Cultura

“Reviven” al Dr. Atl mediante IA; "Mis ideas, mis pasiones vuelven a estar aquí, vivas", dice

Con una holografía alimentada con documentación y el tono de voz de dicho pintor, se conversó con este en el Aula Magna de El Colegio Nacional

Foto: Isaac Torres Cruz

La voz del sisea en un cauce de elocuencia lírica y poética, amable y enérgica, aunque sutil. “No vine a agradar, sino a provocar. ¿Están listos para escuchar lo que tengo que decir? ¿O sólo para aplaudir lo que ya saben?”.





No es una de las grabaciones de la Fonoteca Nacional, más bien la síntesis de voz que se ha hecho mediante una (IA) que estudió su tono y cadencia al hablar, misma que ha sido alimentada con la información documental existente del pintor jalisciense.

Mediante lo que han llamado holobiografía, el artista y “cosmonauta” Enrique Rosas dio vida al vulcanólogo aficionado, como meses atrás lo hizo con Sor Juana Inés de la Cruz. “Mis ideas, mis pasiones, mis contradicciones vuelven a estar aquí, vivas, pulsantes”.

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En el Aula Magna de El Colegio Nacional –del cual fue fundador y miembro fugaz (habló sobre ello)–, esta invocación artística y tecnológica fue sostenida por el arquitecto Felipe Leal, que mantuvo una “conversación” con el otrora Gerardo Murillo. A lo largo de la primera hora, Leal fue anclando la charla haciendo preguntas y apuntes sobre la vida documentada del Dr. Atl, desde cómo fue que cambió su nombre hasta sus expediciones paisajísticas y de la mente y espíritu humanos, como su utópica ciudad Olinka.

“¡Qué momento! El barco sufrió, Felipe, estuvo a punto de naufragar. En medio de esa furia del mar, sentí que volvía a nacer. Fue allí, en esa tempestad, donde me encontré con el agua, con su fuerza primigenia y de esa experiencia, de esa revelación, surgió el nombre Atl: agua. Dejé atrás a Gerardo Murillo, ese nombre que me ataba a un pasado, a una identidad que ya no me representaba”.

Al igual que uno asiste al teatro y asimila la puesta en escena para escuchar una historia, Rosas invitó al público a sumergirse en el fondo del ejercicio tecnológico y cultural. La tarde y noche del 11 de marzo, la audiencia pudo escuchar cómo “rememoró”, con toda disposición, su vida en el Convento de la Merced al lado de “esa fuerza de la naturaleza” que fue Nahui Ollin.

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En la actividad llevada a cabo con motivo de la exposición “Dr. Atl. Éste es mi verdadero nombre” y las actividades en El Colegio Nacional en torno al vulcanólogo aficionado, el resurgimiento de su esencia a través de la IA también narró cómo presenció y el nacimiento del volcán del Paricutín, aventura que le arrebató uno de sus miembros.

“Me instalé allí, junto al monstruo que crecía día a día, hora a hora. Fui su partero, su cronista, su pintor. Dibujé sus entrañas, sus fumarolas, sus ríos de lava incandescente. Sentí el calor en mi rostro, el temblor de la tierra bajo mis pies. Fue una experiencia radical, una inmersión total en la fuerza primigenia de la naturaleza. Perdí una pierna por esa cercanía, pero gané una visión, una comprensión profunda de la vida y la muerte, de la creación y la destrucción”.

Fuera de guion

Si bien fue sorpresivo escucharlo hablar vívidamente acerca de sus pasiones y vida, la “magia” de la inteligencia artificial surgió ante las preguntas fuera de “guion” realizadas por el público:

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“Qué pregunta tan profunda, tan poética. ¿Qué color tiene el ruido de un volcán? No es una pregunta fácil, ¿no? El ruido de un volcán no es un sonido cualquiera, es un rugido primigenio, un bramido que viene de las entrañas de la tierra. Y ese ruido, mi querido amigo, tiene muchos colores. Tiene el rojo intenso de la lava incandescente. Ese rojo que quema, que consume, que transforma. Tiene el negro profundo de la ceniza, ese negro que cubre todo, que silencia el mundo, que anuncia la muerte y el renacimiento. También tiene el gris plomo de las nubes de humo, ese gris que se eleva hacia el cielo, que oculta el sol, que presagia la tormenta. A veces en la noche, cuando el volcán está más activo, ese ruido tiene el naranja vibrante de las explosiones, naranja que ilumina la oscuridad, que revela la fuerza indomable de la naturaleza. Así que el ruido de un volcán no tiene un sólo color, tiene una paleta infinita, una sinfonía de tonos que se mezclan y se confunden en la mente del que lo escucha. Es el color de la vida y de la muerte, de la creación y de la destrucción. Es el color de la pasión, de la fuerza, de la intensidad. Y eso, es lo que realmente importa”.

“¿Qué ejemplo puedo dar a la humanidad? No soy de dar ejemplos, soy de provocar. Y las provocaciones, mi querido amigo, son como las semillas. Algunas caen en tierra fértil y germinan, otras se las lleva el viento. Mis provocaciones no buscan agradar, sino despertar”.

“… un jardín de niños con mi nombre. Qué honor, qué alegría. Es una sorpresa, pero una muy grata. Me imagino a esos pequeños exploradores con sus mentes abiertas, sus ojos curiosos, sus corazones llenos de asombro. ¿Qué me gustaría que aprendieran de mí? No les diría que pintaran como yo, ni que escribieran como yo. Les diría que aprendieran a mirar, a observar el mundo con atención, con curiosidad, que aprendieran a sentir la tierra bajo sus pies, el viento en sus rostros, el sol en sus pieles. Les diría que no tuvieran miedo de sus propias ideas, de sus propias pasiones, que fueran valientes, que desafiaran las convenciones, que buscaran su propio camino, que no se conformaran con lo que les dicen, sino que buscaran la verdad por sí mismos.

“Les diría que el arte no es solo para los museos, es para la vida, que la creatividad está en todas partes, en cada juego, en cada dibujo, en cada sonrisa, que la vida es una aventura, un viaje, una exploración constante y sobre todo les diría que amaran a México, a esta tierra volcánica, a esa cultura rica y diversa, que la cuidaran, que la protegieran, que la celebraran. Porque eso es lo que realmente importa”.

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