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Los bailes indecentes de los años veinte

En los años veinte existía una nostalgia por la dulzura que el vals representaba, mientras el jazz y el foxtrot brindaban un nuevo espíritu a la juventud que se consideraba iba completamente en contra de las “buenas costumbres” de las personas mayores
El Universal Ilustrado, 1919
29/05/2019
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Texto: Juan Carlos Cuevas Galeana
Diseño web: Miguel Ángel Garnica
 

Como te ves me vi, como me ves te verás… y es que parece una condición natural criticar a los jóvenes que bailan en el antro o los festivales: al punk, al rasta, al rockero o reggaetonero; se nos olvida lo que fuimos y no dimensionamos que nuestros ideales no fueron más auténticos ni mejores de los que se piensan hoy, simplemente son diferentes.

El ser humano ha desarrollado bailes y música, para los Dioses, para los príncipes, para el deleite y ahora para el mercado, artículos del Semanario Cultural llamado EL UNIVERSAL ILUSTRADO dejan clara la percepción del baile en las primeras décadas del siglo XX.

Esto nos dirige a una buena cuestión, qué fue primero la música o el baile: lo cierto es que no se puede hacer música sin hacer vibrar cada fibra del cuerpo, ni se puede bailar sin hacer latir el corazón al ritmo de las melodías y cadencias que brotan de los instrumentos o las voces.

Sería equivocado considerar que algún tipo de música fue mejor o peor que otra. Por ejemplo, para los hijos del mismísimo Johann Sebastian Bach, su música se había vuelto tediosa y repetitiva.

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Es por demás afirmar que no existe una cultura sin baile y sin música, estos sonidos se producen para miles de cosas en todo el mundo, no solo con el fin de entretenimiento, los rituales músico/bailables llevan consigo la percepción de la comunidad que las ejecuta y las disfruta. Archivo: EL UNIVERSAL ILUSTRADO, 1924.

De esta manera nos remitimos a los bailes con que los jóvenes solían divertirse en la década de los veintes.

“Lo que se ve todos los días en los bailes bien”, es un artículo de 1922 en el que el reportero Manuel Palavicini describe lo que vio en los principales salones de la capital mientras los jóvenes ejecutaban las danzas que calificó de inmorales.

Como mencionamos al principio del texto, no se puede juzgar un baile sin emitir juicios sobre la música, por lo tanto una gran parte de la crítica se la llevaban los talentosísimos intérpretes de las bandas influenciadas por la nueva música gringa: “Una contorsión horrible, y los chirridos de una banda de forajidos llamada jazz band”.

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“Integrantes de una banda de jazz Belem, retrato de grupo” de la Ciudad de México en 1925. Fuente: Mediateca INAH/ Archivo Casasola.

Efectivamente, para muchas personas algunos tipos de música y sus bailes podrían parecerles de mal gusto; por ejemplo, el jazz, del que tanto se exaltan los melómanos y músicos de disfrutar y ejecutar, en su tiempo, corrió la suerte de ser juzgado como desagradable e indecente.

“Centro de ruidos estridentes, tonantes, tontos, que aturden y empujan a no pensar; dan una impresión de que es necesario moverse, moverse mucho si se quiere vivir, y las gentes, bajo el látigo brutal de las sirenas, los tamborazos y los ladridos lastimeros, saltan, se apretujan y ríen...”, escribe el reportero.

Después de emitir su juicio sobre el jazz, Palavicini comentaba con nostalgia la belleza de los antiguos bailes de salón que calificó superiores por la delicadeza y la discreción con que se movían las mujeres durante las suites del siglo XIX y principios del XX.

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“Bailar era antes sinónimo de ritmo, de belleza, de frases delicadas dichas en voz baja, lentamente, durante movimientos delicados también. Era saborear la belleza femenina, que se ostentaba discretamente con la gallardía de los vestidos de noche y el orgulloso brillar de las joyas, al tomar diversos ángulos para reflejar las luces. Imagen de EL UNIVERSAL ILUSTRADO, julio de 1919.

A la inversa, el autor arremete con desdén ante lo que entonces era la nueva manera de ejecutar los ritmos impuestos por la naciente tendencia en los salones de baile de aquella época.

“Bailar ahora, es romper las sedas, olvidarse de las cadencias, dejar a la puerta junto con el abrigo, la decencia y el buen gusto. Emborracharse de perfume barato, respirar el polvo que levanta el galopar furioso de las parejas, y ver cómo el brillo de las gemas se asemeja al de los vidrios de botellas rotas”, describe.

Para finalizar su artículo emite una alerta sobre el baile moderno, y no sólo del foxtrot, como si un cronista pudiera decidir qué moda deben seguir las personas bailadoras:

Es necesario acabar con ese baile, con esa música, con esa inmoralidad ladrante de los modernos bailes, que da a lo lejos, la sensación de llegar a los infiernos y escuchar los coros diablescos y de cerca, la de ver una danza frenética de brujas enloquecidas por la presencia de su señor y dios”.

En el mismo tenor nos encontramos con otro artículo “La moral en los bailes y la música” del autor francés Viullemoz publicado en 1926 también en EL UNIVERSAL ILUSTRADO.

Se creía que el foxtrot desaparecería porque era una moda pasajera; pero contrario a esto, el autor Viullemoz, presentado como una de las nuevas estrellas de la literatura francesa, menciona que distaba mucho de eso y que en vez de perder interés, había ganado más popularidad.

Este artículo es menos severo respecto a la crítica: “El foxtrot es practicado, no solamente en los dancings elegantes, sino hasta en las fiestas campesinas.” Y hace referencia a la manera en que es acogido por las esferas más altas y conservadoras: “Es de buen tono en ciertos círculos el hablar con el más supremo desdén de los bailes del Nuevo Mundo”.

Es evidente que los que estaban en contra del baile moderno se cerraban ante el nuevo movimiento, pero el género crecía con gran popularidad e incluso evolucionó a otros bailes en poco tiempo.
 

Los tiempos del Vals, el minué y la pavana

En su artículo Viullemoz menciona cómo la historia es cíclica, lo que cambia son las maneras de producir arte, “mientras que nuestras épocas eran escandalizadas por los jóvenes negros jazzistas, una época atrás lo fue el vals”.

“La cuestión se complica todavía más con esas lejanas incidencias morales. Nuestras bisabuelas deploraban los tiempos felices en que la musa del baile no conocía más que las distracciones decentes de la gavota y el minué. Rechazaban como una desvergüenza peligrosa el abrazo apasionado del vals”, explicaba Viullemoz.

El minué y la gavota eran bailes propios de las cortes que implicaban un estricto código de vestimenta y de modales, la alta costura representaba una dificultad para llevar a cabo un baile más movido y exaltado, por lo tanto apenas se ejecutaban pequeños saltos y vueltas por el salón.

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“En la época de los uniformes, de los trajes de Corte y de los falbalás, en el siglo de Luis XIII y de Luis XIV, cuando bailarines y bailarinas, tocados con plumas, usaban pesadas pelucas, casacones con faldas, espadín, mangas sueltas, encarrujados de encaje o verduguillos, era imposible abrazarse estrechamente”. Pintura: El Minuet, Frederick Hendrik Kaemmerer, siglo XIX. Tomada de internet.

Tal vez desde una incipiente perspectiva de clase nos podríamos acercar a la concepción de los bailes indecentes ya que el escritor francés se refiere a la facilidad de hacerlos escandalosos por la comodidad de los trajes, ya que “la técnica de la pavana, de la zarabanda y del minué está enteramente dominada por la tiranía del costurero”.

El autor remata cuestionando la opinión de las personas con la autoridad de despreciar los bailes al asegurar que “hablar de moral cuando se trata de agitarse rítmicamente al son de una música voluptuosa, es llevar demasiado lejos la ingenuidad. Cualquier danza puede ser inmoral si se la baila con sistemático empeño de sensualidad”.
 

Descripción del baile moderno

Palavicini comentaba en su artículo que el foxtrot se trataba de una contorsión al ritmo de chirridos que ejecutaba una banda de forajidos de origen afroamericano, al parecer el baile debía ser agitado y bailado en pareja.

 

En el video se pueden apreciar tomas de la década de los veinte, en las que se enseñan los principales pasos del foxtrot y la vestimenta.

Por su parte, Viullemoz retoma el concepto de la vestimenta al referirse a lo fácil que es llevar a cabo los bailes con las ropas y los trajes modernos.

“Es porque el traje de los hombres y de las mujeres en nuestro tiempo es estricto y cómodo, que se han vulgarizado las danzas cuyo equilibrio reside en la fusión estrecha de la pareja. Es la forma de un vestido lo que determina el espíritu de una coreografía”.

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Ilustración del artículo “Lo que se ve todos los días en los bailes bien”. EL UNIVERSAL ILUSTRADO, 1922.

Otro articulista de EL UNIVERSAL ILUSTRADO, Antonio Castro Leal describió cómo veía los bailes en los cabarets en Nueva York cuando sonaba la música: las parejas “caminan con movimientos vulgares, trotan con pasos zoológicos, giran en un mismo lugar con zapateo torpe […] en donde un grupo de blancos ha perdido el sentido de la civilización”.

Cabe mencionar que en ese tiempo lo más parecido a la música afroamericana en la cultura hispana fue el tango, al cual defiende por la calidad musical y la elegancia que este representa, Castro nos describe cómo se ejecutaban estos bailes en Buenos Aires:

“Los pasos lentos se complican en figuras estéticas que se resuelven en un agradable reposo. El tango puede estar prohibido por el Papa, pero no se negará que, comparándolo con los demás bailes modernos, parece inofensivo. Aun su misma música lánguida dispone el ánimo de otro modo que los ruidos torpes y brutales de las jazz bands.

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“Nos sentimos en nuestra patria, porque el tango es el baile de nuestra raza, de una raza fina y estética. Empiezan a bailar aquellas mujeres divinas; caminan suavemente, arrastrando el pie cruzan la pierna y, con una gracia deleitosa, tejen figuras elegantes que terminan en reposos de alivio”. EL UNIVERSAL ILUSTRADO, 1922.
 

Los bailes indecentes

Pareciera que sólo basta una generación más adulta para generar una disputa enorme sobre qué época fue mejor, o más decente o más inteligente.

Por eso es necesario centrar nuestra atención en todo lo que nos rodea y pensar si realmente vale la pena ejercer juicios de valor respecto a lo que nos parece diferente y no conocemos.

Viullemoz concluye con una reflexión sobre la manera en que los bailes seguirán siendo despreciados por las generaciones siguientes “mañana, cuando se inventen nuevas coreografías, las jóvenes de hoy en día, que se habrán vuelto abuelas, hablarán con ternura de las danzas tan llenas de recato que se practicaban en 1925”.


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La excelsa movilidad y elegancia que muestra la pareja al ejecutar una pieza de tango durante un concurso. Noviembre 1991. Fotografía de EL UNIVERSAL.

Por otro lado, podemos percatarnos que las décadas modernas brindaron al baile el estereotipo que ha permeado hasta nuestros días, en unas líneas que, a pesar de parecerle desagradable, Palavicini describe casi poéticamente lo que significaban para él:

“El amor hecho con los pies, con las manos, con el cuerpo todo, con un acompañamiento de crujidos de maderos que se quiebran y estallar de navíos que se hunden, eso es el baile moderno”.

Para finalizar se podría agregar que la mayoría de prejuicios sobre una tendencia viene acompañada de un discurso de odio, racial o social como es evidente en la crítica a estos géneros, menciona Viullemoz:

Los bailes “representan diversiones de negros, cuya grosería es completada por esa música discordante que se llama la jazz band. La mayor parte de la burguesía francesa vive con ese prejuicio tenaz y se necesitará aún mucho tiempo y muchas palabras para disipar esas confusiones.”
 

Nuestra foto principal es una ilustración del 30 de octubre de 1919 tomada de EL UNIVERSAL ILUSTRADO en la que hacen referencia a los bailes de los artículos citados, “AYER: la parsimonia majestuosa de la pavana; HOY: la alegre movilidad del tango; MAÑANA: la locura vertiginosa del jazz band”.
 

Las fotografías comparativas son del archivo de EL UNIVERSAL, la del presente es del 2002 en el Salón 21 y la del pasado corresponde a una imagen tomada en un salón en los años cuarenta en un baile de la Orquesta de Juan Canarias.

Fuente y fotos: Hemeroteca y Archivo fotográfico de EL UNIVERSAL