“Los huicholes me atraparon”: Pablo Ortiz Monasterio

El fotógrafo vuelve a mirar su serie sobre los indígenas del occidente de México y presenta una exposición y una carpeta en la galería Almanaque, que abre este jueves

“Los huicholes me atraparon”: Pablo Ortiz Monasterio
La exposición revisa y recupera fotografías que tomó a los huicholes hace tres décadas. En la imagen: “Mano”. Fotos: Cortesía Pablo Ortiz Monasterio
Cultura 03/11/2021 02:40 Sonia Sierra Actualizada 09:34
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Pablo Ortiz Monasterio, el autor de "La última ciudad", esa serie y libro donde el fotógrafo miró su lugar de origen y consiguió imágenes en blanco y negro que perduran y nos llevan a un DF lejano y presente a la vez, también creó en los años 90 imágenes de otro universo tan o más potente que aquel: el de los huicholes; éste, a todo color y con su carga ancestral, un pasado vivo en estos tiempos modernos.

En el contexto del Gallery Weekend México —del 5 al 7 de noviembre—, la galería Almanaque inaugura el 4 de noviembre a las 17 horas Huichol: sierra, desierto, Nueva York (95-21), de Pablo Ortiz Monasterio; expone fotografías y produce una carpeta que está en la muestra, con 10 imágenes que hizo de los huicholes. La exposición vuelve a mirar ese trabajo, esta vez bajo la curaduría de James Oles.

Pablo cuenta que en medio de la pandemia, en los tiempos que fueron quedando, volvió a ver estas fotos de los huicholes, cientos de imágenes hechas durante más de 20 viajes, cuando iba con su hermano Fernando Ortiz Monasterio y personas como Juan Pérez Amador y Ofelia Medina, que viajaban para impulsar proyectos para y con esa comunidad.

Hace años que no ha vuelto a la Sierra Madre Occidental, pero las fotos siguen siendo un lazo con estos indígenas a quienes define como los más radicales de América: “Los huicholes me atraparon el corazón, la vida. Fueron muchos viajes; yo era parte de un comité en donde hicimos proyectos: puente colgante de más de 100 metros, se llevaron 20 venados vivos del zoológico de la Ciudad de México a la Sierra y se montó un venadario; un viaje a Nueva York, donde visitamos con los huicholes a Butros Butros-Ghali (secretario de ONU entre 1992 y 1996); una gran cantidad de proyectos, y en el camino yo tomaba fotos. Con dificultad: los huicholes siempre son bravos y defienden sus tradiciones y sus cosas, pero veían que éramos gente de fiar, que estábamos trabajando con ellos”.

Trabajaron en las regiones de Santa Catarina, San Andrés, San Sebastián; más en Santa Catarina, donde está el sitio Teakata. “Los huicholes son los indígenas más radicales de todo América. Desde el siglo XVI –incluso desde el XIV cuando empieza la hegemonía azteca varios no aceptaron someterse, migraron y poblaron esas regiones lejanas en la esquina de Jalisco, Zacatecas y Nayarit– y con los españoles y franciscanos estuvieron en contacto intenso pero se han conservado, usan el vestido –incluso los hombres, cosa que perdieron en otros lados– y la tradición del peyote; entonces su indianidad los hace ser muy radicales. Es un grupo fascinante”.

Al recordar, Ortiz Monasterio menciona cómo se hacían esfuerzos desde la hoy tan criticada sociedad civil, y luego se pregunta por los proyectos de gobierno con y para las comunidades indígenas:

“Hoy en la circunstancia nacional, con la retórica que han montado de los indígenas, es paradójico que el INPI (Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas) está cerrado desde hace más de un año, y que la Secretaría de Cultura, en su discurso, apoya al arte indígena pero la verdad es que los indígenas para dedicarse a pintar o a esculpir está difícil; pero ahí está la Secretaría, muy abocada a eso, y luego del otro arte que se hace dicen que es fifí. Y las instituciones de la Secretaría están muy mermadas porque el gran pedazo del pastel que le tocaría del presupuesto se va a Chapultepec, cuando en realidad ese es un proyecto de la Ciudad de México donde están haciendo parques y puentes; y la cantidad de sitios del INAH que están cerrados so pretexto de la pandemia… Las cosas están de cabeza: el INPI tomado, la Secretaría de Cultura que dice que hace un trabajo por los indígenas en realidad le está haciendo el trabajo a la ciudad, a Claudia Sheinbaum… todo un tejemaneje donde el arte, el arte culto por decirlo así, no se puede dejar fuera”.

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Fotógrafo y editor, Ortiz Monasterio ahora explora en Instagram otras opciones de imagen. 
 

El primer libro

A comienzos de los 90, Pablo Ortiz Monasterio –que busca integrar fotografía y edición de libros– publicó Corazón de Venado, un libro con fotografías de varios momentos de la vida de los huicholes. El porcentaje de libros que le correspondía a él se llevó a las comunidades huicholes; lo mismo se hizo con una siguiente edición de la obra. La importancia que tuvo ese libro para ellos, la cuenta así:

“Allá no tienen bibliotecas, poca gente en sus casas tiene libros; de una gente en su palapa, me tocó ver cómo lo guardaban en una bolsa, una segunda bolsa, una tercera bolsa; fue revelador ver cómo lo miraban. En una casita donde vendían cerveza y coca cola –no hay tiendas, no hay luz, no hay agua corriente– les pregunté a unos chavos por el libro y no tenían idea, no lo habían visto… Pero ahí en lo oscurito estaba don Pablo, mi tocayo, un señor mayor en aquel tiempo que tenía sus nunutzis –unos niños chiquitos de una segunda mujer– y a esos niños en la escuela los maestros huicholes les enseñaban de la historia patria, y que todo eso es verdad porque está en los libros, a diferencia ‘del costumbre’, que son cuentos. Y se veía feliz de tener ese libro, donde en una foto, por ejemplo, está la serpiente, en otras el venado, el maíz, el agua, el peyote. En las fotos ellos leen una cantidad de cosas”.

Pablo aprovechaba los viajes para tomar fotos, por ejemplo de danzas, de la agricultura, todo en medio del paisaje; de momentos de las peregrinaciones donde los acompañó en etapas”. La edición fue muy cuidada; los mostraba a ellos solos, sin la presencia de personas no huicholes y rodeados solo de la naturaleza. Hoy la mirada del fotógrafo ha cambiado; considera fotografías donde también caben otros elementos, o fotografías que no son las de la idea de belleza.

“Me dediqué (en la pandemia) a mirar y a armar un documento amplio, 400 páginas, con los materiales (planea hacer un libro). La verdad es que todas las fotos son bonitas, pero es gracias a los huicholes, no gracias a mí. Porque es alucinante la realidad ahí, pero no se trata de que las fotos estén bonitas, sino de construir y dar cuenta de la profundidad, de lo difícil que es ser huichol porque si te toca el cargo, cuando acaban los tres años estás más pobre de lo que estabas, porque tienes que ir al monte a llevar una ofrenda en lugar de sembrar y tener comida para la familia. ‘Seguir el costumbre’ requiere mucho esfuerzo. Y es dar cuenta de todo eso, y dar cuenta de nosotros los tehuaris que ahí fuimos, nos hicimos viejos, algunos murieron; somos otra tribu, rara, hippiosa, locos, respetuosos, admiradores de lo huichol…

En Corazón del venado, el primer libro, no hay blancos, tampoco algo que parezca fuera de la naturaleza. Ahora no quiere dejar fuera personas como su hermano Fernando que aparece fotografiado en una asamblea. “No pretendo decir esto es lo que son, no; esto es lo que yo pude mirar e incorporar”.

Antes de este libro, Pablo ya había publicado un libro de otros indígenas: Los pueblos del viento, de los huaves, de Oaxaca. Pero como su serie de la Ciudad de México, que considera su mayor proyecto, el de los huicholes está lleno de anécdotas, como cuando viajaron a Nueva York para hacer un homenaje a la mujer que les ayudó a crear el puente, e iban eran 30 personas, y había mujeres, niños y hombres huicholes, y fueron a la ONU, cruzaron el puente de Brooklyn, y hasta vieron piezas antiguas en el Museo de Historia Natural. También recuerda lo que conoció o vivió en las peregrinaciones con ellos, que antes hacían a pie y de las que regresaban con hasta tres toneladas de peyote (la Constitución se los permite). Del amanecer en Wirikuta, de una “cacería” de peyotes, de caminos, y muchos otros momentos hablan las fotos que allí tomó.

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A la izquierda, “Puente huichol”; derecha, “Puente de Brooklyn”.
 

–¿Qué ves en ellas y de ti hoy?

–Lo que veo es que es una realidad de una riqueza y una complejidad bárbara. La cantidad de elementos simbólicos alrededor de la cultura... son sobrevivientes, fuertes; gente de una convicción y certeza... Y luego la belleza radical en cómo se visten, se mueven, hablan, acomodan las ofrendas, y su investigación de los psicotrópicos –el peyote– aplicada para sanarse, divertirse, trabajar, eso hace que tengan un universo conceptual extraordinario. Fotos guapas hay muchas, pero no se trata de eso. Me interesa cada vez menos eso, me interesa construir un conjunto que dé cuenta de cosas, que hable; si son buenas o malas ¡qué importa!… Pero que dé cuenta de lo huichol porque es un universo bastante complicado, de muchas capas, muy sofisticado con una tremenda historia.

La exposición de Pablo Ortiz Monasterio se inaugura el 4 de noviembre en Almanaque (Colima 101, Roma Norte).

10 FOTOGRAFÍAS del universo huichol integran la carpeta que produjo la galería y que se pueden ver allí.

Frase

"La secretaría de Cultura que dice que hace un trabajo por los indígenas en realidad le está haciendo el trabajo a la ciudad, a Claudia Sheinbaum”. Pablo Ortiz Monasterio. Fotógrafo.

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