
Esa mañana de la primavera del 2001, Salma Hayek llegó cargando a “Tyson”, un mono araña que durante los últimos días había sido su compañero de set en los Estudios Churubusco.
A ella se le veía feliz, apenas con una pequeña franja que unía sus dos cejas. ¿Tyson? Él estaba abrazado a ella, viendo curioso hacia su izquierda donde varias personas los esperaban en la sala Silvestre Revueltas.
“¿Qué tal mi amiguito?”, preguntó sonriente la veracruzana ante cámaras y micrófonos de la prensa que se encontraba reunida.
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Salma y “Tyson” habían ya ensayado durante días su escenas de “Frida”, la biopic de una de las pintoras mexicanas más conocidas del orbe. Mientras la actriz daba vida a la artista, el pequeño mono fungía de su mascota mientras ella hacía sus cuadros en la Casa Azul de Coyoacán.
Habían sido siete años de lucha para poder levantar el proyecto. La actriz de “Desperado” y “Teresa” le había ganado la partida a Jennifer Lopez, quien ya había estelarizado “Selena” y a la propia Madonna, estrella de la música, quienes habían alzado la mano para hacer su propia versión sobre la pintora.
“Lo logré y aquí estamos”, dijo en esa ocasión Salma, flanqueada ante la prensa por Geoffrey Rush, el oscareable por “Shakepeare enamorado”, quien estaba dando vida al revolucionario Leon Trotsky y por Alfred Molina, el Dr Octopus de Spiderman, responsable de fungir como Diego Rivera, pareja de Frida.
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La directora Julie Taymor, orgullosa, decía que se trataba de una película que solamente Salma podía hacer.
Y de alguna manera tenía razón. Salma tuvo las cartas para acercarse a Sari Bermúdez, entonces titular de Cultura Federal, para solicitar facilidades en el rodaje. Así logró rodar en las pirámides de Teotihuacán y en un edificio de la Secretaría de Educación Pública en el Centro Histórico de la Ciudad de México.
Por un fin de semana los camiones de la producción se apoderaron de la calle de Cuba, cercana a la SEP, para filmar una escena en que Rivera pinta murales en la institución educativa. Pero para el transeúnte eso no era importante, sino la presencia del actor Edward Norton, en ese entonces novio de Salma Hayek, quien personificado como el millonario Nelson Rockefeller caminaba sin seguridad fuera del set y aceptaba tomarse fotos con quien lo reconocía.
En Xochimilco, fue Antonio Banderas, interpretando al pintor David Alfaro Siqueiros, el que hizo que la gente se abalanzara hacia un edificio ubicado a unas calles de los canales. “Me identifico por que el era un ser político igual que yo”, decía el actor en los recesos de rodaje.
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Ahí el público pudo ver entrar y salir no sólo al actor español, sino a Mia Maestro, Chavela Vargas y Molina.
Rodrigo Prieto, entonces conocido mediáticamente por “Amores perros”, era siempre de los primeros en llegar. Y fue así como, en San Luis Potosí, fue él de los que debieron en enfrentar a un grupo de personas que no querían dejar de hacer ruido en la escena del accidente vehicular que dañó de por vida a Frida. Para la escena, el diseñador de producción Felipe Fernández del Paso y Alejandro Vázquez diseñaron un mecanismo para que el vehículo diera vueltas.
Pero la batalla principal de Salma se encontró fuera del set, pues tenía que soportar el acoso del productor Harvey Weinstein, que años después sería señalado por el movimiento #Metoo. La propia actriz relató en una carta de 2017 publicada en “The New York Times”, que Weinstein presionó para filmar desnudos, amenazándola con cancelar la producción sino aceptaba.
En noviembre de 2002, casi año y medio después de aquél encuentro con la prensa en los Estudios Churubusco, Salma desfiló por la explanada del Palacio de Bellas Artes para la premier de “Frida”.
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La cinta estrenó comercialmente con 170 copias en toda la República Mexicana. Y al año siguiente fue nominada a seis premios Oscar, entre ellos el de Mejor Actriz.
Esta semana el filme entró al Registro Nacional de Cine de la Biblioteca de EU, al que sólo ingresan cintas con importancia cultural, histórica o estética.
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