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Tenían los mexicas escuela para "fifís"

A pesar de que la ciudad no es la misma desde la época prehispánica, en este sitio se sigue aprendiendo a través de la palabra. Se trata del Calmecac de la calle de Donceles del que aún quedan vestigios
Códice Mendocino o Mendoza, ca. 1541
20/02/2019
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Texto: Carlos Villasana y Ruth Gómez.
Fotografía actual: Alejandra Arriaga/Cortesía
Diseño web: Miguel Ángel Garnica.
 

Sobre la calle de Donceles, debajo de uno de los centros culturales más atractivos de la capital, se encuentran los restos de lo que alguna vez fue una escuela de la clase alta del imperio azteca.

La traducción literal de la palabra calmecac es “Serie o hilera de Casas” - del nahuatl “cal, calli” casa, “Mecac, Mecatl” entramado o serie-; se trataba de un edificio compuesto de varias habitaciones, y unidos por medio de escalinatas o corredores.

Nos acercamos a la arqueóloga Ana Isabel Peláez, guía del Museo de Sitio del Centro Cultural de España en México, quien nos explica que al interior se pueden observar los vestigios del suelo de la plazuela del Templo Mayor ya que la construcción formó parte del Recinto Ceremonial del Templo Mayor.

El sitio fue la escuela donde los hijos de la nobleza Mexica o Pipiltin, conformada por sacerdotes, gobernantes y guerreros de alto rango, se educaban y aprendían sobre el manejo del calendario, astronomía, ceremonias, tácticas de guerra y hablar apropiadamente el náhuatl.

Cuentan algunas fuentes que el ingreso al Calmecac era alrededor de los 6 años, egresando con la edad suficiente para asumir la posición dentro de la sociedad mexica para la que se les había preparado.

“Interesantes escritos de Fray Bernardino de Sahagún relatan la disciplina con la que se educaba en el Calmecac. En ellos nos cuenta que aquel que desobedeciera las reglas, era cortado con una punta de maguey en las costillas o en las orejas, y la severidad de los castigos aumentaba de acuerdo a la falta cometida.

También da cuenta del ritual que se practicaba cuando se ofrecía un niño al Calmecac. En medio de tambores, flores y copales, el niño con el cuerpo pintado de negro era ofrecido al Calmecac donde los Temachtiani (maestros), lo recibían, y sus padres daban consejos, y de acuerdo a sus aptitudes era encaminado hacia alguna doctrina”, narra Ana.

El método de enseñanza era a través de la palabra -“tlahtolli”- y por esta razón el edificio estaba dedicado a Ehecatl - Quetzalcoatl, el dios viejo del conocimiento, y que es representado por las caracolas marinas que el viento (ehecatl) hace sonar. De ahí que el elemento decorativo principal fueran las caracola asociadas con este importante dios.

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Interior del Museo de Sitio del Centro Cultural de España en México.

Por otro lado, se puede observar la banqueta, hecha de andesita rosa, de la que se desprenden los restos de los primeros cuatro escalones que formaban la escalinata principal del edificio, que fue hecha en la quinta y última etapa constructiva del edificio (1502-1521).

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Interior del Museo de Sitio del Centro Cultural de España en México.

Detrás de los restos de la escalinata principal, se aprecia el interior de uno de los aposentos del edificio, conformado por lo que queda de cuatro pilastras “que en algún momento debieron sostener una techumbre, y además el resto de una banqueta, que nos pone a imaginar a un grupo de niños durmiendo en su interior”, nos compartió la guía.  

Sobre las dimensiones del Calmecac, Ana nos explica que se estima que la construcción comenzaba en el predio de Donceles y continuaba hacia el norte hasta la calle de Luis González Obregón y hacia el este por debajo del Museo de la Caricatura y al oeste por debajo de Hotel Catedral.
 

El hallazgo en Donceles

En el año del 2007, las autoridades del Centro Cultural de España decidieron ampliar sus instalaciones con el predio colindante sobre Donceles 97, que ya ocupaba en ciertas ocasiones para realizar eventos culturales. Si bien no se encuentra información exacta sobre los antiguos dueños del predio, se sabe que en algún momento había una casa colonial, que desapareció con el paso del tiempo y se convirtió en un terreno de “usos varios”, como lo muestran algunas fotografías de los años sesenta.

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Así lucía el predio donde ahora se ubica el Centro Cultural de España en México, sobre la calle de Donceles en los años sesenta. Colección Villasana-Torres.

Los trabajos de excavación para colocar los cimientos del nuevo edificio iniciaron con la supervisión del Programa de Arqueología Urbana, dirigido por el arqueólogo Raúl Barrera; ya que el PAU se dedica a la supervisión de las obras que se realizan dentro del primer cuadro de la Ciudad de México para evitar perjuicios al Patrimonio Arqueológico.

Gracias a las fuentes históricas ya se tenía un registro de los edificios cuyos predios eran parte del Templo Mayor y de su posible ubicación - como lo representa la maqueta que está al interior del Metro Zócalo-, así que ya se sabía que existía una probabilidad que fuera hallado algún vestigio en caso de que los españoles no lo hubiesen destruido por completo en época colonial.

Por ello fue sorpresivo que, al ir excavando, se hallaran piezas pertenecientes a distintas épocas desde la época prehispánica hasta la contemporánea y topar con una estructura más grande, que según los gráficos que se aprecian en los códices, era el sitio donde representado para el Calmecac con su característico almenado de caracolas marinas.

“Quizá, el más sorprendente de estos hallazgos, es la serie de siete almenas de barro cocido y de aproximadamente dos metros de altura que fueron halladas en muy buen estado de conservación y cuidadosamente colocadas al pie de la escalinata”, nos comparte Ana. Asimismo, menciona que otro hallazgo que llama la atención es una mandíbula finamente esgrafiada, en la que se aprecia la “Xiuhcoatl” - “Serpiente de fuego”, asociada con Huitzilopochtli, y en la cara interior de la mandíbula se observa a “Mixcoatl” - “Serpiente de nubes”.

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Objetos encontrados durante la excavación del Museo de Sitio del Centro Cultural de España en México.

Entre los descubrimientos también hubo cerámica, puntas de proyectil, restos de imágenes religiosas, cerámica mayólica y cerámica vidriada que corresponden a la época colonial. También envases de vidrio que nos remontan a las boticas o a alguna perfumería de principios del S. XX, así como una pistola Smith and Wesson “de la que he escuchado muchas historias, pero nadie sabe a ciencia cierta la historia”, nos dijo Ana entre risas.

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Objetos encontrados durante la excavación del Museo de Sitio del Centro Cultural de España en México.

Para ella, ser guía del Museo de Sitio del Centro Cultural de España le permitió encontrar su vocación y misión de vida: “Ser una mujer creativa y dinámica que transmite conocimiento a través del arte. Al ser guía me di cuenta que el arte tiene una función utilitaria que es abrir caminos en las mentes de las personas, y encontrar así una nueva manera de ver al mundo. El guía es una mezcla de servicio y pasión por transmitir conocimiento, sin pretensión de saber más, pues siempre hay personas de las que se aprende.”

Admite que es un reto romper la idea de que el arte y la historia “son aburridas”; sin embargo, hay muchas actividades que de forma gratuita se ofrecen a todo tipo de visitantes para introducirlos a este espacio, que desde su punto de vista es uno de los hallazgos más importantes de los últimos tiempos para la arqueología mexicana, pero que tristemente no cuenta con una difusión masiva o por su dimensión.

Considera que es vital crear estrategias para fomentar el interés por nuestro pasado histórico en todos los niveles y estratos sociales, ya que únicamente así la sociedad procurará la protección del patrimonio, pues sabrá de su importancia y lo sentirán como propio.

“Muchas veces en recorridos guiados, al ver la cara de sorpresa de los visitantes cuando platico sobre el Calmecac y les enseño algunas palabras en náhuatl, me invade una emoción que me enchina la piel, pues sé que mis palabras podrán impactar algún niño o joven y quieran ser arqueólogos, historiadores o restauradores y decidan dedicar su vida a la difusión y a la protección del Patrimonio Cultural en México, como me ocurrió a mí, cuando me encontré con Javier, un antropólogo que visitaba el Calmecac en sus primeros días de apertura, con el que pasaba horas platicando sobre el significado de cada pieza, y la profundidad del náhuatl”.

Terminó recordando que “así fue como decidí estudiar Arqueología y dedicar mi vida a la transmisión de conocimiento y a dar recorridos de forma independiente, amando mi ciudad desde sus orígenes y sus dolorosos procesos de evolución que la han convertido en un lugar en el que la historia crece entre las piedras”.

Fotografía antigua: Centro Cultural de España en México.
Fuente: Entrevista a la arqueóloga Ana Isabel Peláez
 

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