En México medir la paz no puede ser un ejercicio de retórica gubernamental, sino una auditoría técnica de nuestra viabilidad como nación. Decir que un país es pacífico porque así se desea es el primer paso hacia la pérdida total de credibilidad internacional.

La reciente presentación del Índice de Paz México (IPM) 2026, que trajo a México el Instituto para la Economía y la Paz (IEP), un Thik tank australiano, nos ofrece una lección magistral de lo que Sandra Massoni define como comunicación estratégica, una narrativa que no oculta la herida, sino que analiza su profundidad para sanarla.

El informe revela una mejora histórica del 5.1% en los niveles de paz del país respecto a 2024. Representa el mayor avance registrado en una década y el sexto año consecutivo con resultados positivos a nivel nacional. Sin embargo, la honestidad técnica nos obliga a leer la letra chiquita esa violencia no ha desaparecido, se ha transformado.

Desde la perspectiva del Management de la Comunicación de Michael Ritter, la reputación de un país se construye sobre la previsibilidad. Si el Estado comunica una reducción en homicidios, pero la ciudadanía experimenta un repunte en violencia familiar y extorsiones, la narrativa de paz se percibe como una mentira por omisión del dato duro.

La paz en México hoy es un escenario de contrastes. No se puede mentir a la opinión pública ignorando que la violencia familiar se ha consolidado como el delito violento más frecuente, o que la fragmentación de los grupos criminales está creando nuevas dinámicas de inseguridad local. Una comunicación política madura debe reconocer que, aunque el costo de la violencia cayó 11.4%; el equivalente al 11% del PIB, la fragilidad institucional persiste.

Siguiendo la teoría de la Agenda Setting de McCombs y Shaw, el gobierno tiene la responsabilidad de posicionar los Pilares de la Paz Positiva, es decir y por ejemplo, por instituciones eficaces, bajos niveles de corrupción y un sistema de impartición de justicia sólido, como los verdaderos indicadores de éxito. La paz sostenible no es la ausencia de balas, sino la presencia de instituciones fuertes y libres de malas prácticas, como la corrupción.

Si México quiere proyectarse como un país en vías de pacificación, debe sustentar su narrativa en el fortalecimiento del sistema de justicia y no solo en el despliegue de fuerzas reactivas. El IPM 2026 advierte que la población penitenciaria está en niveles récord y el rezago judicial asfixia las garantías individuales; ignorar esto en el discurso público es apostar por una calma ficticia que tarde o temprano estallará en las manos de la administración.

La credibilidad de México en el exterior, vital para la atracción de inversiones y el aprovechamiento del nearshoring, depende de una narrativa de Gobernanza Confiable. Como propone Robert Heath, esto requiere un diálogo con los stakeholders basado en datos duros.

Para que un país sea visto como pacífico, primero debe ser visto como honesto. La paz no se construye con discursos triunfalistas, sino con la aceptación de que la violencia ha mutado y que la única respuesta efectiva es la solidez institucional. Menos propaganda y más estadística; esa es la única ruta para recuperar la confianza de una sociedad que ya no acepta la narrativa de la negación.

Alberto Martínez Romero es Director general de REDCE Comunicación y especialista en Relaciones Públicas y Comunicación de Crisis.

Comentarios