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Siete años se ha prolongado ya la guerra civil en Siria, y pese a la muerte de cerca de 320 mil civiles y el desplazamiento de diez millones más, la resolución a este conflicto, como al principio, parece muy lejana.
El bombardeo efectuado en territorio sirio la noche del pasado jueves por tropas estadounidenses —en respuesta al uso de armas químicas en contra de civiles por las fuerzas leales al todavía presidente sirio, Bashar Al Assad—, que gozó de amplio respaldo dentro y fuera de EU, modifica radicalmente el escenario del conflicto.
Como efecto lógico e inmediato, Rusia y Estados Unidos se encuentran nuevamente confrontados, debido al respaldo que desde el inicio de la guerra ha brindado Moscú al presidente sirio —tan es así que incluso había un destacamento ruso en el aeródromo bombardeado el jueves—. Pero el diferendo va más allá, pues el Pentágono informó que está en marcha una investigación para determinar una posible participación rusa en el ataque con armas químicas.
Este sorpresivo giro en el discurso y acción del gobierno estadounidense se debe, de acuerdo con especialistas, a que desde varias instancias de la administración Trump se culpabiliza y otorga la “responsabilidad moral” de la capacidad de ataque químico del ejército sirio, a Rusia, por no haber cumplido su compromiso de destruir el arsenal sirio. Putin, por su parte, consideró los ataques “una agresión contra un Estado soberano y una violación del Derecho Internacional con un pretexto inventado”.
A pesar de ser entendibles los aplausos al gobierno de Trump por parte de países como Reino Unido y Francia tras una acción tan condenable como la del gobierno sirio al usar armas químicas, y dada la magnitud regional e incluso mundial que ha tomado a estas alturas la guerra siria, EU y sus aliados quienes aplauden el bombardeo harían bien en recordar a dónde han llevado las guerras de Irak y Afganistán. En parte esas dos intervenciones son responsables del surgimiento del autodenominado Estado Islámico, actual pesadilla de todo gobierno.
Aunque no de la forma más deseable, Trump parece querer mandar el mensaje a países como Corea del Norte, Irán, o la misma Rusia, de que “la era de la pasividad estadounidense se acabó”, algo así como que quien pase la línea roja sufrirá las consecuencias. Y quizás con esa línea, en cinco días, el secretario de Estado de EU, Rex Tillerson, visitará Moscú. Ojalá entonces Rusia y EU lleguen a una alianza y no al franco rompimiento.
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Ante la posibilidad de más ataques como el del jueves, como parte tal vez de una nueva estrategia del gobierno de EU para esta guerra, dicho país, junto a Rusia, la OTAN y la Unión Europea, deben dar prioridad al diálogo por encima de las armas. Con urgencia debe buscarse una salida pactada de Bashar al Assad del gobierno de Siria, y continuar con el exterminio de ISIS para lo antes posible restablecer la paz.
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