El estudio del maestro Vicente Rojo, “un traje hecho a la medida”

El arquitecto Felipe Leal recuerda los días en que trabajó con el artista para crear un espacio en el que pudiera crear cómodamente en la calle Carranza, en Coyoacán

El estudio del maestro Vicente Rojo, “un traje hecho a la medida”
Todas las mañanas desde hace 25 años (menos los últimos meses que estuvo en Cuernavaca), Vicente Rojo trabajó en el estudio que le diseñó el arquitecto Felipe Leal, con quien buscó las mejores condiciones de espacio y luz. Foto: Cortesía Fernando Cordero.
Cultura 19/03/2021 04:15 Sonia Sierra Actualizada 13:11
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¿Qué es más atractivo en el estudio del artista Vicente Rojo: las idénticas estructuras de múltiples triángulos color café en su alta fachada que mira hacia el parque en la calle Carranza de Coyoacán, la ventana de vidrio del piso al techo que despliega la luz de la mañana, las escaleras para subir a un tapanco y mirar sus obras en las mesas, la ausencia de caballetes, los cuadros de sus series organizados sobre las mesas o el muro, los pinceles, los papeles y recortes, o el caballito de carrusel bajo otras escaleras en el jardín de altos árboles que está tras el cristal?

Hace 25 años el arquitecto Felipe Leal, con la participación del propio artista, diseñó el estudio donde Vicente Rojo creó a lo largo de las mañanas de todos estos años sus obras. Hasta inicios de 2020, Rojo trabajó ahí. La pandemia lo llevó a él y a su esposa, Bárbara Jacobs, a confinarse en Cuernavaca. Hace unos días, todavía le decía a varios amigos que pronto se verían en el estudio. Este miércoles, Vicente Rojo murió a los 89 años.

Felipe Leal recuerda: “Hace como 25 años me propuso hacer su estudio, porque antes él pintaba en la azotea de su casa. Tenía un estudio un poco precario para la calidad de obra que hacía. Había sufrido un infarto y luego de eso se dio la oportunidad de hacerse un estudio; era un hombre muy austero”.

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El arquitecto define este espacio como “un traje a la medida”. El terreno está frente al parque, mira hacia el sur, y si bien esa orientación es buena por la temperatura, no lo es por la luz; el estudio, sobre todo, debía potenciar las condiciones de la luz que el pintor requería.

“El sur es la mejor orientación para habitar, pero la peor para un estudio de pintura, porque en el sur entran todos los rayos solares y le iban a distorsionar los colores y a generar mucho calor. Le propuse hacer una fachada ciega, un lienzo hacia el sur, que se iba a ver desde la plazoleta y que sería una interpretación de una serie de sus pinturas, México bajo la lluvia”.

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Un enorme ventanal separa el área de trabajo del jardín. Foto: Cortesía Felipe Leal.

A Leal le atraía la geometría en la obra de Rojo, y ese rigor geométrico lo llevó a concebir otro tipo de fachada y estudio que diseñó como un cubo. El estudio mide 10x10 metros; el arquitecto le dio altura generosa, le creó un tapanco que al artista le agradó porque le permitía tras diseñar sus trazos, desde arriba, en el tapanco, ver sus pinturas. “Fue un diseño participativo. Yo le sugería y él me comentaba, le dejaba los croquis y él con sus medidas reticulares venía y me hacía observaciones. Era muy obsesivo con la proporción”.

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Era un terreno baldío con muchos árboles; ninguno se tiró. Los dejaron y el ventanal separa el cubo o área de trabajo del jardín. “Este ventanal hacia el norte permitía que entrara la luz muy uniforme y bañara su pintura y que él viera desde dentro ese bosque urbano que tenía”.

Aunque Rojo no comprendió la propuesta de la fachada en un principio, cuando Leal la comenzó a construir y empezó a levantar el muro con los ladrillos en diagonal, comprendió la idea y le agradó mucho: “Dijo: ‘Se ve muy bien, yo tenía mis dudas’. Cuando estaba hasta arriba, estaba fascinado. Durante una época se tomaba fotos frente al muro al que en un inicio vio con cierta reserva. En todo caso, era algo suyo, la hicimos en conjunto”. El cubo contiene un espacio amplio donde él trabajaba y recibía visitas o daba entrevistas.

Leal explica que en la parte trasera hay una escalera larga que Rojo quería; le dijo que quería subir a la azotea porque tenía un recuerdo de su infancia en Barcelona, cuando subía a la azotea de donde vivía.

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“Hazme una escalera para que cuando yo me fatigue de pintar o quiera tener un descanso, pueda subir y tener una vista a distancia, eso me despeja mucho y me recuerda mi infancia”, le dijo el pintor al arquitecto.

“Le hice una escalera digna para que se sintiera dentro de una de tus obras; esa escalera tiene 36 escalones, como en grecas. Entonces él subía, era como un paseo”, relata el arquitecto Felipe Leal y recuerda que el artista dejó el jardín con un ambiente rústico, inerte, “cuando caminabas pisabas las hojas secas, lo que le daba un aire muy bucólico”.

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“El ventanal hacia el norte permitía que entrara la luz muy uniforme y bañara su pintura y que él viera desde dentro el bosque urbano que tenía”, Felipe Leal, arquitecto.


Leal recuerda que para tapar el cuadrado del calentador de gas, en el jardín, Rojo le dijo: “Lo único que te voy a pedir y espero que no te molestes es que tengo un caballito de un carrusel que me gusta mucho —que creo que se lo regaló Manuel Felguérez—. ¿No tienes inconveniente que lo monte sobre ese cuadrado (que tapa el calentador)?” Desde entonces, el caballito está ahí.

En el área de trabajo no hay caballetes; Rojo le explicó que no pintaba a la forma tradicional, sino que lo hacía en serie. Entonces, el arquitecto le hizo sobre el muro soportes para tener varios lienzos recargados. “Había momentos en los que pintaba en el piso, a la Jackson Pollock, y salpicaba. De pronto el piso tomó una textura que le dije que hubiera sido bueno poner un lienzo abajo y luego recogerlo”.

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Era el estudio del artista, pero en algún momento, cuenta Leal, fue un lugar al que invitaba amigos como Tito Monterroso, Carlos Monsiváis, Fernando Benítez… incluso inauguró el estudio y ahí estuvieron José Luis Cuevas, Teodoro González de León, Fernando González Gortázar, Jorge Yázpik, y todos los escultores y amigos.

“La última vez que hablé con él —hace poco— me dijo que ya quería que nos viéramos en mi estudio. Ya estaba en Cuernavaca un poco desesperado”.

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