"Vivimos una pandemia de feminicidios desde hace 30 años en México": Elina Chauvet

La creadora de la emblemática obra "Zapatos rojos" cuestiona la omisión de los gobiernos para frenar la violencia contra la mujer

"Vivimos una pandemia de feminicidios desde hace 30 años en México": Elina Chauvet
Elina Chauvet, artista. Fotos: CORTESÍA ELINA CHAUVET
Cultura 28/01/2021 02:00 Sonia Sierra Actualizada 09:30
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Zapatos rojos, de Elina Chauvet, es una obra que con los años se ha convertido en símbolo de la lucha contra la violencia hacia las mujeres. Es una instalación acción donde la sociedad participa a través de la donación de zapatos rojos que después se llevan a calles, plazas y parques como emblema de una violencia que en México va en aumento. Cientos de veces se ha puesto desde que Elina la creó en 2009; ella es consciente de que muchos grupos la han hecho suya.

Lo que el arte puede hacer ante este problema es participar de la conversación, pero no es el arte el que va a cambiar esta situación. Eso lo tiene claro Elina Chauvet (Casas Grandes, Chihuahua, 1959), arquitecta y artista, quien vive y trabaja en Mazatlán.

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¿Cómo llegas a la lucha contra la violencia a la mujer?

Yo viví muchos años en Ciudad Juárez, estudié Arquitectura, aunque siempre tuve la inquietud del arte; trabajé en la industria de la construcción de maquiladoras. Cuando tenía 30 años vine a Sinaloa, inicié una nueva vida, conocí a un joven que ahora es mi esposo, y me quedé. En esa época empezaban los feminicidios en Ciudad Juárez; en el 89 empezaron. Tenía una hermana que era un año nueve meses mayor que yo, y con la que viví toda mi infancia, éramos como gemelas; se casó, se fue a vivir a Chiapas y, al año de yo estar en Sinaloa, muere (1992). Desgraciadamente su muerte fue en este contexto de violencia doméstica. La muerte de mi hermana fue algo tremendo que me desgarró. Mi duelo lo tuve que llevar sola y lo hice a través de la pintura. Los primeros años que hice pintura, mis obras fueron sobre la violencia y el narcotráfico, y se fue transformando el trabajo con otras maneras de expresión en el arte contemporáneo y conceptual.

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En esos años me fui dando cuenta de que esta violencia estaba en nuestras vidas de una manera normalizada. Fue ir recapitulando en las vidas de las mujeres de mi familia, mis abuelas, mis tías y otras mujeres que me rodeaban, en cómo esta violencia nos fracciona, nos destroza. Yo la llamo la madre de todas las violencias, porque en el núcleo familiar es donde más impacta.

¿Cómo nace Zapatos rojos?

Fui cambiando los procesos; en 2009 fui a Ciudad Juárez hacer unos talleres y me di cuenta de que las desapariciones no habían terminado aunque los medios no hablaban del tema; el problema estaba absolutamente presente. En esos años empezó la militarización de Felipe Calderón y Ciudad Juárez era un caos. Me cimbró lo que encontré, y me entró la inquietud por sacarlo, por gritar toda esta violencia contra las mujeres. Empecé a pensar en crear una obra que tuviera un impacto real, me parece que el arte es una herramienta maravillosa, no nada más en la belleza, sino en lo que te dice y te hace pensar.

Después de una investigación llegué a esta instalación. Pensé que en Ciudad Juárez ya sabían lo que pasaba, pero que la obra tenía que salir de ahí porque es un claro ejemplo de la degradación que se ha generado, que no sólo sigue igual sino que ha evolucionado.

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cultura-elina4_122062870.jpgZapatos rojos fue puesta por primera vez en Ciudad Juárez.

¿Tuviste apoyo de alguna institución?

El proyecto es iniciativa propia. No fue con apoyos institucionales. Quería una obra donde participara la ciudadanía, sentía que los museos y galerías no eran suficientes para llevar el mensaje que quería dar, y decidí que fuera en el espacio público. Tenía claro el propósito: volver a poner los ojos en Ciudad Juárez, que la obra se replicara y que generara la participación de la gente.

¿De dónde viene el detalle de los zapatos rojos?

Yo tenía una historia personal con mi hermana, calzábamos el mismo número y nos prestábamos los zapatos y las mujeres tenemos una relación con los zapatos. Yo quería la donación de los zapatos, que las personas se sintieran parte de la obra al dar algo personal, y el color rojo porque no podía visualizar otro color que no fuera el rojo; el rojo simboliza la sangre, el amor. Esta obra nace del amor hacia mi hermana, hacia mi madre, del amor de todas las madres que han perdido hijas y que siguen perdiendo a sus hijas. Para la primera instalación, que era más un performance, pedí donar zapatos rojos; fueron 33 pares y los puse en la Avenida Benito Juárez, calle del centro donde ha habido muchas desapariciones. Un día llegué, instalé los zapatos, los recogí, caminé, los volví a instalar, y fui repitiendo esa acción hasta donde ya no podía avanzar más por el puente internacional. Al otro día me recomendaron que saliera de la ciudad; las mafias tenían amenazados a los periodistas, y no podían hablar de esto. Pero a través de la pieza pudieron tocar el tema.

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El Zócalo de la ciudad ha sido escenario de la instalación en varias ocasiones.

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El recorrido de la obra

A partir de ahí, la artista comenzó a recibir zapatos que le enviaban de Estados Unidos, Canadá, España y México. Cuando tuvo 300 pares inició una gira con el proyecto: Mazatlán, Culiacán y Ciudad de México, donde contó con el apoyo de Norma Andrade —este proyecto, precisa, tuvo en sus inicios apoyo de Norma Andrade y Maricela Ortiz, fundadoras de Nuestras Hijas de Regreso a Casa—. La siguiente escala de la instalación fue Chihuahua, donde un año antes habían asesinado a Maricela Escobedo; la puso en el parque donde Maricela había estado protestando. Luego la llevó a El Paso, y ahí, en el consultado, cuestionó al gobierno mexicano por los feminicidios. Ese puesta de la obra dio pie a que se conociera en muchos países, y a que hubiera invitaciones de Italia, por ejemplo, que es donde más veces se ha puesto. Una pequeña instalación de la obra está en comodato en el Museo Memoria y Tolerancia, y otras en museos de Santiago de Chile e Italia. “En Italia tuvo un éxito rotundo, fue a Génova, Turín; la han replicado en grandes y pequeñas ciudades. Al mismo tiempo se hizo en Mexicali, y en la Patagonia y sucedió lo mismo: se expandió por todo Argentina. Estuvo en otros países de Sudamérica, en España; Amnistía Internacional hizo replicas; luego en Estados Unidos, Canadá. Han sido ya 12 años”.

¿Aún trabajas con esa obra?

Sí, aunque la obra tomó su vida propia hace años. Han venido otros proyectos, colaboraciones acerca de la pieza para libros, revistas; por la pandemia se ha suspendido. Han sido cientos de instalaciones. Algunas personas me piden la obra y otras la realizan. A estas alturas, Zapatos rojos es un símbolo. Me interesa el registro de quién, cuándo, cómo; sin embargo me da mucho gusto cuando la realizan aunque sea sin solicitármelo.

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¿Siempre se hace el ejercicio de que te donen zapatos?

Cada réplica es una nueva donación. La obra tiene cuatro etapas: convocatoria, donación, talleres de pintura y la instalación, por último. No es la pura instalación, es un proceso donde hay el hacer conciencia, hablar del tema. Se generan talleres donde pueden ir familias, esposos, jóvenes. En Italia la han llevado a muchas escuelas. Es muy pedagógica. No se necesita ser un artista para hacerla. Es parte del compromiso que tengo. Ésta no es una obra con propósito económico; es una obra honesta. Ha sido difícil sostenerla económicamente, pero me siento gratificada.

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Elina Chauvet Nació en Casas Grandes, Chihuahua, en 1959; es arquitecta y artista, y vive y trabaja en Mazatlán.

¿Qué puesta recuerdas de manera particular?

Me llamó mucho la atención una en Guatemala que pusieron unas mujeres, vi la foto, de un lado están los zapatos rojos y del otro los soldados, los policías. Para las que hice en México nunca pedí permiso para instalar los zapatos, nunca tuve una represión, y ver a estas mujeres y a la policía armada frente a ellas, reprimiéndolas, me impactó mucho. Normalmente las instalaciones que se hacen fuera de México se hacen con solicitud del espacio, son ciudades europeas que no tienen las violencias de América Latina, o la hice en Santiago, pero con el Ministerio de Cultura. Y son muy diferentes los casos.

¿Cómo percibes que ha evolucionado la violencia contra la mujer en el país?

Cuando estuve en Ciudad Juárez, en 2009, se me prendieron todas las alarmas. Entonces ya había habido feminicidios en la ciudad de Chihuahua y en otros lugares de la ciudad; y pensé que si eso estaba pasando en Chihuahua iba a esparcirse por todo el país. Todos sabemos que esto lo ha generado la impunidad. Es el resultado de la negligencia, la omisión de los gobiernos para hacer lo que tienen que hacer para frenarlo. Los feminicidios tienen sumido al país en un duelo. Vivimos una pandemia de feminicidios desde hace 30 años en México. Los gobiernos pasan de omisión en omisión, cierran sus ojos y no lo hacen parte de su agenda de trabajo. ¿Cómo es posible que el gobierno no haga nada, que no esté trabajando, que siga siendo parte del problema y no de la solución?

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¿Qué proyectos tienes?

Yo he pensado mucho, y he pensado, incluso, no hacer la instalación más en México, porque me duele mucho que México ha sido uno de los países, no sólo donde no he tenido tantas réplicas, sino porque me siento decepcionada, entristecida por mi país, por la falta de acciones de las instituciones. Hace poco me la pidieron para Michoacán, y era un político que quería hacer treintaytantas instalaciones en diferentes poblados; pero, obviamente, mi obra no es para la agenda política de nadie. Ni para cuestiones religiosas. Estoy participando en otros proyectos de arte, en gráfica. Tengo el proyecto de hacer un libro, una memoria de la obra, tengo muchísimo material.

“Empecé a pensar en crear una obra que tuviera un impacto real... el arte es una herramienta maravillosa, no nada más en la belleza, sino en lo que te dice y te hace pensar”
 

 

¿Cómo hacer que la obra llame a la reflexión?

Puedo hablar de lo que a mí me gustaría. Aunque no muchos, la obra requiere recursos; me gustaría que un museo de la Ciudad de México hiciera la obra, porque no es lo mismo que llegue Elina Chauvet a hacer una convocatoria a que un museo importante, o una institución, lleve la voz. La última instalación que hice fue en enero de 2020, en el zócalo, y ahí me presenté no como Elina Chauvet, sino como mi alter ego, Golden Bird, que nació en 2019. El proceso de mi tratamiento para el cáncer, en 2019, lo llevé enmascarada, y la máscara es símbolo de las luchas que he llevado en la vida.

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¿Qué sientes que es lo que el arte puede hacer para llevarnos a actuar frente a este problema?

Considero que el arte es como un hilo conductor. Zapatos rojos ha sido el hilo conductor que ha tejido la trama entre muchas personas. Es necesario tratar de hacer ver a quienes están ejerciendo la violencia desde los hogares lo equivocados que están. Se pueden hacer campañas, se puede convocar a artistas para diseñar ideas, pero la solución es la voluntad del gobierno. Por más iniciativas que tengamos los artistas, quien nos representa es quien tiene los recursos para hacerlo.

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