Para hacer el mejor Mundial en su historia, la Selección Mexicana tiene varios objetivos. Antes de que empiece la fase final, el Tricolor ya cumplió con dos y, frente a República Checa, enfrenta otro.
En su debut contra Sudáfrica, logró romper la maldición que arrastraba en partidos inaugurales de la Copa del Mundo. Hasta el 11 de junio, había jugado siete partidos de apertura en la historia de los Mundiales (1930, 1950, 1954, 1958, 1962, 1970 y 2010). Sin embargo, acumulaba cinco derrotas y dos empates.
Gracias a los goles de Julián Quiñones y Raúl Jiménez, el Tricolor rompió el primer maleficio.

Después, llegó el partido contra Corea del Sur y —en un duelo agónico, gracias a la atajada de Raúl Rangel— la Selección Mexicana consiguió enterrar los fantasmas de 1970 y 1986, que lo perseguían sin poder ganar fuera del Coloso de Santa Úrsula.
El público presente en el estadio Guadalajara hizo pesar la localía y —con un poco de suerte, gracias al error del portero asiático Kim Seung-gyu— México cumplió varios objetivos en una misma noche. Ganó fuera de la CDMX, aseguró el liderato y no salir del país para el juego de dieciseisavos de final, así como en un hipotético partido de octavos.
Llegó el turno de enfrentar a República Checa, que todavía no conoce la victoria en esta Copa del Mundo y está obligada a sumar tres puntos, por lo que no será un sinodal sencillo, pero la Selección Mexicana tiene por delante otro hito histórico por alcanzar.
Por primera vez en sus 18 participaciones (incluyendo la actual) en el torneo de naciones más importante, la Selección Mexicana puede terminar la fase de grupos con tres victorias y, además, podría lograrlo sin recibir goles, lo que representaría una inédita fase inicial perfecta.
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