Tenochtilandia 2021

Agustín Sánchez González

Estoy convencido que a la alcaldesa de París nunca se le ocurriría poner una réplica de la Torre Eiffel al lado de la original, ni siquiera al costado del Río Sena; tampoco veo al alcalde del Cairo colocando una copia de la pirámide de Gizah, al lado del Nilo pero, en este país surrealista, sólo a la señora Jefa de Gobierno se le ocurre simular el Templo Mayor en una maqueta, en pleno Zócalo, a menos de cincuenta metros de las ruinas del auténtico conjunto mexica.  

La nostalgia por un pasado dorado, que nunca existió, la lleva a querer revivir una historia fantástica, un mito intrascendente cuyo costo es incierto y que, ante las graves carencias que vive la ciudad, es un derroche faraónico innecesario. 

Mientras la cultura en la ciudad sufre la carencia de presupuesto y de una política cultural acorde a estos tiempos inciertos de pandemia, la señora gasta de manera absurda en una maqueta. Bastaba apoyar al INAH para lograr una mayor difusión a ese espléndido trabajo que hacen los investigadores de ese instituto que, con un presupuesto menguado, casi nulo, hacen milagros para descubrir la historia enterrada en el corazón de la ciudad y del país. El Templo Mayor, maravilla del mundo prehispánico se encuentra en el abandono presupuestal, ya que las reducciones alcanzan cerca del setenta por ciento mientras que este Tenochtilandia, como maqueta de secundaría, “luce” espléndida. 
Gastos inútiles como el cambio de nombre de las calles, de estaciones del metro o renombrar monumentos míticos y en ruinas, como el llamado “Árbol de la noche triste”. (Habría que decirle a la señora Jefa de gobierno, que para los tlaxcaltecas y otros pueblos sojuzgados por los mexicas, por ejemplo, no fue ninguna noche victoriosa, al contrario, fue renovar el miedo a un Estado-Nación poderoso que los tenía explotados y sojuzgados).

 
Pero la fiesta del centralismo histórico, convertido en monumento histérico, nadie la detiene. La señora Sheimbaum ha derrochado el presupuesto para cambiar las placas de la calle de Puente de Alvarado por la de México-Tenochtitlan. (Bajo esa lógica, debería respetarse el nombre original de la calzada que se llamó  Tlacopan, o  Tacuba, “una de las tres únicas calles por donde la antigua Tenoxtitlan se comunicaba con tierra firme”, escribe José María Marroquí, en su libro Las ciudad de México (1900). 

Con este monumento al mal gusto, se celebra el centralismo autoritario que nos rige desde que nació nuestro país, una Nación mestiza, conformada por una historia de pueblos originarios que poblaron la cuenca del Valle de México, pero también la zona maya, la del golfo, la zona occidental, el norte poblado por grupos aún tribales en el momento de la conquista; somos un país conformado por grupos europeos de diferentes sitios de la península ibérica, así como la herencia de árabes, judíos, romanos, fenicios, etcétera, sin olvidar a los esclavos negros que trajeron a este continente de manera atroz, sin contar los migrantes asiáticos que llegaron posteriormente.
 
No es la primera vez que ello ocurre, por cierto, hace cien años, las celebraciones del centenario de la independencia estuvieron cargados (y recargados) de eventos un tanto cuanto más ridículos que los que se llevan hasta ahora.  

Me supongo que el gobierno de la Ciudad de México se inspiró en Pascual Ortiz Rubio, otro gobierno pelele, como se les llamó a los súbditos del presidente Calles que, en 1930, construyó una gran pirámide en el Estadio Nacional y, como fue en Navidad, estuvo “profusamente iluminados con foquitos de colores. La pirámide fue inaugurada por el presidente, mientras que alguien disfrazado de Quetzálcoatl entregó cientos de juguetes, dulces y ropa a los niños pobres y sustituyó a Santa Claus. En el templo fue colocado un Quetzalcóatl rodeado de una corte de honor, sacerdotisas, tehuanas, aztecas e indias de Veracruz y de Tlalnepantla... Al son de tambores, flautas y demás instrumentos que usaron los habitantes del Anáhuac, todos bailaban rítmica-mente, mientras en lo alto de un palo los "Diablos Voladores" de Papantla desafiaban el peligro y suscitaban la admiración de todos los presentes, sobre todo cuando las luces de los reflectores se posaron en ellos, iluminándolos”. 

Don Alfonso Taracena, escribió que el pitorreo o la buena voluntad de la propuesta de don Pascual, nacionalista y revolucionaria, continuaron cuando se llevó a cabo una posada en casa del señor Alpuche, quien "levantó un nacimiento en forma definitivamente nacionalista, con gradas que eran como las de la Ciudadela de Teotihuacán. En vez del portal tradicional, puso las ruinas de Mitla, y adentro, acurrucado, o mejor dicho, enroscado, el dios Quetzalcóatl con dos esclavos chichimecas, encuerados pero con plumas. Por los corredores fue paseado en parihuelas el dios indígena, seguido por los invitados que portaban cazuelas donde ardía el copal. Todos cantaban, acompañados de tambor y chirimías, el canto litúrgico de la revolución. 

En nombre del Anáhuac 
te pido posada 
porque así lo quiere 
Lerdo de Teja- 
aaaa, aaaa daaada! 
Adentro contestaron: 
Oh, Gran Quetzalcóatl, 
Dios beligerante, 
Tú y el doctor Atl 
pasen adelaaaaaante. 

Así que no hay nada nuevo bajo el sol. De los viejos tiempos del PNR, la primera transformación, a la cuarta, sólo hay una maqueta. 
Por fortuna, esta pirámide está construida en tabla roca y no hay ningún peligro de que suceda algo parecido al lamentable accidente del Metro Olivo del que aún no hay responsables, dos meses después. 

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