Hay más coincidencias que diferencias en las respuestas de los artistas que participan en la exposición AztLÁn, túnel del tiempo cuando se les pregunta por lo que significa ser chicano en este momento:
“Significa la diáspora mesoamericana, indígena, urbana, mestiza a los lugares urbanos, en mi caso. Ser chicano es luchar por esta población que es usada, ignorada, oprimida, instrumentalizada por poderes dominantes y que experimenta mucha violencia. Es no estar aquí ni allá, no ser totalmente mexicana ni totalmente americana, sino ser de los dos”, dice Sandra de la Loza, activista y educadora.

“Es una decisión personal y una decisión política. O a veces no es una decisión, sino una identidad que se proyecta; la primera vez que aprendí de la chicanidad fue en el colegio y fue una identidad muy política para mí”, responde el artista escénico y multidisciplinario rafa esparza (Rafael Esparza).
“Ser una artista chicana en los Estados Unidos ha cambiado a lo largo de décadas. Mi carrera abarca unos 30 años, así que he pasado de emerger a establecerme, y de la invisibilidad a cierta visibilidad. Siempre ha sido un desafío, especialmente en la fotografía, que todavía está dominada por los hombres. Soy producto de una familia política, pero también estoy influenciada por la historia fotográfica, el documental y el arte conceptual”, expresa la fotógrafa Christina Fernández.
Para Alfredo Díaz, integrante del Colectivo 3B, “una cosa que se tiene que entender del chicano es que uno cuando nace no sabe que es chicano. El chicano tiene que decir: ‘Yo soy chicano’. 3B Collective ha dicho eso, eso somos”.
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Las respuestas confluyen en que hay una lucha en el ser artista chicano, o una resistencia, en palabras del artista Rubén Ortiz Torres, quien con Jesse Lerner es el curador de la exposición AztLÁn, túnel del tiempo, en el Museo del Palacio de Bellas Artes (MPBA) hasta el 23 de agosto.
“A mí, el término me parece interesante porque implica una posición de resistencia. Tú no escoges ser mexicano o americano, tú naces; aquí implica una posición política de resistencia”, dice Rubén Ortiz.
AztLÁn, túnel del tiempo consiguió superar la noción de ser una exposición histórica y, más bien, derivó en una muestra contemporánea, donde figuran obras que en su mayoría son políticas, aunque en un sentido más amplio de la palabra: desde la ecología, la ciudad, el cuerpo y la memoria.
La exhibición sugiere diálogos con obras tempranas del movimiento de arte chicano, y diálogos entre las piezas contemporáneas. Se advierte un sentido de comunidad en torno a ser chicano, que se fortalece al estar juntos en el Museo del Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México de donde migraron los padres y abuelos de varios, o donde nacieron algunos.
La exposición habla de influencias que no se reducen a la herencia del muralismo mexicano entre los chicanos; hay aquí influencias de la historia del arte conceptual, la cultura queer, el cine, el cómic, la fotografía, el grafiti y las músicas y literatura urbanas. Rubén Ortiz señala una paradoja: “Aunque se crea que el muralismo chicano viene del mexicano, hoy más bien el arte callejero mexicano viene del arte chicano. Actualmente las cosas están más bien al revés porque es en México donde se están viendo este tipo de caligrafías y de subcultura”.
Esta generación de artistas chicanos, formados en grandes escuelas de arte de EU, como las de UCLA y CalArts, se reconoce en diversas identidades: queer, activistas, artistas urbanos, feministas y educadores, y siguen creyendo en trabajos con comunidades, así como con colegas o talleres de artesanos del otro lado de la frontera.
Arte chicano desde una ciudad
La curaduría de Rubén Ortiz y Jesse Lerner —con la asesoría de Rita González, curadora y jefa del departamento de Arte Contemporáneo de Los Angeles County Museum of Art (LACMA), y el acompañamiento de Joshua Sánchez, curador en jefe del MPBA— no buscó responder por lo que fue o es todo el arte chicano, sino que eligió presentar las obras de varios artistas vivos que hoy trabajan en Los Ángeles, de diversas generaciones, y que invitan a leer continuidades y quiebres en el pensarse como artista chicano. Esa ciudad, no hay que olvidarlo, es el centro urbano que concentra la mayor diáspora mexicana y latinoamericana.
Las obras proponen conversaciones en torno a cuatro temas: East Side Stories, Varrio, Desmuralismos y Transtemporalidades. Lowriding con los dioses. En Desmuralismos, junto a la obra de 1969 “Señor Suerte”, de Chaz Bojorquez —quien con Marcel Duchamp aprendió que para hacer arte no tenía que pedirle permiso a nadie, que hizo grafiti y la primera exposición de esa expresión plástica en los años 60—, se muestran trabajos de Sandra de la Loza, que confronta la historia del muralismo chicano y crea otras formas intervención pública.
Hija de padres pachucos y hermana del muralista Ernesto de la Loza, Sandra exhibe “Action Portraits: Mural Remix (Retratos en acción: mural remezclado)”: “Encontré un archivo con cientos de transparencias de color de murales de los años 70 y me di cuenta de que desafía la historia oficial del muralismo chicano, según la cual era un movimiento político; 80% de las imágenes no eran sobre política e identidad, hubo otros temas, o diría que otras políticas, como la iconografía psicodélica o lo ambiental”. Su obra advierte de la pérdida de esta historia: “La ciudad de Los Ángeles, peleando con los artistas del grafiti, está borrando los murales. Es un arte no preservado, no se enseña en las escuelas de arte y es muy marginalizado, pero persiste”.
A la pregunta, ¿cómo preservar memorias cuando hay una fuerza económica que está siempre transformando la ciudad, derribando y que no conserva?, Rafael Esparza responde: “Creo que toda la exposición es una muestra de cómo cada artista está procesando esa misma cuestión; el arte visual es un modo, pero también la música, la escritura, la literatura. Algo que tenemos en común los que estamos en esta expo y que nos importa mucho, es el cuidado de nuestras comunidades, respaldarnos, asegurar que lleguemos a vivir otro día y ayudarnos a vivir una vida digna”.
Rafa Esparza, que participa este 2026 en otras exposiciones en la Ciudad de México —en LagoAlgo y en el Museo Anahuacalli—, presenta en Bellas Artes tres obras: “Mexica Falcon after Dewey Tafoya (Halcón milenario mexica en homenaje a Dewey Tafoya)”, el video de “CorpoRanfLA: Terra Cruiser”, y el traje de papel usado en el performance “Act Normal”, creado para dialogar con “Veteranas y Rucas”, de Guadalupe Rosales. Esta última pieza la vemos en la exposición, al igual “Instant Mural” (Mural instantáneo) de 1974, del grupo Asco. Se trata de un grupo de obra que cuestiona los prejuicios sobre los chicanos y los latinos.
El performance y el arte escénico son parte de las intervenciones que hace Rafael Esparza en espacios públicos y no convencionales; coexisten con un arte conceptual donde figuran referencias futuristas y ancestrales, donde utiliza el adobe, oficio que aprendió de su padre y que se convirtió en un puente de reconciliación entre ellos después del distanciamiento que se produjo cuando el artista asumió su identidad queer.
“Desde el performance pienso en los conflictos de enseñar nuestras obras en espacios formales y tradicionales, como este Museo de Bellas Artes, y no solamente enseño obra en esos espacios, sino afuera de museos y galerías, donde están personas que son de nuestras comunidades”, describe Rafael Esparza.
Creada en 2015, “Veteranas y rucas”, de Guadalupe Rosales, se basa en un archivo comunitario y, como otras de sus obras en la exposición, quiere visibilizar a las comunidades latinas que han sido subrepresentadas en espacios institucionales. La artista expone además esculturas en las que utiliza espejos y vidrios y explora el lowrider, que nació en los años 40 como una transformación de los autos y pasó a ser una expresión cultural chicana.
“Empecé a enfocarme mucho en preservar archivos, historias y todo eso —comenta Guadalupe Rosales. Me concentré en usar archivos para contar historias, pero también para hablar de cosas que nunca hemos hablado, especialmente de mujeres, como del trauma. Fue cuando nació ‘Veteranas y rucas’; me puse a mirar las historias y documentos de diferente forma y a enseñar a la comunidad que deberían preservar sus álbumes, fotos y cartas. El vidrio y el espejo representan un tránsito, y hacen lo mismo que los archivos: son portales, cargan historia, memoria y energías”.
La migra y la carretera
“Al mirar hacia abajo vio que su media se había rasgado. Hoy la migra había llegado como una tormenta. El extremo de un hilo negro se había enganchado en su talón arrastrándose y serpenteando por la esquina. Se imaginó un carrete vacío y temió que lo notaran y la encontraran”.
Este texto aparece junto a fotografías de fachadas de casas marcadas, que Christina Fernández llamó “Manuela Stitched”: “Decidí centrarme en las fábricas de ropa, que eran abundantes en todo el noreste de Los Ángeles. Me interesé mucho en la mano de obra oculta que revelaba la señalización en los edificios. El texto se deriva de entrevistas que hice con tres mujeres trabajadoras de la confección, y es una historia ficticia que transmite el pánico y el miedo que una de las mujeres que entrevisté experimentó durante una redada de inmigración”.
El 3B Collective, que nació hace 10 años, no solo trajo obras a Bellas Artes como "Neshgj Na Shoglashe CC" —donde colaboró con el Taller Mexicano de Gobelinos, de Guadalajara—, sino que en el primer piso del inmueble creó una obra para sitio específico: “El más allá”, en diálogo con los murales de Bellas Artes.
En “El más allá” y en otras pinturas que están en las salas, como “Highways and Byways”, 3B Collective incorpora alude a la carretera como símbolo de la migración: “Las carreteras conectan pero también separan a las personas, a las comunidades y tienen que ver con la segregación directa del gobierno”, describe una de las artistas del colectivo, Alexa Ramírez.
3B Collective cuestiona el borramiento de memorias murales y se propone llegar con este arte a lugares en los que siempre los han excluido: “Hacemos trabajos que por muchos años eran para otra gente, trabajos con las universidades, con la ciudad, con el condado. Casi nunca vimos a gente de color que los pudiera hacer. Todo lo que hacemos es de colaboración, no solo entre nosotros, sino con las comunidades con que trabajamos. Así se pueden cambiar las cosas poco a poco”, expresa el artista Oscar Magallanes, integrante del colectivo.
La exposición reúne a este colectivo 3B así como al grupo Asco (activo hasta mediados de los años 80), y a alrededor de 30 artistas más, casi todos de familias de origen mexicano, si bien Beatriz Cortés es salvadoreña-americana: “el barrio ya no es un barrio puramente mexicano”, expresa Rubén Ortiz.
El mismo Rubén Ortiz es un artista de los dos lugares: nacido en México, donde desarrolla algunos proyectos, pero con residencia y trabajo en Los Ángeles —es profesor de Artes Visuales en la Universidad de California en San Diego y algunos artistas de la exposición fueron sus alumnos—. Y para él no es fácil determinar quién es o no artista chicano:
“A los gringos les sigue costando trabajo el arte chicano, porque no saben qué hacer con él; no es tan simple como, por decirte algo, con el jazz. Con el arte chicano se hacen bolas ¿es latinoamericano o es gringo? y pues, la verdad, es que es de los dos. Por lo general utilizan el adjetivo de arte internacional para referirse a una especie de abstracción que niega la idea de nación. Ese no es el significado de la palabra internacional: la palabra internacional quiere decir entre varias naciones. Entonces, francamente, el arte chicano es mucho más internacional o es el único que, a lo mejor, es internacional, porque sí hace una referencia a dos naciones”.
AztLÁn, túnel del tiempo se exhibirá en el Museo del Palacio de Bellas Artes (MPBA) hasta el 23 de agosto.