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La extinción de los antiguos prensistas tradicionales

Sobreviven algunas personas que preservan la tradición de hacer invitaciones calendarios o tarjetas a través de una máquina manual, “tipos” móviles y tinta. Se trata de los impresores. Este oficio está a punto de desaparecer, debido al avance de la tecnología y casi nula demanda de los trabajos manuales.
15/03/2017
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Texto: Magalli Delgadillo

Fotografías actuales: Juan Carlos Reyes y Magalli Delgadillo

Fotografías actuales: Archivo EL UNIVERSAL

Diseño web: Miguel Ángel Garnica

Compara el antes y después deslizando la barra central (ABRIR MÁS GRANDE)

En la década de los 70 era común encontrar en la capital muchos negocios encargados de grabar invitaciones o tarjetas de presentación con linotipos, tinta y papel. Ahora sólo quedan algunos lugares: Imprenta Gadea, El padrino I y El padrino II son algunos ejemplos.

Don  Jorge García, quien  trabaja en este último ubicado en la Plaza de Santo Domingo, se coloca los lentes. Antes de ordenar las palabras, realiza la recopilación de información que irá en los calendarios, tarjetas de presentación, invitaciones de bodas o XV años. ¿Para qué es?—pregunta Jorge García, ante la petición de la elaboración de tarjetas con el nombre para esta casa editorial— ¿Cuáles son los datos? E-L U-N-I-V-E-R-S-A-L, deletrea y anota en una hoja blanca. Los datos son vistos una y otra vez por el hombre, quien va integrando frases.

 

 

Una probada a su cigarro es suficiente para continuar con la labor prensista. Los signos gráficos de fierro —tipografía movible— empiezan a ser organizados por las manos de don Jorge García. Este hombre de poco más de 60 años, se ha dedicado a imprimir de manera manual durante un cuarto de siglo, pero desde hace tres años es ayudante en el puesto El Padrino II.

Toma lo que él nombra “componedor”, una barra de fierro (parecido a una regla) con medidas y un sujetador. Ahí va formando a la letra “M”, sigue la “a” y continúa con un punto. Él aprendió viendo cómo otras personas practicaban el oficio.

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Don Jorge formando las letras con cuidado. No sabe cuántas letras de fierro hay en las más de nueve cajas, pero sabe ubicar a cada tipo de letra y su tamaño perfectamente.

Cuando una línea es completada, se colocan algunas barritas delgadas de fierro para formar los interlineados. Completa el segundo renglón, el tercero, el cuarto y el quinto. Cuando este proceso es concluido, todo lo sujeta con una liga. Enseguida se inmoviliza dentro de una “reja” formada de la siguiente manera: dentro de un marco de fierro se coloca el conjunto de letras, el cual debe estar presionado con pedazos de madera de diferentes grosores y forjados con grapas y ajustados a su máximo nivel con una llave. El objetivo es que el “sello” no se mueva a la hora de la impresión.

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El proceso es tardado, pero de gran satisfacción para Don Jorge

Después, el hombre de bata azul da la media vuelta a su “laboratorio al aire libre” de madera para llegar a la máquina antiquísima. Don Jorge bajó la palanca, la cual, unió un par de planchas de fierro rectangulares (con el modelo armado en un lado y el papel en el otro); al mismo tiempo, un cilindro rodará por el disco —donde se verterá la tinta—, y esparcirá el líquido negro o de color en las letras.

Así, en una de las superficies planas, se coloca la “reja” y en la otra el material para imprimir la información en él. A continuación se vierte la tinta en una especie de disco, donde gira el cilindro desde arriba hacia abajo, impregnando de azul las letras.

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Don Jorge ganaba como prensista entre 70 y 80 pesos diarios en la década de los años 60. Hoy los clientes son realmente muy pocos a la semana.

Realiza una prueba en una hoja, si existe algún error, el cliente corrige y se realizan los cambios correspondientes. No es necesario ser un experto en ortografía, pues el trabajo es como lo pide el comprador; sin embargo, se van especializando con la práctica.

Don Jorge comienza a jalar la palanca (movimiento que hace juntarse a las dos placas), así logra juntar los “tipos” movibles con el papel y la tinta. En cada maniobra se vacían nombres, apellidos, números…. Sale la prueba. Elimina un acento y, por fin, “nace” la primera tarjeta.

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En las antiguas prensas el ciento de tarjetas de presentación se elabora en una hora. Las invitaciones en dos horas o dos horas y media. Los diseños y logotipos que ofrecen hoy las computadoras dejan en desventaja a estas impresiones tradicionales.  

En la antigüedad esta actividad era aún más compleja. Las primeras técnicas de estampar o duplicar en relieve (grabados en madera o linóleo) surgieron en China en el año 594 a.C. A esta manera de transcribir, a través de madera impregnada de tinta se le nombró xilografía.

En ese mismo país, en el año 868 a.C., se creó el primer libro, publicado por Wang Chieh, realizado con mencionado método. Esta publicación, nombrada Sutra de diamante, constó de siete láminas unidas.

La manera de expresar ideas y de que estas perduraran fue una de las obsesiones de los seres humanos; por lo cual, para el siglo IV d.C. se habían cambiado los papiros —una planta acuática procesada para formar hojas, prensadas y pulidas—por los pergaminos, compuestos de piel de cabra, oveja o carnero rasurada. En esta nueva presentación, ya se podían hacer correcciones.

En el año 1150, el papel comenzaba a tomar protagonismo en Europa. En 1580, fue puesto en funcionamiento El Molino de Papel de Culhuacán — ubicado cerca de la avenida Tláhuac, en la Ciudad de México—, pues “aprovecharon una caída de agua y un manantial para poner en movimiento una rueda aguadora”, de acuerdo con el texto, “Primer molino de papel” en el portal de la Secretaría de Cultura. Este aporte fue uno de los más exitosos por distintas razones, entre ellas, el costo.

En 1450, se inició una nueva etapa. El impresor de origen alemán, Johannes Gutenberg, instaló un sistema revolucionario para imprimir con caracteres móviles. Así fue como este célebre personaje logró reproducir el libro más famoso de la historia: La Biblia, grabada en aproximadamente 200 ejemplares, en esa época.

Poco a poco,  la manera de comunicarse fue cambiando al paso de los siglos, se fue sofisticando y facilitando. Así, llegamos a la década de los 70, cuando los “tipos” de fierro se hicieron populares entre la población capitalina de México para armar invitaciones, calendarios o tarjetas de presentación o navidad.

Don Jorge sigue realizando esta labor de manera manual. Platica cuando trabajaba en un negocio de diez de la mañana a seis de la tarde. Ahí, desarrolló más sus habilidades.

Él fue mensajero, tabiquero, albañil, barnizador. Le gustan las diligencias relacionadas con la “electrónica”, pero nunca practicó nada relacionado con eso. Sin embargo, encontró una buena remuneración como prensista: le pagaban entre 70 y 80 pesos diarios, en la década de los 60.

 

Confiesa que no se involucró en esta actividad por gusto, sino por necesidad. A pesar de no ser su pasión, acepta que, con el tiempo, le agradó formar palabras con las manos.

Así comenzó a desarrollar habilidades, a ser más rápido, a prender más. Se convirtió en un experto de la escritura de fierro y tinta. Por lo cual, le hubiera resultado complicado comenzar de nuevo en otra área para obtener dinero, dice. Además, la demanda era bastante y estaba bien pagado. Le llegaron a encargar más de 2 mil calendarios en un día. Desde hace tres años decreció el trabajo, al grado de casi no tener clientes en días.

En su época, en la década de los 60, las tarjetas de navidad eran las más solicitadas. Incluso, menciona, había dos personas en este proceso: un cajista y un prensista en cada artefacto.

¿Por qué sigue en este trabajo?
Para rescatar la tradición del oficio. Con la computadora se perdió. Es bonito, es un arte todo esto.

Para él nada, nunca, es igual. Don Jorge García resalta la importancia de la variedad,  lo dinámico. Eso le permite aprender otras cosas.

¿Cuánto tiempo tarda en hacer estas tarjetas?
Un ciento, una hora; para las invitaciones (100), dos horas o dos y media; los calendarios… son más tardados.

 El costo de estas es de entre 100 y 170 pesos; antes era de 20 a 50. El problema, ahora, es la casi nula solicitud de esta tarea manual, donde no únicamente se imprime información, sino un poco de alma, trabajo, un poco de don Jorge. Además, después de tanto tiempo, en cada encargo, al hombre de semblante amable se le va la vista; por ello, ahora utiliza unos anteojos con cristales un poco rayados.

El señor Jorge asiste a su empleo de lunes a sábado y cuando puede, los domingos. Él hace completo el proceso que, originalmente, harían dos personas. Sus hijos no siguieron sus pasos, pero él menciona, seguirá mientras pueda.

De periodista a prensista

Era martes, martes 21 de febrero de 2017 cuando Miguel Ángel Alburquerque cerró su local de imprenta tradicional en la colonia Escandón para no abrir más. Guardaba las pertenencias más preciadas y seleccionaba los artículos para vender. Papeles, muebles con cajones y dentro de ellos tipos movibles…Todo, o casi todo, estaba siendo empaquetado y clasificado. Su mayor preocupación era el destino de dos artefactos antiquísimos: dos máquinas, las cuales habían sido utilizadas para imprimir en antaño, una de ellas con cerca de 250 años de antigüedad.

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Una de las máquinas tiene en una placa el nombre de Golding Jober, con aproximadamente 250 años de antigüedad, dice Miguel Ángel. A un lado hay otra menos vieja, pero las dos fueron empleadas para las arduas labores. Ahora, el trabajo que podía tardar horas, se reduce a pocos minutos, gracias a los aparatos digitales.

Después de 23 años de abrir su imprenta tradicional, había llegado la hora de cerrar, pues los clientes ya casi no acuden. Este lugar era de gran significado para él, pues había sido un negocio iniciado por su padre, el señor Adolfo Alburquerque, periodista en El Sol de Hidalgo en la sección de sociales y deportes.

En 1975, don Adolfo se independizó y mudó de Pachuca, Hidalgo, a la calle José Martí #65, en la colonia Escandón en la Ciudad de México. Al no encontrar trabajo como reportero, laboró en una editorial y, finalmente, decidió ser pequeño comerciante. Así fue como conformó su imprenta. El negocio duró bajo su mando 47 años.

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Miguel Ángel Alburquerque hace funcionar su máquina antes de cerrar para siempre su negocio de la colonia Escandón. Hoy su preocupación es encontrar un nuevo dueño interesado en esta bella antigüedad.

De lunes a viernes, las actividades iniciaban desde las 9:00 a.m. y no terminaban hasta las 7:00 p.m. (con una hora de descanso para comer). Cada uno de los empleados se enfocaba en su área: cajas, máquinas, administrativos y dos personas encargadas de comprar material y visitar a los clientes.

“S” de Samuel

Caer en errores ortográficos es muy común, dice Miguel Ángel. Además, hay apellidos y nombres difíciles de escribir y al transcribirlos, resultaban palabras graciosas. Una vez recibió la petición de unas tarjetas. Las solicitaron vía telefónica y le dictaron la información: “S de Samuel Saavedra” y no mencionó un segundo apellido.  “Entonces, le pusimos ‘Pedro S de Samuel Saavedra’”.

Miguel Ángel las entregó. La secretaria las revisó y le dijo:

¿De dónde sacaste la “S de Samuel”?
Pues tú me lo dictaste así.

“A veces, así llegan a decirnos apellidos: con la “de”, con la “a” o el “y” (y Zavala)”, platica. 

La computadora desplazó a las imprentas tradicionales

Los cajistas e impresores tenían un papel protagónico. Miguel Ángel recuerda a un trabajador reconocido por su impecable labor. Para hacer una invitación con 30 líneas en diferentes tipos de letra y ajuste casi perfecto, tardaba de 45 minutos a una hora y media. “Dependiendo la dificultad; el armado con tipografía movible de tarjetas de presentación”. La impresión era otra cosa y tardaba entre hora y hora y media.

Además, de las peticiones tradicionales, también realizaban unas “notas” utilizadas por proveedores y tienditas locales:

Entraron los lectores de productos en las misceláneas y desaparecieron las notitas hechas para la entrega de producto —se trataba de un carta (foliadas), donde se registraban los productos vendidos—. Eran bastantes ese tipo de encargos. Teníamos un cliente, quien encargaba 250 mil cada 20 días. Después compraron unos lectores digitales y, en lugar de notas, ahora sale un ticket, donde ya está todo registrado. Para ellos es un avance total.

¿Cuánto compraban de papel?

—Se compra el pliego de papel. Hacíamos una inversión de mil pesos y nos alcanzaba para 5 millares de los cuatro colores (azul, rosa, amarrillo y verde) y ahora, para dos millares, 700 pesos.

¿Cuántas tipografías tenía?

Cuatro fuentes de tipo inglés (manuscrito) y de letra de molde, entre ocho y nueve. Cada una de seis a 24 puntos.

Además, platica: “En 1993, por decreto de la Secretaría de Hacienda, nos dieron la oportunidad de ser imprentas autorizadas”. Esto consistió “en tener formalidad en el negocio y para captar más contribuyentes, esa es la realidad. Nosotros llegamos a tener entre 2 mil 500 y 2 mil 800 clientes. Fue un auge final como imprenta”.

Sin embargo, “cuando entró la factura electrónica, las ganancias de nuestra cartera cayeron un 80%. Las impresiones digitales ya existían y las personas las preferían”, platica Miguel Ángel.

¿Cómo fue disminuyendo el número de personas en su negocio?

—Fue significativo. Éramos seis personas. En el primer recorte (después de 16 años de bonanza) se fueron dos. 

El negocio perduraba por los años, lidiando cada día con la tecnología, pero era casi inevitable. Las invitaciones de boda se habían reducido porque la presentación ya no era tan vistosa. A la fecha, ya las hacemos en serigrafía. “El tipo movible desapareció a principios de los 90”.

Este lugar de historias de papel fue heredado a su hijo Miguel Ángel, quien hasta hace unos días, había cumplido 32 años de servicio. Debido a la baja en la cartera de clientes, se vio obligado a cerrar el local.

Los negocios en este ramo solían tener una larga lista de trabajos por hacer, cuenta don Miguel Ángel. Él comenzó a aprender de esta actividad a los 18 años. Ahora, Miguel Ángel tiene 49 años y admite con tristeza: “la modernidad nos ha alcanzado. Las computadoras han venido a descontinuar a la imprenta tradicional”.

Don Ernesto Alejandro Gadea, quien cuenta con 30 años de experiencia en su negocio, Impresora Gadea, ubicado en Cuajimalpa, reafirma la evolución de este oficio.

Él aún recuerda cómo eran las técnicas utilizadas en este lugar: “Ha cambiado bastante por la tecnología. Ahora todo es digital.  Va quedando un poco obsoleto. Nosotros todavía llegamos a trabajar con las máquinas”.

Los clientes ahora piden imágenes y dibujos especiales, pero estas no pueden realizarse en los artefactos manuales, por lo cual, en su local se ha integrado equipo digital. Lo único para lo que se utilizan las prensadoras viejitas es para foliar hojas.

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Don Ernesto Alejandro como los demás prensistas afirman que la tecnología de las computadoras ha desplazado a las imprentas tradicionales.

Las técnicas utilizadas por Miguel Ángel eran complicadas, trabajosas:

—Se hacía el termograbado —impresión hecha con calor y polvos— y la serigrafía, pero todo se imprimía tinta por tinta. Regularmente se debía dejar secar entre cuatro y ocho horas (dependiendo de la cantidad de tinta). Hoy en día, una impresión digital te la harían en dos minutos, en los colores que desees y salen secas.

En antaño, se realizaban tarjetas de navidad. La gente entusiasta mandaba sus mejores deseos con este tipo de obsequios; incluso, rememora cuando en la Alameda algunas personas llevaban su aparato y vendían las postales dedicadas en épocas decembrinas. “Las tarjetas de navidad la gente ya no las conoce y fueron descontinuadas, aproximadamente, en la década de los 80. Hoy en día es difícil conseguir un calendario — los cuales ya casi no son solicitados desde inicios del 2000—, ya no te los regalan”, platica don Miguel Ángel-.

Los trabajos actuales eran algunas tarjetas y esquelas. “Afortunadamente, el local está situado cerca de tres parroquias y se acostumbra mucho a dar como recordatorios de duelo para avisar de fallecimientos, los nueve días y como son muy rápidas, sólo hacía el cambio de nombres y fechas y ya estaba lista. Sólo pedían entre 25 y 30 piezas”.

Además, salían algunos pedidos de hojas membretadas, calendarios (muy pocos), sobres, tarjetas de presentación (pero en Offset, mínimo un millar y si sólo es un ciento, se hacen en serigrafía).

¿Qué no le gusta?

—El problema del precio del papel, pues puede subir dos veces a la semana y tenemos que absorber ese gasto.

Lo más bonito de su oficio… “ver mis trabajos funcionando. A veces, puedo ver un folleto, una receta médica o una tarjeta y decir: ‘Yo hice esto’. Eso es lo más satisfactorio”.

Los prensadores están evolucionando. Casi ya no hay personas interesadas en encomendarles labores de ese tipo. Las máquinas casi todo el tiempo se mantienen cerradas como si apretaran entre ellas historias que alguna vez fueron tatuadas en papel por tinta de varios colores.

Fotos antiguas: Archivo EL UNIVERSAL

Fuentes: Entrevistas con los prensistas Jorge García, Miguel Angel Alburquerque y Ernesto Alejandro Gadea.

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Carlos Villasana y Angélica Navarrete