México se encuentra atrapado en lo que el teórico español Joan Costa denomina la "esquizofrenia corporativa": una fractura profunda entre lo que el Estado comunica y la realidad que el mundo percibe. En la arena internacional, la credibilidad no es un accesorio, sino un activo intangible que se gestiona mediante la congruencia. Hoy, nuestro país no solo enfrenta desafíos en seguridad, sino que se enreda en un laberinto de mensajes contradictorios que han erosionado su capital reputacional.
Para entender el fracaso de la comunicación política en México y en gran parte de América Latina, debemos mirar hacia el norte. El gobierno de Estados Unidos ha perfeccionado un modelo de comunicación basado en lo que los especialistas llaman el hecho demostrable.
La narrativa de Washington rara vez se queda en el discurso; siempre suma una prueba de realidad que valida sus dichos. Ya sea a través de informes técnicos desclasificados o filtraciones estratégicas en medios de referencia como The New York Times o The Washington Post, la comunicación estadounidense opera bajo el principio de verificación. Si el gobierno afirma algo, el ecosistema mediático pronto recibe la evidencia que lo sustenta. Esto genera una percepción de invulnerabilidad y seriedad técnica que blinda su reputación global.
En contraste, México y diversos países latinoamericanos han caído en el vicio de la narrativa emocional y desarticulada de la realidad. Siguiendo el Management de la Comunicación de Michael Ritter, la reputación de una nación (Nation Branding) se sustenta en la previsibilidad. Sin embargo, la gestión actual parece ignorar que las narrativas gubernamentales deben estar blindadas con rigor técnico para sobrevivir al escrutinio global.
Un ejemplo prístino de esta fragilidad en narrativas y hechos verificables fue la Reforma Judicial de 2024. A menos de un año de su implementación, el anuncio de una reforma a la reforma, debido a su inoperatividad logística y jurídica, es una derrota táctica y un fracaso institucional. Quienes intentaban santificar el nuevo sistema descalificando el pasado, hoy se ven obligados a reconocer que diseñaron una política a su antojo, que fue un fracaso y no funciona en la práctica. A diferencia del modelo estadounidense, aquí el hecho demostrable fue la ineficiencia, lo que termina por dinamitar la credibilidad de la narrativa oficial.
Para limpiar la reputación de estas decisiones, México debe transitar de la propaganda reactiva a la Comunicación Estratégica que propone Sandra Massoni. El país cuenta con fortalezas clave que están siendo desperdiciadas en el relato público. Somos la quinta economía con mayor dinamismo en sectores de exportación y un eje vital para el nearshoring, pero estas realidades se pierden en el ruido de la inseguridad y la percepción de corrupción. Mientras otros países comunican sus ventajas competitivas con datos duros, nosotros seguimos anclados en la confrontación política.
La teoría de la Agenda Setting de McCombs y Shaw nos advierte que el gobierno ha perdido el control de los temas prioritarios. Al enfocarse exclusivamente en el control del debate interno, ha dejado vacantes las narrativas de competitividad y estabilidad ante los ojos del mundo. Para recuperar la confianza, México necesita una Gobernanza Confiable, como propone Robert Heath, donde el diálogo con los stakeholders (inversionistas y socios comerciales) se base en datos verificables y no en ideología.
La reputación de México no se limpiará con discursos matutinos, sino con la reconstrucción del Estado de Derecho y la adopción de una narrativa de Estado seria. Es momento de que la comunicación política deje de ser un ejercicio de vanidad y se convierta en una herramienta técnica de certeza. Sin una historia bien narrada y sustentada en hechos, solo nos queda el eco de nuestros propios errores.
Director General de REDCE Comunicación y especialista en Relaciones Públicas y Comunicación de Crisis.
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