Mi viaje comenzó saliendo de Tepic con rumbo al municipio de Ruiz, Nayarit. El trayecto me tomó aproximadamente una hora por la autopista rumbo a Mazatlán, un camino cómodo y bien señalizado que poco a poco va dejando atrás la ciudad para adentrarse en paisajes serranos, montañas cubiertas de vegetación y comunidades que anuncian el carácter rural y auténtico de esta región del norte del estado. Desde el camino ya se siente ese cambio de ritmo: el aire es más fresco, el entorno más verde y la expectativa por lo que está por venir crece kilómetro a kilómetro.
La primera parada obligada fue en El Rosal de Zapata, un sitio muy conocido entre locales y viajeros por su cocina tradicional. Aquí desayuné unas deliciosas pupusas, chilaquiles con huevo y un refrescante vaso de agua de fruta de temporada. Este desayuno no solo fue abundante, sino perfecto para cargar energía antes de un día intenso de actividades en la sierra. El ambiente es sencillo y acogedor, de esos lugares donde la comida sabe a casa y el trato es cercano.
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Con el estómago contento, continué rumbo a uno de los grandes tesoros naturales de la región: el Cañón del Tenamache. Aquí realicé cañonismo con la empresa local Travesía Cora, una experiencia que superó por mucho mis expectativas. El descenso se hace siguiendo el curso de un río lleno de agua, con saltos naturales, toboganes de roca y pozas cristalinas rodeadas de imponentes paredes de piedra y vegetación exuberante.
El recorrido es dinámico y emocionante, ideal para quienes buscan una dosis de adrenalina en un entorno completamente natural. Hacer esta actividad con guías locales marca la diferencia, ya que conocen perfectamente el cañón, sus corrientes y los puntos más seguros para cada salto.
Después de la intensa aventura, llegó uno de los momentos más memorables del viaje: la comida con la cocinera tradicional Susana. Bajo la sombra de un árbol y con una vista espectacular de la sierra, probamos platillos típicos de la región como gallina con frijoles, arroz y agua fresca elaborada con ingredientes locales. Comer así, al aire libre y en calma, fue una experiencia que conectó perfectamente con el entorno y la esencia del lugar.
Más que una comida, fue un encuentro con la cocina tradicional nayarita, donde cada platillo cuenta una historia y se prepara con recetas heredadas de generación en generación.
La siguiente parada fue en la localidad de Real Mineral del Zopilote, un sitio cargado de historia. Este lugar es conocido por su antigua mina de plomo, vestigio de una época minera que marcó el desarrollo de la región. Recorrer la zona y conocer el chacuaco, que data de tiempos antiguos, es como viajar al pasado y entender la importancia económica que tuvo este real minero.
Lo que más me sorprendió fue encontrar, dentro y alrededor de la mina, nacimientos de agua cristalina que brotan entre la roca, creando un contraste impresionante entre la historia industrial y la naturaleza viva.
Al caer la tarde llegué a mi hospedaje: Cabañas El Carajo. Este lugar es ideal para descansar después de un día lleno de actividades. Las cabañas están ubicadas a un costado de un río, rodeadas de naturaleza y con una tranquilidad absoluta. Mi cabaña contaba con varias amenidades, entre ellas una mesa de billar y una habitación amplia y cómoda, perfecta para relajarse.
Dormir aquí es hacerlo acompañado por el sonido del agua y la calma de la sierra, una experiencia que invita a desconectarse por completo.
Al día siguiente desperté temprano para disfrutar de uno de los grandes placeres del viaje: un baño en el río de agua cristalina que corre junto a las cabañas. El agua fría y transparente es ideal para iniciar el día con energía, rodeado de silencio y naturaleza pura. Momentos como este son los que hacen que un viaje a la sierra se quede grabado en la memoria.
Más tarde me dirigí a la localidad de El Venado, conocida por su tradición en la talabartería de huarache. Aquí pude conocer de cerca el trabajo artesanal que se realiza con técnicas tradicionales, valorando el tiempo y la dedicación que implica cada pieza. Es una excelente oportunidad para adquirir artesanías auténticas y apoyar la economía local.
Antes de continuar, hice una parada para desayunar en el restaurante El Peregrino, donde probé comida típica de la región y distintos tipos de guisos tradicionales. La cocina es sencilla pero llena de sabor, perfecta para seguir explorando con el estómago contento.
La última actividad de mi viaje fue recorrer la plaza principal y las calles de la cabecera municipal de Ruiz. Caminar por aquí permite observar la vida cotidiana del pueblo, su arquitectura, su ritmo tranquilo y la calidez de su gente. Es el cierre perfecto para un viaje que combina aventura, gastronomía, historia y naturaleza.
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