Se trata de una amistad profunda y duradera, sus conversaciones son largas, agrias y con abundantes desacuerdos; pero se quieren y se respetan. Es lo que se nota en el montaje de Romeo y Julieta, estrenada por su autor en 1597, y puesta en escena nuevamente por Mauricio García Lozano en 2017, en el teatro Helénico de la Ciudad de México. La producción corrió a cargo de Ana Bracho, Paula Sánchez Navarro y Jacobo Márquez, y la pueden apreciar los fines de semana que es un tiempo muy propio para ver buen teatro y encontrarse con los amigos. Hace unos días pude verla en Culiacán en el teatro MIA, invitados por la Sociedad Artística Sinaloense, que dirige Leonor Quijada Franco, y fue una noche de ver con la memoria y escuchar con los ojos una de las piezas más importantes del teatro isabelino. Sólo faltó el invierno.
Queridos amigos, tienen que ver a Casandra Ciangherotti creando con gran fineza uno de los personajes del teatro universal más famoso y complicado. Nos convence de que el amor imposible sólo puede tener un fin: la muerte, la única capaz de vencer el orden y la belleza. Sin duda, hay una Julieta en la mente de todos, una jovencita que revolotea de una fiesta a un balcón; pero ver a esta actriz evolucionar en el escenario con el vestuario perfecto, escuchar sus claras razones perfectamente matizadas, entender su frágil belleza y el concepto de amor sin cortapisas en su conducta y en sus labios, es una delicia muy perturbadora. Y es que el texto es perfecto, la traducción de Alfredo Michel Modenessi es libre y mesurada, logra una imbricación lingüística sonora y significativa y se escucha como si fuera todas las músicas del mundo. Y con esa voz de Julieta el teatro pierde sus rincones más oscuros y todo tiene sentido. Y tenemos un Romeo en ritmo, un personaje al que no le falta nada, valiente y decidido que no teme a la fatalidad. Un joven dispuesto a desafiar a su familia y al príncipe por el amor de su Julieta. Adrián Ladrón, es un actor de prosapia que exhibe la ingenuidad necesaria para ignorar todos los odios y desacuerdos entre Montescos y Capuletos y saltar todos los muros para llegar hasta los brazos de su amada. Bendita costumbre que espero no haya desaparecido.
Leonardo Ortizgris crea todos los contrapuntos necesarios y aporta la parte lúdica a la obra. Su Mercucio es fenomenal. La parte del gracioso siempre es la más crítica del teatro de la época y él hace un personaje que entre lo sucio, lo erótico y su desapego a la vida, logra momentos realmente notables. El combate con Teobaldo define lo trágico con lo cómico, cruce que este actor consigue llevar hasta un punto catártico que convierte en uno de los momentos más emotivos de la puesta. Pónganle cuidado a Diego Jáuregui que hace Fray Lorenzo, y a David Haddad, cuya corpulencia adquiere sentido al interpretar a Benvolio, el primo de Romeo que es enlace con los Capuleto. Un aspecto importante es que tenemos señora Capuleto en vez de señor y Emma Dib nos entrega un personaje impactante, lo mismo que Haydée Boetto, que logra momentos realmente geniales como la Nana. Teobaldo, representado por Ernesto Coronel, alardea de un excelente peinado y luce bastante en los combates que le toca protagonizar. En fin, hay un elenco talentoso al que engrandecen Julián Segura, Quetzalli Cortés, Pablo Chemor y Mar Ferrer; suficientes para que nos sometan a una buena sacudida emocional.
El vestuario y la escenografía no tienen desperdicio, lo mismo que la iluminación que es suave y soñolienta y remite a algunos rincones de Verona, la ciudad italiana en que transcurre la historia, que tiene una pequeña casa de Julieta con un balcón y con una estatua de bronce con el pecho izquierdo brillante por los besos y caricias de los romeos de todo el mundo. Agradezco a Mauricio García Lozano su osadía, su conocimiento de Shakespeare y su sentido del teatro contemporáneo, para ofrecernos una puesta en escena dinámica, con timing perfecto y con esa mezcla de conceptos y juegos de escarnio que hacen una obra vivaz y desprejuiciada. El acierto de Julieta al separar la palabra que nombra el objeto de su amor, del hombre que no le importa cómo llamarse, es grandioso. Sé que debemos al maestro de Stratford-upon-Avon, la idea, pero la forma en que Julieta menciona su palabra enemiga nos encantó. Aparte del teatro Helénico, seguramente podrán ver esta obra en El Globo, una réplica del teatro de Shakespeare que se quemó en 1613, que ahora se alza en el barrio de Bankside, a orillas del Támesis, en Londres, donde usted podrá tener interesantes regresiones. Ya me contarán.
Noticias según tus intereses
[Publicidad]
[Publicidad]













