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Huamantla, Tlaxcala. 1998. Mientras Rafael Inclán espera entrar en escena de la película El evangelio de las maravillas, le confiesa a un compañero que está “cagado de miedo” porque sabe que el director Arturo Ripstein es alguien sumamente exigente.
El problema fue que, de alguna manera, Ripstein escuchó, se levantó de su silla y volteando a él le lanzó una frase que varios presentes escucharon.
“Le prohibo que diga que está ‘cagado’, yo no le hablo a pendejos”, exclamó el realizador, en su tono grave y serio.
“Le contesté: ‘ojalá y no se equivoque, señor’”, cuenta Inclán divertido.
El actor, que hoy cumple 85 años de vida, es uno de los rostros más conocidos en el entretenimiento mexicano, con una carrera aún en activo.
Tan sólo esta semana arrancó una producción sobre niños futbolistas y espera un nuevo llamado de Televisa, su casa desde hace años.
El cine ochentero, de ficheras, fue el que lo catapultó mediáticamente (El Mofles y los mecánicos y La pulquería), pero ha hecho teatro, como la obra El avaro de Moliere, también telenovelas y posee un premio Ariel a Mejor Actor por su trabajo en la cinta Nicotina.

“Son un chingo 85 años, pero los tienes que hacer a un lado, no me puedo dar el lujo de ser un anciano y ya, porque afortunadamente en esta carrera necesitan de todo, incluso más mayores, Sergio Corona tiene casi 90 y es un chingón. Lo importante es estar sano y seguir produciendo”, dice Inclán.
Fuiste de ese cine de ficheras que muchos menosprecian...
Pero fue muy vendido, la gente llenaba salas de 2 mil, 3 mil asientos. Para ese tiempo quizá se creía que era fuerte y lépero, pero no, los mismos productores te pedían no decir groserías, sí había doble sentido y picardía. Eran jornadas duras de 12 horas, cuatro semanas se tenían para hacerlas y ya.
¿Llegaste a ser millonario?
Nunca, o sea, ganabas para vivir bien, pero hasta ahí. Nunca supe guardar dinero y no lo veo como desperdicio, simplemente viví. Claro, a veces como lo ganas lo gastas y sin querer caes en gastos mayores como coches. Ahora vivo en un departamento que sería el camerino de Luis Miguel (por el tamaño), pero estoy bien, la casa se las di a mis hijos. Yo sigo viviendo de mi trabajo y claro, ya no se es estrella y se gana menos, pero creo que cuando un actor como yo sigue estando en el escenario, es que ha funcionado.
Se ha dicho que Alfonso Zayas (su primo) anduvo con varias actrices. ¿Y tú?
Ya era de noche cuando yo salía y hay que ser un caballero (risas). Los productores nos decían que no necesitábamos ser galanes, que las mujeres caían con el encanto de la risa…fue buena época para todos nosotros.
¿Crees que se ha perdido la picardía de ese cine? Ahora hay quien dice que hay muchas groserías.
Esa fue una etapa donde se permitían cosas porque la gente lo aguantaba y se reía, hasta que mataron al género. No estoy muy enterado del cine de ahora, he estado más clavado en la televisión, donde hay de todo.
Hasta Ismael Rodríguez hizo ese cine con Blancanieves y sus siete amantes (1980)...
Era una película donde un grupo nos escapábamos de presidio, llegábamos a una isla y ahí estaba Sasha Montenegro, lo chistoso era ver que hombres panzones y pelones nos creyéramos galanes. Ese era el tipo de comedia.
¿Qué te gustaría que pasara cuando murieras?
Si pasan una película seguramente preguntarán primero: ‘¿todavía vive? Era bien pacheco, mujeriego, un hijo de la ching… qué bueno que se murió’ (risas). Lo que sí es que pasarán mis películas en la tele, ¿tú crees que no se aprovecharán?
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