En 1952, Maria Callas causó furor en Bellas Artes

La cantante de ópera Maria Callas se presentó en el Palacio de Bellas Artes con las óperas "Lucía" y "La Traviata". "En una palabra: María Callas en el papel de Violeta, de “La Traviata”, ha llegado a la perfección", escribió Esquivel, un barítono mexicano con carrera internacional

En 1952, Maria Callas triunfó en Bellas Artes; así lo reseñó un barítono mexicano
Foto: Archivo
Cultura 27/06/2020 18:50 Jessica Soto y Fernando Palacios México Actualizada 21:09
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En 1952 Maria Callas fue ovacionada frenéticamente en el Palacio de Bellas Artes. Legiones de admiradores adquirieron boletos para ver a la soprano estadounidense de origen griego. Al final del acto, el tenor Giuseppe Di Stefano y Maria Callas, mejor conocida como “La Divina” recibieron incontables muestras de agradecimiento del público. Ovaciones que parecían no tener fin.

El encargado de reseñar las presentaciones de Callas en "La Traviata" y "Lucía" fue Ángel R. Esquivel (1892-1967), barítono mexicano que realizó su carrera en Italia, donde alcanzó sus mayores triunfos con El Marcello de "La Bohemia", El Conde de Luna de "El Trovador" y con "Rigoletto", en el Teatro Verme de Milán. Con esta última ópera, Esquivel también se presento en el Palacio de Bellas Artes, a su regreso en México.

“La Divina” fue famosa por combinar una prodigiosa técnica de bel canto además de su talento dramático y una particular belleza. Murió el 16 de septiembre de 1977 a los 54 años debido a un paro cardiaco. Siempre será recordada por su magnetismo en escena.

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Maria Callas en 1952. Foto: AFP

Así fue como EL UNIVERSAL relató los espectáculos que hizo la soprano en México en 1952.

“La Traviata” en Bellas Artes

6 de junio de 1952

Por Ángel R. Esquivel 

El lleno registrado el martes último en el Bellas Artes con “La Traviata”, viene a desvirtuar aquello de que el público ya está cansado de este repertorio. Con esto no queremos decir que no haya conveniencia y hasta necesidad de refrescarlo, pero las dificultades de orden económico que esto significa, son muchas, y de ello hablaremos en otra ocasión. Por ahora conformémonos con lo que hay, y reconozcamos que ese poco o mucho que tenemos, se debe a la titánica labor de ONAC que ha logrado solidificar sus bases y llevar su nave hasta la verificación de su décima temporada. 

La protagonista de la ópera arriba señalada se encomendó, como en la temporada anterior a la excelsa diva Maria Meneghini Callas; el éxito alcanzado sólo tiene un precedente: el suyo propio. Nuevamente admiramos su bellísima figura, la magnificencia de su atavío, la exquisitez de su porte animado por un refinamiento de ademanes que la gracia de sus manos, manos que hablan, expresan la diversidad de situaciones por las que atraviesa el personaje. En una palabra: María Callas en el papel de Violeta, de “La Traviata”, ha llegado a la perfección. Tan grande es la actriz como la cantante. ¿Qué ésta no es perfecta como aquélla? De acuerdo. Qué más diéramos porque el “la” final del “Addio” del cuarto acto no le resultara tremolante y lo emitiera como está escrito: “Con un fil di voce”, así mismo, no debería interrumpir el sonido, para tomar aliento, cuando desciende del “mi” al “la” bemoles al terminar su aria del primer acto. Pero estos detalles se desvanecen al recordar tantos y tan bellos pasajes con los que nos deleitó en el curso de la obra tan eminente cantante.¿Quién está en grado no de superar, sino de igualar al menos, las frases: “Amami Alfredo”. “Alfredo, Alfredo”, “Parigi, o cara...”, etc., y ¿quién posee esa potencia de voz, esos prodigiosos agudos, esas aperladas escalas y la nitidez de su maravillosa agilidad? ¿Quién no espera después de esto, con ansia incontenible, la próxima “Lucía”? 

Es obvio reseñar las ovaciones de que fué objeto y el número de veces que fué llamada al proscenio en compañía del tenor Di Stefano que hubo de entendérselas con la parte de “Alfredo”, de cuya interpretación, el acto que más nos gustó fué el tercero por sus acentos de emotividad dramática con que dijo la imprecación a “Violeta”. En el acto cuarto esperábamos al Di Stefano matizador y exquisito, cualidades ambas que lo caracterizan, pero no fué así, pues su dúo con “Violeta”, sobre todo aquel bellísimo pasaje: “Parigi, o cara…”, lo cantó “a piena voce”. En cambio, le aplaudimos en unión de toda la concurrencia el brindis del primer acto. Respecto de su indumentaria del segundo acto, no estamos de acuerdo. El autor señala: “Alfredo entra in costume da caccia”, y el suyo fué “costume da casa”, nuevecito, pero impropio.

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Foto: Hemeroteca El Universal

El barítono Campolonghi caracterizó correctamente al “Germont”, habiéndosele tributado una calurosa ovación al final de su romanza “Di Provenza...” que cantó con honda emoción luciendo a la vez sus brillantes agudos que sostuvo con absoluta seguridad, debido a su buena impostación y al extraordinario aliento de que dispone que le permite también el uso de la media voz y el “filado”. Debe poner atención, en cambio, a su registro grave, cuya entonación es a menudo Imprecisa, “calante”. También nos sentimos obligados a observarle que, el ”la” bemol, por cierto excelente, de la frase: “An ferma...”, final del segundo acto, no la dirija al público. Debe cuidar también de quitarse los guantes. 

Muy agraciada y de bonita voz la Flora cantada por la soprano Cristina Trevi. Rufino en su pequeña parte del Doctor muy correcto. También se comportó con eficiencia Edna Torres an su Annina, y las partes menores a cargo de Cerda. Tortolero y Herrera, coadyuvaron el buen éxito del espectáculo, cuyo primer acto tuvo lugar en una cámara luctuosa y a guisa de ornamentos, unos mecates ondulando en el proscenio; y en el segundo acto, unas cortinillas de cretona corriente por cuyo desprendimiento sentimos obsesión. ¿Qué duda cabe que alguien le jugó una broma al maestro Laila? El maestro Hernández Moncada, en su puesto de altura. Gloria Mestre, guapa y llena de gracia, moviendo a sus “huestes”, si no con toda propiedad, sí con vistosidad efectiva. Aplausos para el maestro Mugnai y salida al proscenio con los artistas por su meritoria labor durante todo el curso de la obra, destacando la ejecución del preludio del cuarto acto que le valió singulares aplausos.

Banquete en homenaje a la soprano de la Época: Sra. Callas 

11 de junio de 1952 

El grupo “Amantes de la Ópera”, integrado por distinguidas damas y caballeros de nuestra sociedad han organizado espléndido banquete en honor de la excelsa diva Maria Meneghini Callas, la soprano de la época, que actualmente nos deleita con sus incomparables y brillantes actuaciones en las representaciones de la décima temporada 1952 de Ópera Nacional. 

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Hotel del Prado. Foto: Archivo El Universal

El banquete será celebrado el miércoles dieciocho del presente a las veinte horas, en el Salón de los Candiles, del Hotel del Prado, siendo de etiqueta.

Las damas y caballeros que deseen asistir a esta convivialidad, deben dirigirse al señor Dr. Luis Morales Bolaños. Son muy numerosas las personas que han adquirido sus boletos, la eminente soprano María Callas cuenta con legiones de admiradores en México; en tal virtud, se espera como un acontecimiento de relieve este homenaje a la egregia cantante.

Lucía en el “Bellas Artes”

13 de junio de 1952

Por Ángel R. Esquivel 

¡Qué gran noche, noche inolvidable la del martes último con "Lucía"! La velada se desarrolló en un ambiente de inusitado entusiasmo que se tradujo en aclamaciones delirantes para los artistas.

Después de haber oído a la soprano Maria Callas en las óperas “Los Puritanos” y “La Traviata”, dábamos por seguro el éxito que sin duda habría de alcanzar en esta obra; pero todo cuanto digamos acerca de él, resulta pálido, los adjetivos nos escasean para valorar su insigne labor. Creemos que en lo sucesivo esta ópera será, la que de su repertorio, le aporte mayores glorias, porque ella ofrece a las maravillosas cualidades de esta preeminente artista, espléndidos campos para su expansión. 

Maria Callas en el primer acto se elevó a alturas increíbles, pero en el tercero se sublimizó. ¿Se puede concebir mayor perfección en la ejecución de sus escalas cromáticas, trinos, picados, grupetos, apoyaturas y poramentos? ¡Cuánta pureza de sonidos! Esa noche se han glorificado por igual, la actriz y la cantante. 

El crítico italiano Radius dijo: “Esta mujer tiene sin duda una inteligencia vocal”. Y nosotros decimos: “Se in cielo si cantasse la Lucía, si canterebbe come Lei la canta, signora Callas”. Donizzetti, la benedica”.

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Foto: Hemeroteca El Universal

Bravísimo el tenor Di Stefano en el Edgardo. Este artista ha dominado admirablemente algo que para muchos cantantes significa un verdadero escollo: el canto declamado: en el primer acto, con Lucía, quedó ampliamente comprobada nuestra aseveración; su elocuencia fué contundente. Di Stefano tuvo en esta obra uno de sus más grandes triunfos. Su hermosa voz y su temperamento se adaptan a ella con singular precisión, así como su exquisita sensibilidad artística, que le permite captar con lucidez los diferentes aspectos psicológicos del personaje. Culminó la excelente labor de este joven artista con aquella sublime aria final; “Tu che a Dio spiegasti l'ali...” cuya interpretación impresionó al auditorio por sus frases de honda emotividad y acentos. Las postreras ovaciones se escucharon en su honor como premio a su magnífica actuación. Al final de todos los actos fueron llamados los artistas al proscenio a quienes se tributaron calurosos aplausos, pero cuando éstos se transformaron en clamor frenético, fue al terminar María Callas la popular aria de la “locura” del tercer acto: las palmas se trocaron en bravos, de un público delirante de entusiasmo. Incontable número de veces tuvieron que presentarse María Callas y Di Stefano ante un auditorio cuyas ovaciones parecían no tener fin. A fe que hubo, de sobra, motivos para ello. 

También se hizo aplaudir en el Lord Enrico el barítono Campolonghi, cuya parte, si no ofrece mayores oportunidades de lucimiento, sí se destaca cuando es encomendada a un artista como él, que posee voz de sobra para ello y suficientes dotes artísticas. Nuevamente festejamos sus bellos agudos, sobretodo el “sol”, un verdadero sol que nos lanzó al final del primer acto. Ahora nos preguntamos: ¿Por qué no dió otro semejante al terminar la un tanto ingrata, cavatina “Cruda funesta”...? Si Campolonghi lo hace en su próxima actuación, en vez de prolongar la “corona” del “fadiesis” en la frase “fora men río…”, conservará un buen recuerdo de nuestra sugestión, así como de la ovación que indudablemente se le habrá de tributar.

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Foto: EFE. archivo

Tenemos que recomendarle por un principio de estética musical, primeramente, y por un rudimentario compañerismo, después, que no prolongue su “sol” de la frase “a te” del final del dúo con Lucía, más que ésta, porque debe tener en cuenta que aquélla desciende de un “re” a la tónica sin tomar aliento, y él asciende a la misma nota, tomándolo, “Vero”.
Esperamos con vivos deseos el Rigoletto de Campolonghi, que sin duda habrá de significarle un grande suceso.

El bajo Roberto Silva sostuvo la parte del confidente de Lucía, Raimondo, con arrogante sobriedad, haciendo manifiesta una vez más, la sensible mejoría que ha logrado en el timbre de su voz, pues ha adquirido nuevamente sus ricas sonoridades de antaño, razones por las que su actuación fué muy plausible y mereció los aplausos del auditorio. 

El debutante, tenor Carlo del Monte (Arturo) causó excelente impresión por su bella voz, afinación y prestancia escénica, cualidades que el público estimó, prodigándole aplausos cálidos cuando fué llamado al proscenio. Ana María Feus, discreta en su papel de Alicia, y Francisco Tortolero, muy correcto en el Normando, agradándonos, como siempre, su bonito timbre de voz.

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Foto: Hemeroteca El Universal

Muchos aplausos recibió el maestro Picco tanto en el proscenio en compañía de los artistas, como cuando subió al podio para dirigir el cuarto acto, participando de ellos, con justicia, los profesores de la orquesta, por su individual cooperación que se tradujo en el acoplamiento del conjunto, preciso y disciplinado, a la segura y experimentada batuta del maestro Picco. Los coros, seguros como siempre, haciéndonos sentir la sapiencia del maestro Moncada. Respecto de las escenas nada especial tenemos que decir, salvo una grande escalinata del tercer acto, que aunque de buen efecto visual, no la consideramos muy apropiada para que Lucía la descienda cantando. ¿Qué no sería posible que el maestro Laila ordenara a los coros en el tercer acto que rompieran filas? ¿O será que en aquellos tiempos los invitados que concurrían a las fiestas deberían permanecer enfilados militarmente?
Réstanos expresar nuestras congratulaciones a ONAC por este grande acontecimiento artístico, que habrá de repetirse para fortuna de los “dilettanti”, el próximo sábado.

fjb

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