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Lago de Texcoco: De pulmón a desierto de sal

Los habitantes cercanos al Lago de Texcoco dicen que este gran vaso lacustre no debe morir, que debe ser rescatado por su importancia ecológica y su cercanía a la capital. Hoy recuerdan poco de él, de cuando sus abuelos decían que los patos abundaban aquí
Cazadores de patos haciendo la llamada “armada”, cerca de Atenco.
05/05/2019
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Texto: Violeta Contreras García
Diseño web: Miguel Ángel Garnica
 

Lo que antes fue un imponente lago ahora es más parecido a una zona desértica. El agua desbordante en el tiempo de lluvias durante la época prehispánica e, incluso, aún en el siglo pasado, difiere de las ciénegas que actualmente conforman el Lago de Texcoco, área conformada por 10 mil hectáreas muy cerca de Chimalhuacán.

¿Ver el vaso medio lleno o medio vacío?, se pregunta Enrique, vecino de estos terrenos por casi 40 años. Tiene que forzar la memoria, rascar entre los recuerdos de sus abuelos y usar hasta la imaginación, para describir este cuerpo lacustre que, en un tiempo, fue el vaso central de una cadena de lagos en el Valle de México.

En tanto, Gabriel, un joven de 17 años, no tiene ninguna imagen mental sobre el resplandor del lago en el pasado. Sin embargo, afirma que en nada se parece ya a aquella pintura resguardada para la inmortalidad en el Museo Nacional de Antropología, donde se observa el agua cristalina rodeando a Tenochtitlan.

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Litografía que muestra el Canal de comunicación entre los lagos de Chalco y de Texcoco, al fondo los volcanes Popocatepetl y el Iztlacciuatl. Cortesía del portal Texcoco en el Tiempo.

Ernesto Sánchez, cronista y fundador del colectivo Texcoco en el tiempo, piensa que “el lago no está muerto; en cuanto dejas que el agua llegue, el lago nace otra vez” y considera necesario mantenerlo con vida porque sigue siendo parte fundamental de la vida social, económica y cultural de los habitantes a su alrededor.

Por eso, con el fin de evitar que este lago sólo sea polvo e historia para los mexicanos, en numerosas ocasiones se ha planteado rescatarlo. Se han realizado estudios, análisis, diagnósticos, recorridos, pruebas, una y otra vez desde que se comenzó a desecar.

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Un hombre con su perro permanecen en las aguas del Lago de Texcoco en la década de los años 30. Cortesía del portal Texcoco en el Tiempo a quienes agradecemos tan hermosas estampas.

 
Desde 1931, en sus páginas, EL UNIVERSAL advertía que “estamos peor que en los tiempos de los aztecas, porque ahora el Lago de Texcoco, que funcionaba como vaso regulador, está tan azolvado que…pronto quedará inservible”.

Aunque en esa década el problema ecológico del lago no era tan grave, la preocupación ya estaba presente. Esto llevó a que en 1934 el Departamento de Obras Hidráulicas de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas aprobara un proyecto encaminado a “la fertilización del lago”, el cual consistió en construir vasos de bonificación para diluir las sales del terreno y, posteriormente, hacer florecer la vegetación necesaria.

Otra de las inquietudes del gobierno mexicano en esa década fue disminuir el efecto negativo de las tolvaneras sobre la Ciudad de México, por lo que se implementaron acciones para mantener húmedo el lago. Una de las medidas fue construir la Presa de Guadalupe sobre el Río Cuautitlán, de acuerdo con un artículo publicado en la edición del día 18 de marzo de 1936.

Durante su administración, Lázaro Cárdenas creó la Dirección de Obras del Valle de México, organismo especial que tenía como objetivo lograr la fertilización del lago en tres años, convirtiéndolo en una “comarca agrícola” en donde fuera posible el cultivo de hortalizas a gran escala. En total, esto implicaba obras por un monto de 20 millones de pesos, informó una nota de portada en el impreso del 25 de abril de 1937.

Años más tarde, en 1953, el entonces director de Aguas y Saneamiento del Departamento del Distrito Federal, Eduardo Molina, reflexionaba que la ciudad enfrentaba una doble lucha: una por alejar el agua y otra por conseguirla.

Durante la temporada de lluvias, la carencia de un desagüe natural constituía un problema de sanidad. Para hacer habitable a la metrópoli, por mucho tiempo se tuvo que desalojar el líquido, por lo que se construyó el Gran Canal del Desagüe, de 47 kilómetros de longitud, y un túnel con capacidad de 17.5 metros cúbicos por segundo.

Ya era evidente que la recuperación del lago no implicaba “volver a llenar el vaso”, pues resultaba imposible debido a los azolves acumulados a través del tiempo. Por eso, la solución sería transformar un terreno “estéril y despoblado en una región de aprovechamiento agrícola” que tuviera colinas de árboles rompevientos, para evitar el arribo de aire contaminado a las zonas habitacionales.

Sin embargo, todavía en esa época los pobladores del alrededor convivían de manera armónica con la naturaleza del lago. El integrante de Texcoco en el tiempo cuenta que “a mucha gente, parte de mi familia, les tocaba que cuando no había qué comer, a principios del siglo XX, iban al lago a cazar ranas, a recoger algunas plantas y con eso comían. Eran pobres, pero no les faltaba de comer”.

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Así lucía el lago de Texcoco en enero de 1996. El lago de Texcoco era una de las alternativas para construir un nuevo aeropuerto internacional. Archivo EL UNIVERSAL.

Ernesto Sánchez ha vivido toda su vida en Texcoco. Hoy, a sus 34 años, uno de sus objetivos es contribuir a difundir y preservar la memoria histórica de ese lugar. La agrupación de la que forma parte también la integran historiadores, arqueólogos y vecinos, para quienes el lago representa un espacio vital.

Además, aún a mitad del siglo pasado, para muchos pobladores de las áreas colindantes con el lago representaba un sustento, tal es el caso de los salineros. En Texcoco, existía una salinera que le vendía sal de tequesquite a la compañía minera Real del Monte: esa productora constituía un foco de la economía local, pues era una fuente de empleo para muchos habitantes. Pero “todo eso se acabó cuando se secó el lago”, lamenta Ernesto.

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Bicicletas transitan el lecho del Lago de Texcoco en 1960. Autor: Manuel Álvarez Bravo. Archivo: Manuel Álvarez Bravo.

Joaquín Álvarez Ordoñez, en su columna de EL UNIVERSAL publicada el 8 de febrero de 1998, explica la problemática que ha implicado, a lo largo de la historia, rescatar el lago. Para proteger a la Ciudad de México de inundaciones y desbordamientos, se edificaron obras como el tajo de Nochistongo, el túnel de Tequisquiac y el Gran Canal. Con estas acciones, el Valle de México se convirtió en una cuenca abierta. Sin embargo, esta solución después sería un problema. La salida de grandes volúmenes de agua propició la reducción de la superficie de los lagos, dejándolos desecados.

“Con el tiempo, el ex Lago de Texcoco se convirtió en un desierto salitroso, donde confluían aguas contaminadas de los ríos de La Compañía y Churubusco”, escribió.

De ahí se formarían lagunetas y pantanos, que a la larga serían fuentes de tolvaneras. Con las fuertes ventosidades, en los primeros meses del año caían sobre la zona metropolitana partículas contaminadas que ocasionaban enfermedades respiratorias y gastrointestinales. Todo esto causó preocupación entre la población y el gobierno, por lo que en 1971 se creó la Comisión del Lago de Texcoco para implementar el Plan Lago de Texcoco y rescatar este ecosistema. A partir de entonces, se visualizó que fuera un pulmón para la metrópoli.

Incluso, relata el cronista Ernesto Sánchez, se impulsó la venta de terrenos a precios muy bajos, con la finalidad de que más gente llegara a poblar la zona, se construyeran casas en aquel suelo tan salino y disminuyeran las tolvaneras; sin embargo, esto trajo consigo que “las zonas construidas en la parte más baja del lago se inundaban debido a que no había infraestructura para canalizar el agua”.

Aún sin muchos avances, esa fue la línea de trabajo hasta la década de los años 90, puesto que la progresiva desecación del lago generó varios problemas ecológicos: entre ellos, la desertificación de los terrenos circundantes y un foco de insalubridad para el área metropolitana de la Ciudad de México y los municipios conurbados del Estado de México.

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El Lago de Texcoco dio sustento por años a los habitantes de esta zona. Desde cazadores de patos hasta los más humildes que cazaban ranas para comer.

En 1994, en una reunión entre el entonces titular de la Conagua, Fernando J. González Villarreal, y el gobernador del Estado de México, Emilio Chuayffet Chemor, se acordó que el Lago de Texcoco se conservaría como una reserva ecológica, debido a su importancia como refugio para aves migratorias y espacio de especies endémicas.

Aprovechando el abandono en el que se encontraba el lago —cuenta Ernesto Sánchez—, “se hacían las llamadas armadas, que tenían una serie de cañones, de tubos de metal en donde les ponían pólvora. Cuando bajaban las aves, les disparaban y caían muertas”.

Así que se planteó que el lago tuviera tres cuerpos de agua artificiales: el Nabor Carrillo, con mil hectáreas, era el más grande. Ahí se refugiaron especies como el pato canadiense, el pelícano y la garza, además de las nativas como el chichicuilote, el pato mexicano y la gallina de agua.

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En este lago se refugiaron especies como el pato canadiense, el pelícano y la garza, además de las nativas como el chichicuilote, el pato mexicano y la gallina de agua. Archivo/ EL UNIVERSAL.

Para aumentar esfuerzos, un año después (1995) el Departamento del Distrito Federal buscaba que todos los ingresos de la carretera de cuota México-Texcoco se ocuparan en recuperar dicho cuerpo de agua.

En los últimos años, se ha planteado desarrollar un parque ecológico y un complejo urbano en la zona, con vialidades de acceso y operación, instalación de sistemas de riego, tratamiento de aguas negras, espacios deportivos y de recreación, de manera que el lago se integre a la vida de la ciudad.

Enrique, habitante de Texcoco por 40 años, y Ernesto Sánchez coinciden en que no debe abandonarse el lago. Ernesto recuerda que hubo un tiempo en que se vivió un problema de aislamiento en la zona, porque la región de Texcoco dejó de tener acceso constante a la Ciudad de México.

“Ya no era nada más rodear el lago. Se tenía que tomar dos camiones por muchísimo tiempo, era un trayecto más largo y mucho más cansado, había que rodear el Lago de Texcoco por Los Reyes y por Ecatepec”, relata el cronista.

Ahora sólo quedan recuerdos. Enrique tiene en la memoria la estampa de su abuelo mirando los patos que abundaban en el lago, o al menos las imágenes que recreó en su imaginación cuando lo acompañaba a trabajar en su tienda de abarrotes y éste le contaba historias de su infancia.
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Un pescador parece sonreir a la cámara junto al Lago de Texcoco mientras su hijo juega. Década de los años 30. Cortesía de la página Texcoco en el Tiempo.

Hoy existe “una cercanía renacida ante su inminente desaparición. Ante la idea de que desapareciera, mucha gente comenzó a preguntar dónde estaba el lago y a recordar que su abuela o ellos mismos habían ido alguna vez”, reflexiona Ernesto, porque para los habitantes de las proximidades “el Lago de Texcoco no está muerto”.
 

Nuestra foto principal es una hermosa cortesía del portal Texcoco en el Tiempo de la década de los años 30. Cazadores de patos haciendo la llamada “armada”, cerca de Atenco. Era la forma más popular de cazar en la ribera del Lago de Texcoco. Se amarraban varios rifles o piezas metálicas que hacían de cañón, se tiraba maíz en zonas bajas del lago y se accionaban frente a las aves.

La foto antigua comparativa es una carta hidrográfica de la parte sur del Valle de México del año 1867 que muestra la extensión del lago de Texcoco y en parte baja los lagos de Xochimilco y Chalco en el siglo XIX. Cortesía del portal Texcoco en el Tiempo.
 

Fuentes: Entrevistas con habitantes de la zona del Lago de Texcoco.
Hemeroteca de EL UNIVERSAL
Portal Texcoco en el Tiempo

 

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