Evaluar la actual guerra en Medio Oriente cuando se trata de un evento en pleno desarrollo, no es simple. Se trata de un conflicto que lo mismo podría terminar antes de lo previsto que prolongarse más de lo anticipado, dependiendo de múltiples variables que siguen en juego, y cuyas repercusiones podrían variar radicalmente dependiendo de su duración. Un posible ejercicio para abordar esa tarea consiste en analizar varios de los niveles, componentes y capas que activaron y sostienen el conflicto.

1. Un primer componente es Trump. Esto incluye su propia personalidad, sus compromisos con su base, la idea que tiene de su país y del papel que éste debe desempeñar en la esfera global y, sin duda, su propio historial con Irán.

1a. Partamos de la base de que Trump siempre consideró que el acuerdo nuclear que EU (bajo Obama), junto con otras potencias, firmó con Irán en 2015, era “el peor acuerdo jamás firmado”. Sin embargo, la decisión de retirar a Washington de ese pacto e imponer tácticas de presión máxima sobre Irán no derivó en una flexibilización por parte de Teherán, sino en el endurecimiento de su postura. Para Trump, por tanto, el tema de Irán es un pendiente arrastrado desde su gestión previa.

1b. Este historial se combina con factores del presente. Primero, un Trump altamente empoderado que, tras la captura de Maduro, se percibe sin contrapesos internos o externos para lanzar amenazas contra múltiples actores a nivel global. En el caso de Irán, esto se traduce en la advertencia de atacar a Teherán si el régimen asesinaba manifestantes durante las protestas masivas de enero, algo que terminó documentándose. Segundo, en ese contexto, el tema iraní se convierte para Trump en una medida de su credibilidad y del valor de su palabra empeñada.

1c. Pero, al mismo tiempo, habiendo criticado a lo largo de su carrera las guerras lejanas, prolongadas y costosas, Trump estaba comprometido con no enredar a su país en un conflicto que le impidiera una salida rápida.

1d. El resultado de estas tensiones solía resolverse—hasta ahora— mediante ataques diseñados para demostrar capacidad y determinación pero que, al mismo tiempo, le permitieran retirarse rápidamente con una victoria que presentar.

1e. Hasta donde sabemos, Trump ataca a Irán en esta ocasión en conjunto con Israel, partiendo de la premisa de que una contundente decapitación inicial modificaría el cálculo del régimen sobreviviente, llevándolo a cooperar con Washington bajo sus términos. Pero eso es justo lo que no ha sucedido.

2. En otro plano está Israel: su propia rivalidad con Irán y una guerra de “bajo perfil” sostenida durante décadas que, tras los enfrentamientos de ese país con varios de los aliados iraníes desde 2023 —Hamas, la Yihad Islámica, Hezbolá, los hutíes y las milicias proiraníes en Siria e Irak— termina escalando hacia choques directos entre Jerusalén y Teherán, con su punto más álgido en junio de 2025.

2a. Estos episodios produjeron en Jerusalén la percepción de que Irán es mucho más vulnerable de lo que se pensaba, y de que esa vulnerabilidad le obliga a completar la tarea de eliminar por completo la amenaza de su mayor enemigo.

3. El otro factor de la ecuación es, por supuesto, Irán.

3a. En previsión de un escenario como el actual, el ayatola Ali Jamenei construyó dos pilares centrales para garantizar la resistencia y supervivencia de la República Islámica. El primero es un régimen sustentado en instituciones sólidas, diseñadas para mantenerse firme más allá de personas específicas. El segundo es una estrategia de resistencia que combina un componente nuclear, otro de misiles y drones, y una serie de tácticas de combate asimétrico y disruptivo.

3b. Hacia 2026, Irán estaba en su momento de mayor debilidad en décadas. Esto es lo que ofrece a sus rivales ventana de oportunidad, que EU e Israel decidieron aprovechar.

3c. Bajo esta lógica, la meta del régimen en Teherán es sobrevivir. Su estrategia consiste en elevar el costo de la guerra para sus adversarios, demostrar determinación inquebrantable para resistir y desplegar tácticas altamente disruptivas en toda la región, utilizando misiles, drones y minas para golpear infraestructura civil, energética y militar en distintos países y el tránsito de la energía por la zona. La violencia material funciona, así, como un mero instrumento para producir efectos en múltiplesaudiencias: desde los sicológicos y simbólicos, pasando por los financieros y económicos, hasta desembocar en presiones políticas.

4. Es aquí donde se insertan las monarquías del golfo, que, pese a su rivalidad histórica con Irán, en los últimos años ensayaron una estrategia de reacercamiento con Teherán, restableciendo relaciones diplomáticas e incluso ciertos proyectos de cooperación. En este episodio, todos ellos han sido víctimas de ataques iraníes. Por un lado, hay posiciones que han empujado y siguen empujando por aprovechar la debilidad del régimen iraní y eliminar de forma definitiva esa amenaza. Por otro, hay actores que temen que la prolongación del conflicto, bajo las condiciones actuales, tenga repercusiones incontrolables e incalculables para su propio futuro.

5. Finalmente, en un plano más amplio, se ubican China y Rusia. Irán no es propiamente un aliado de estas potencias, pero sí un socio potencial y un instrumento útil para coordinar acciones en función de sus objetivos mayores. Sin embargo, 2026 presenta una coyuntura particular para ambas potencias. En el caso de Moscú, su prioridad central sigue estando en la guerra con Ucrania. En el de China, sus intereses principales pasan por lo económico y energético, así como por la administración de su relación con Wa- shington, y con Trump en particular, lo que implica mantener vigente la tregua comercial y una relativa colaboración con EU. En suma, hoy podemos ver que ambas potencias brindan apoyo a Irán, pero tan sólo de manera limitada.

5a. Esto también puede leerse como una ventana de oportunidad para Washington. Sabiendo que ninguna de estas dos potencias se implicaría directamente en el conflicto, EU calculó que era un momento propicio para enviar un mensaje de fuerza y determinación con implicaciones para otros teatros, como el Indo Pacífico.

5b. Los resultados son, cuando menos, cuestionables. Rusia se ha visto beneficiada por el incremento en los precios del petróleo y el gas, además de la relajación de ciertas sanciones. China, si bien resiente la crisis energética, observa con cierto grado de satisfacción el desgaste del arsenal de EU, cuya reposición tomará años.

5c. Tanto China como Rusia, e incluso otros actores como Corea del Norte, están observando con atención los talones de Aquiles de Washington: las vulnerabilidades que han quedado expuestas.

6. Esta guerra no se define únicamente por el daño material sino como guerra de voluntades. ¿Hasta dónde llegará la paciencia de Trump para resistir la presión política acumulada durante semanas, o más? ¿Hasta qué punto será capaz el liderazgo iraní de mantener cohesión y determinación para seguir resistiendo? ¿Qué ocurrirá si EU e Israel deciden escalar aún más la presión, incluso hacia una incursión terrestre, sea limitada o de mayor alcance?

Trump parece estar intentando tejer una ruta de salida que le permita retirarse lo antes posible, pero al mismo tiempo proyectando una narrativa de victoria total y altos réditos por haber iniciado las hostilidades. Del otro lado, Irán apuesta alto: busca negar esa salida, elevar sus propios términos y prolongar la dinámica, lo que podría resultar justo en eso, una prolongación indefinida del conflicto.

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