora viene Masters of The Universe (E.U,, 2026). Estamos en el mismo terreno: la película quiere vender juguetes (¡mismos que ya están disponibles en las jugueterías, amiguito!), pero a diferencia de Barbie -que también hacía un comentario social sobre la lucha de géneros-, y a diferencia de Lego -que básicamente tiene mucho mejor humor-, Masters of the Universe solo ofrece nostalgia, mucha nostalgia.
Para quién no lo sepa, en 1982 la empresa Mattel buscaba competir contra Star Wars y su extraordinaria línea de juguetes que dominaba el mercado. Un grupo interdisciplinario de diseñadores, pero principalmente de mercadólogos, diseñó estos muñecos super fortachones, tan extravagantes como sus nombres (Man-At-Arms, Fisto, Evil-Lyn, He-Man) pero había un problema: estos monigotes no tenían una historia detrás (como si la tenían los juguetes de Star Wars) por lo que primero se inventaron un cómic que contaba sus aventuras y después una serie animada de televisión. Ahí empezó la locura.
Si bien estratosférico, el éxito en la venta de juguetes comenzó a disminuir años más tarde, por lo que la empresa tomó medidas desesperadas: ya hubo un cómic, una caricatura, ¡es momento de hacer una película! El problema es que la película fue un absoluto desastre. Masters Of the Universe (Goddard, 1987) bien podría ser el blueprint de todo lo que no se debe de hacer en cine, y menos cuando lo que realmente estás tratando de hacer es un comercial de juguetes.
Ahí murió Masters Of The Universe, la línea de juguetes, pero los miembros de la generación X somos necios, nos aferramos a los días buenos. Ahora, casi 40 años después, regresa He-Man y sus musculosos amigos, no para conquistar a un nuevo público (eso ya será ganancia), sino para sorprender y llenar de ilusión a los hoy cuarentones -con hijos y deudas- quienes recuerdan no solo a los monos sino también las tardes frente al televisor, riendo con la voz chillona del malévolo Skeletor y gritando al cielo: “¡Yo tengo el poder!”.
Porque ese es el público principal de esta película, los otrora niños que vieron aquella caricatura, mezcla de camp y queer, que en realidad nunca se tomó demasiado en serio, muchos menos en México, donde los memes que involucran a He-Man son hasta soeces pero inevitablemente divertidos.
Dirigida por Travis Knight (Kubo and the Two Strings, Bumblebee, amén de ser el director del estudio de animación de Laika, e hijo del cofundador de Nike, Phil Knight), la película es en realidad una adaptación a la caricatura ochentera que forjó el éxito de los juguetes. Aunque el reparto se compacta a unos cuantos personajes clave (He-Man, Teela, Duncan y Skeletor), no puedo negar que ver los cameos de los viejos juguetes me provocó una gran sonrisa.
La trama es nimia: el pequeño Adam (Artie Wilkinson-Hunt) es enviado de Eternia al planeta Tierra luego de que Skeletor (Jared Letho) ataca el castillo Greyskull. Como Superman, el pequeño Adam llega a la tierra pero sin la espada del poder que su padre le dio y que no solo es la forma de contactar a su planeta sino la fuente misma de su mítica fortaleza física.
Varios años después, Adam (fantástico Nicholas Galitzine) es ya un adulto, y además es un godín: trabaja en el área de recursos humanos en alguna oficina de Oklahoma City, donde vive (sobrevive) siempre obsesionado por encontrar la espada que le dio su padre y con la cual regresaría a Eternia. No es sorpresa lo que pasará después.
La característica que hace disfrutable esta película es que la mayoría del tiempo nadie se toma nada en serio: no lo hace Idris Elba quien claramente está ahí por el cheque, no lo hace Alison Brie quien se ve soñada en su traje de villana, y mucho menos lo hace Jared Leto quien finalmente encontró un papel donde sus habilidades para la sobreactuación son necesarias y bienvenidas, su Skeletor es probablemente el mejor personaje que haya interpretado a lo largo de su carrera, y conste que no sale su cara, su voz está procesada, y en una de esas tampoco es su cuerpo el que se ve en pantalla.
El director Travis Knight entendió la misión y cumple la mayor parte del tiempo. Es hilarante en las escenas que suceden en la tierra, tiene un manejo muy interesante del soundtrack con al menos dos secuencias para recordar (un montaje que se fondea con Boys don’t cry de The Cure, y una secuencia de acción que sucede casi en su totalidad con What’s Up de 4 Non Blondes).
Las escenas de acción se ven genéricas pero están bien montadas, los efectos especiales no son particularmente notables, y el tercer acto se va en automático, con un final predecible. Si no acabamos aburridos es justo porque en la recta final sigue una última batería de chistes y referencias a la caricatura, incluyendo una escena post-créditos que grita la palabra: “secuela”.
¿Estamos frente a un nuevo género cinematográfico?, ¿el blockbuster corporativo?, ¿la activación de marca hecha película? La tendencia seguirá, Masters of the Universe tendrá una secuela, y ante la realidad de que éste es el tipo de cine que está regresando al público a las salas de cine, solo puedo pedir que al menos estas películas sean divertidas.
¿Estoy siendo muy condescendiente?
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