En comunicación estratégica existen frases que nacen destinadas al olvido y otras que, por su oportunidad y estructura, se convierten en verdaderos catalizadores sociales. Durante las últimas semanas, un planteamiento aparentemente simple gobernó las conversaciones, los análisis de medios y el ecosistema digital en México; la pregunta fundamental ¿Y si sí?
Tras la dolorosa derrota de nuestra Selección ante Inglaterra en el Mundial de Futbol, el impulso natural de la narrativa nacional dictaría el regreso al escepticismo. Sin embargo, reducir el impacto de esta expresión a un resultado en la cancha sería un error de lectura de comunicación de masas. Más allá del 3 a 2, vale la pena entender esta frase desde la gramática para comprender por qué ha calado tan profundo y por qué su verdadero potencial apenas comienza a vislumbrarse en el terreno político-electoral.
El éxito de la frase radica en su capacidad de poner vida e inyectar un dinamismo inédito al entorno nacional. La sociedad mexicana ha sido históricamente moldeada bajo una narrativa del "ya mérito", una estructura mental y cultural orientada a amortiguar la decepción antes de que ocurra.
El ¿Y si sí?, rompió ese molde y, precisamente ahora en la derrota, demuestra su resiliencia. No necesitó discursos elaborados ni promesas mesiánicas para movilizar el ánimo de millones. Operó como un atajo mental que desplazó el foco del fatalismo hacia la posibilidad del éxito, forzando al receptor a visualizar un escenario positivo. Esa chispa no se extingue con un silbatazo final; se queda sembrada en el imaginario colectivo como una necesidad insatisfecha de triunfo.
Lo verdaderamente fascinante es que esta frase no proviene de una costosa consultoría ni de un laboratorio de propaganda gubernamental; es un producto legítimo del colectivo social que brotó de manera orgánica desde lo popular, como el pato Merlín. En un ecosistema saturado de discursos oficiales rígidos y acartonados, la ciudadanía diseñó su propia válvula de escape y empoderamiento.
Bajo esta premisa, cualquier estratega agudo, ya sea en las filas del gobierno en turno buscando la continuidad, o en los cuarteles de la oposición construyendo una alternativa, debería ver aquí una mina de oro. Si un proyecto político tuviera la visión de apropiarse de este sentir y lo imaginara como el eslogan central de su próxima campaña, tendría asegurado un éxito rotundo. Se enfrentaría a un fenómeno de branding político tan potente que no requeriría demasiada explicación teórica ni justificaciones técnicas para convencer a la población; la marca ya está validada, adoptada y digerida por la gente, sedienta de un relato que los invite a creer de nuevo.
Sustentando esta efectividad comunicativa encontramos una impecable y sutil construcción gramatical. Al estar enmarcada entre signos de interrogación y acentuada correctamente por su naturaleza condicional y afirmativa, la frase no impone un dogma, sino que plantea un desafío. Gramaticalmente, es una estructura suspendida, una prótasis sin apódosis explícita.
Al omitir deliberadamente la consecuencia ("¿Y si sí... cambiamos el rumbo / consolidamos el proyecto / lo logramos / los dejamos fuera?"), el enunciado obliga al ciudadano a completar la frase con sus propios anhelos. Es un contenedor semántico perfecto; es la narrativa perfecta con la promesa de un cambio radical, el simpatizante oficialista con la consolidación del bienestar, el empresario con la certidumbre de la inversión y el negociador comercial con la firmeza de nuestra soberanía frente a las presiones externas de Washington en el T-MEC… y más.
Es ahí en donde la frase trasciende el marcador de un partido y se convierte en un activo intangible de urgencia nacional. A México le hacen falta ganas de triunfo; nos urge sacudirnos el miedo a creernos un país ganador, especialmente cuando las circunstancias nos son adversas.
El optimismo no es frivolidad ni romanticismo ciego, sino una herramienta de tracción política y económica indispensable para levantar a una sociedad. La psicología social demuestra que las naciones avanzan al tamaño de sus expectativas. Si la Marca país se achica ante el amago exterior o la caída interna, el resultado inevitable es la parálisis. El ¿Y si sí? inyecta la dosis de audacia que hoy más que nunca se requiere para atreverse a competir de tú a tú en cualquier mesa internacional o nacional.
Capitalizar esta energía requiere no dejarla morir como un simple fenómeno viral de internet o una nostalgia futbolística. La unión y la ilusión colectiva que de forma habitual genera un balón no tienen por qué ser exclusivas del entretenimiento, ni deben disolverse tras una derrota.
Como sociedad, debemos trasladar esa misma exigencia de triunfo y esa misma cohesión al entorno económico y político. Atreverse a responder afirmativamente a esa pregunta es el primer paso para cambiar la postura de supervivencia por una de liderazgo. Después de todo, las grandes transformaciones y las victorias electorales más memorables de la historia nunca comenzaron con una certeza absoluta, sino con la valiente y persistente exploración de una posibilidad colectiva.
Director General de REDCE Comunicación y especialista en Relaciones Públicas y Comunicación de Crisis.
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