Un pueblo que exige justicia tras masacre en Michoacán

El pasado lunes, 11 jóvenes salieron a buscar panales de abejas para ponerlos en las ofrendas de difuntos, como acostumbran en la región; todos fueron asesinados

Un pueblo que exige justicia tras masacre en Michoacán
Familiares de las víctimas dieron el último adiós a sus seres queridos, quienes, afirman, nada tenían que ver con grupos delincuenciales. Fotos: Carlos Arrieta. EL UNIVERSAL
Estados 04/11/2021 02:40 Carlos Arrieta / Corresponsal Actualizada 02:45
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Tarecuato.— El lunes 1 de noviembre los 11 jóvenes salieron hacia las 5 de la tarde a buscar panales con abejas para colocar en las ofrendas de los difuntos que murieron el último año, como se acostumbra en Tangamandapio, Michoacán. Ninguno volvió con vida.

En el camino de vuelta fueron interceptados por un grupo armado que los bajó de los vehículos, los golpeó, les disparó y los remató con el tiro de gracia.

La Policía Comunal recibió el reporte de que algo había ocurrido a las ocho de la noche; uno de los agentes reconoce que en ese momento no sabían qué iban a encontrar.

Minutos después corroboraron que había 11 cuerpos en el camino de terracería Tarecuato-Los Ucuares, a la altura del lugar conocido como Los Lavaderos.

Los cuerpos estaban tirados a un lado de una camioneta verde. Seis adolescentes de entre 14 y 17 años de edad, tres jóvenes de 19 años y dos adultos de 31 y 34.

Las familias y las autoridades aseguran que ninguno de los jóvenes estaban relacionados en actividades delincuenciales. Ninguno estaba armado.

La mayoría eran jornaleros en las huertas de aguacate y, en el caso de los seis adolescentes, también eran estudiantes y jugaban en equipos locales.

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Los pobladores de Tarecuato están molestos por los constantes ataques a su comunidad y porque han sido ignorados por el gobierno.
 

“Les destrozaron la cara”

Entre los más jóvenes estaba Raúl (se le cambió el nombre por motivos de seguridad). Su padre detalló que su hijo, al igual que las otras víctimas, tenía el rostro destrozado a golpes y que todos tenían el tiro de gracia.

“Mi hijo tenía el disparo en un lado [de la cabeza], pero ya el forense nos comunica que primero los golpearon; les destrozaron la cara a todos y después les dieron el tiro. No podíamos ni reconocerlos en la fiscalía. Nos ha dejado un dolor, un vacío que no va a poder sanar esa herida de lo que nos hicieron, porque eran jovencitos”, comenta.

El padre de Raúl contó que su hijo era su orgullo, un estudiante del Colegio de Bachilleres que durante la pandemia de Covid-19 aprovechaba el tiempo y le ayudaba a vender papas fritas en plazas públicas. También era un deportista destacado.

“Era muy aficionado al basquetbol; participaba en todos los torneos de la Meseta Purépecha. Ese era su único vicio”, afirma.

Relató que la ilusión de su hijo era ser ingeniero agrónomo.

“Y aquí estamos, se le acabó el futuro y ahorita lo estamos velando”, dice con voz cortada.

“Resulta que encontraron varias personas a donde iban a cortar los panales y los acribillan; los sacrificaron. Ya no es justo. Necesitamos apoyo en esta comunidad”, dijo el hombre junto al féretro blanco, del que no se despegaban ni él ni sus familiares y amigos, quienes despidieron a Raúl con música de banda.

“Nosotros ponemos los muertos”

Los pobladores de Tarecuato están molestos y frustrados, porque, pese a los constantes ataques a su comunidad, han sido ignorados por todos los niveles de gobierno: el municipal, el estatal y el federal.

Uno de los habitantes reprochó que mientras los cárteles se pelean ese territorio “nosotros ponemos los muertos”.

Edith, integrante del Concejo Comunal, dijo que a principios de año fue asesinado el tesorero de bienes comunales, Juan Govea Solares, y otro concejal.

También recordó un ataque armado, ocurrido hace unos meses, contra la Jefatura de Tenencia; en esa ocasión, los criminales también dispararon contra patrullas, comercios y casas.

 “El hecho que más lamentamos es este reciente, donde perdieron la vida 11 comuneros; todos trabajadores, jornaleros y estudiantes, que sólo seguían las tradiciones de nuestra comunidad”, aseguró Edith.

Tras el asesinato de los 11 jóvenes, en las calles de Tarecuato sólo se veía a los 18 policías comunales a cargo de la seguridad del pueblo. Ni Policía Estatal, Municipal, Guardia Nacional o Ejército se hicieron presentes.

La Policía Comunal señaló que, a pesar de que han hecho diversas solicitudes al gobierno estatal para que refuerce la seguridad, siguen en el abandono.

Ellos, como corporación, cuentan con sólo 18 elementos que, aseguran, han pasado todos los exámenes de control y confianza. Para defender al pueblo del crimen organizado tienen tres armas largas y tres cortas que adquirió la comunidad con recursos de los habitantes.

Ante esta situación, pidieron apoyo para conformar un cuerpo policial más grande, que pueda, al menos, contener los embates criminales.

La despedida

Todo el pueblo acudió a despedir a sus hijos. Las caravanas salieron de las casas hacia la iglesia. En los cortejos participaron niños, jóvenes, adultos y ancianos que lloraban y exigían justicia a quien los escuchara.

Uno a uno llegaron los ataúdes al templo de San Francisco para la misa, al tiempo que comuneros bloqueaban los accesos a Tarecuato y prendían fuego a dos camionetas repartidoras.

Con cohetones estallando en el cielo y el llanto y los reclamos en la tierra, fue el último adiós a las víctimas, cuyos altares, el próximo año, deben tener panales con abejas.

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