La realidad puede ser muy mala novelista.

Ella sí –no Sor Juana– se ha vuelto “la peor de todas”, al menos en el rubro de la invención de relatos.

Admitámoslo. Ningún editor o productor de cine o televisión aceptaría una historia como la siguiente: el líder del poderoso país a regaña al líder del país b, pequeño pero incisivo, y luego le proporciona más herramientas para que siga haciendo aquello por lo cual acaba de regañarlo (a menos que se trate de recursos exclusivamente para legítima y verificable defensa).

O veamos la siguiente historia: el país c es el más vasto de todo el planeta y, proporcionalmente, anda muy escaso de población, al punto de que una parte de su propio territorio sigue sin explorarse, aunque tal vez cuenta allí con la materia prima necesaria para buena parte de la subsistencia del presente y para los inventos del futuro.

Pues bien, ese país inicia una guerra para obtener más de lo que más tiene y con ello sacrifica lo que menos tiene, sobre todo su gente joven. Su gente podría hacerlo aun más grande en lo que ya lo ha sido y de verdad puede seguir siéndolo: por ejemplo, matemáticas, astronáutica, ajedrez, música, literatura (ese país posee figuras universales suficientes para inhibir ese sentimiento de inferioridad que parece atacar a un sector de sus élites).

¿Verdad que son dos historias en alto riesgo de ser rechazadas si se presentaran como esbozos de guiones o argumentos (creo que se llaman pitch en el argot mercadotécnico)?

Y hay más. También sería muy débil el siguiente argumento: un candidato machista, sexista, xenófobo, tiene posibilidades de ganar las próximas elecciones con un voto variopinto, incluidas entre sus electores muchas mujeres y muchas personas cuyas raíces se incluyen entre aquellas a las que él culpa, sin fundamento alguno, de cometer actos criminales.

Me imagino llevando al editor estos esbozos. No estará satisfecho, así que le doy un cuarto y último, entre otros posibles: un candidato gana elecciones porque ha sido futbolista, y su campaña consiste en 1) jugar “cascaritas” de pueblo en pueblo, en 2) prometer cualquier cosa y en 3) no cumplir casi ninguna. Este prócer sueña con ambiciones más altas, ¡desde luego!, y por lo pronto busca quedar a salvo de la justicia mediante fuero constitucional.

Los cuatro casos tocan el nervio central de nuestra convivencia interna y planetaria: la democracia. Mucho se estudia y escribe sobre la calidad de la misma. Seamos categóricamente axiomáticos: según todas las estadísticas y ecuaciones, una mayor educación implica una mayor solvencia y solidez de nuestros mecanismos de representación política y social.

Por lo pronto, la Universidad Nacional Autónoma de México trata el asunto desde hace mucho y desde distintas disciplinas. Entre otros ámbitos, cuenta con un Programa Universitario de Estudios sobre Democracia, Justicia y Sociedad, muy activo desde 2019.

Asimismo, uno de nuestros rectores, Pablo González Casanova, produjo un clásico, La democracia en México (1964), visible en librerías y en la Fiesta del Libro y la Rosa hace unos días en la explanada del Centro Cultural Universitario.

González Casanova cimentó, consolidó una escuela que sigue dando frutos. Uno reciente es el volumen El malestar con la representación en México, coordinado por Jorge Cadena-Roa y Miguel Armando López Leyva y aparecido en 2019. Se nutre de una crisis en la democracia que ellos ven ya muy visible hacia 2014 y que habría influido en los resultados electorales de 2018.

Destaco dos conclusiones del volumen por su evidentísima pertinencia hoy: la representación es deliberativa (en otras palabras, es verbal): “Ambas formas de representación, política y social, descansan en la palabra”. Asimismo, la representación se ha vuelto insuficiente; hay un malestar cierto, fruto de limitaciones muy claras:

Si bien el régimen político mexicano es democrático, se trata de una democracia con serias deficiencias. Entre ellas, que no se ha erradicado la violación a los derechos humanos […] y [muchos] ciudadanos se encuentran indefensos frente a las amenazas y el fuego cruzado entre criminales, […]. Es de destacar la alta incidencia de asesinatos de periodistas (Cadena-Roa y López Leyva, p. 22).

Gran acierto del libro es tomar como hilo conductor el vasto concepto de representación, que es filosófico, jurídico, sociológico, desde luego politológico, lingüístico y estético. De hecho, uno de los coautores, Fernando Castaños, es lingüista y estudioso del discurso.

Ahora bien, la democracia es un asunto demasiado colectivo para que se quede en investigaciones de gran valor e insuficiente circulación. Aparte de acercarnos a investigaciones de este tipo, bien haremos desde nuestra ciudadanía en reflexionar sobre el peso de una democracia basada en las palabras como acciones y en las acciones como mensajes y como realizaciones.

Por lo pronto, a modo de simple ejercicio, ¿cuáles lemas de campaña nos están pareciendo en verdad representativos de nuestras preocupaciones más punzantes?

Aristóteles decía: unas personas tienen más propensión a mandar; otras, a obedecer. Ahora bien, quien manda, ¿obedece? A propósito de palabras, recordemos que mandatario no es quien manda, sino quien recibe un mandato. ¿Quién, entonces, manda? En la economía contemporánea, ¿predominan los intereses de ciertas industrias, ciertos carismas y ciertas corrientes? (Antonio López Vega me ha prometido un libro: ¿Quién manda en América Latina?)

Aquel líder invasor dijo hace poco: no entramos en el otro país por más territorio, sino por principios. ¿Pero qué nos dejó dicho al respecto el inolvidable, el imprescindible Marx (Groucho)?

Para comprender las grandes líneas globales de la realidad contemporánea necesitamos, sí, de ciencia política y sociología, de econometría e historiografía, de estudios internacionales y de noticias y diálogos y debates. Tampoco sobra la lectura de novelas picarescas.

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