“Al menos estamos vivos”: damnificados en Tula

Pobladores intentan retomar su vida, pero se quedaron sin sus pertenencias y casa y ahora sobreviven de donaciones; en Tula los servicios aún no se restablecen del todo

“Al menos estamos vivos”: damnificados en Tula
Los pobladores continúan con las labores de limpieza y rescate de objetos en sus casas, en donde el agua incluso alcanzó hasta 3 metros. Foto: Dinorath Mota. EL UNIVERSAL
Estados 15/09/2021 02:40 Dinorath Mota / Corresponsal Actualizada 02:45
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Tula.— A una semana del desbordamiento del río Tula, los pobladores continúan entre los escombros y el miedo. El tiempo que ha pasado apenas da para salir del shock.

Quienes lo perdieron todo no saben qué hacer, por dónde empezar. Sin patrimonio, trabajo, incluso sin ropa, viven de la ayuda de sus familias, de las donaciones de vecinos y del gobierno.

Aquí la gente quiere retomar su vida, pero no han podido. La mayoría de la población es damnificada o tiene familiares que fueron afectados.

Al caminar por las calles de Tula y hablar con los vecinos una frase se repite: “Al menos estamos vivos”.

Las personas caminan por las calles con bolsas de plástico en las que llevan ropa, agua y medicinas, también algo de despensa que les han regalado.

Los sobrevivientes recuerdan que en algunas zonas el nivel del agua alcanzó hasta tres metros, tapó casas y destruyó todo.

Rosa tiene 24 años, es madre soltera. Cuenta que vivía a un costado de la Plaza del Taco, en el centro de la ciudad.

En su casa había 10 personas en total. El lunes por la noche, alrededor de las 23:00 horas, había inquietud. Nadie dormía a excepción de los niños.

Rosa y sus hermanos Pablo, de 18 años, y Luis, de 21, junto con su madre, acababan de cenar.

“Estaba mi sobrino en la cocina y empezó a gritar que el agua se estaba metiendo, en minutos nos inundamos, sólo tomamos a los niños y salimos a la calle sin saber qué hacer, pasaba una persona en su camioneta y nos sacó del centro”, recuerda.

Dice que alguien más los llevó a la colonia San José, donde Rosa trabaja en una tortillería. Su patrona los dejó quedarse en un local contiguo de apenas unos cuatro por cuatro metros. Se salieron sin nada, sin ropa, sin documentos, pero agradece tener un techo bajo el cual pasar la noche.

Han pasado los días con la ayuda de su patrona, quien les obsequia algo de comida, pero lo más difícil, dice, es vivir hacinados.

Cuenta que estos ochos días han dormido en el suelo y han comido sólo tortas, y ayer acudieron a la presidencia municipal donde les regalaron ropa, agua embotellada y medicinas.

Servicios a medias

En la ciudad los servicios aún no se restablecen en su totalidad. La señal telefónica falla constantemente al igual que el internet. El agua se ha restablecido apenas esta semana en algunas colonias y no todos tienen luz.

Pese a todo, las clases en línea continúan, lo que ha sido un problema para muchas familias, como la de Aracely y Angélica.

Ellas vivían con una de sus tías, quien perdió su lavandería, además de todos su muebles y ropa. Los últimos días la han pasado entre escobas y cubetas.

“Nos hemos dedicado a limpiar todo y rescatar lo poco que se puede”, dice Aracely.

Cuenta que la semana pasada las clases se suspendieron, pero el lunes reanudaron. Angélica tiene 12 años y cursa primero de secundaria en la escuela Tollan, y el lunes tenían programado un examen que no pudieron realizar.

“La maestra se enojó porque yo no podía bajar un enlace, pero era el internet que no descargaba”, explica la menor.

Por si fuera poco, su teléfono —el aparato con el que se conecta a clases— comenzó a fallar porque se mojó cuando el agua que entró a su casa y no han podido repararlo. En ocasiones funciona y en otras se apaga o se traba.

“Nos dijeron que tenemos que reponer el examen que no pudimos hacer, pero si mi teléfono no funciona me van a reprobar”, dice Angélica preocupada.

Las pesadillas

La lluvia no sólo arrasó con el patrimonio, también con su tranquilidad. Hay quienes aseguran que vieron personas en el río que pedían ayuda, pese a que no hay reportes oficiales de desaparecidos.

Mireya Ávila es una de ellas, quien vivía cerca del río. Cuenta que cuando el agua comenzó a subir, el río hacía un ruido ensordecedor y escuchaba gritos: “Había una voz de hombre que decía que le diéramos un lazo, eran varios los que el río se llevó”. Su madre, Eliza, dice que tendrá que curar a su hija del susto.

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