Deslizando —o scrolleando, como se dice popularmente— en redes sociales aparecen imágenes del genocidio en Gaza, bombardeos en Ucrania; a su vez, en la televisión se transmite en vivo sobre el tiroteo más reciente en Estados Unidos y en las páginas de los periódicos se publica sobre narcotráfico, feminicidios y alguna otra protesta que escaló violenta. Como espectadores, ¿cómo consumimos estas imágenes?, ¿es diferente a como se hacía en el pasado?, ¿hoy cómo nos relacionamos y reaccionamos ante las imágenes violentas? Sobre el tema reflexiona Renato González Mello, investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas de la Universidad Nacional Autónoma de México, a propósito de la publicación de su nuevo libro titulado Las imágenes violentas en el México Moderno (IIE, UNAM, 2025).
En el texto, el historiador de arte escribe sobre las imágenes violentas que se generaron durante la Cristiada y la Revolución Mexicana en la prensa, así como de la violencia que fue plasmada en obras de artistas como José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros y Leopoldo Méndez, así como fotos, su contexto, y su relación con teorías de guerra y los discursos políticos: “Las imágenes violentas son en esencia políticas, porque habitan un espacio bastante extraño que sólo tiene una esfera pública”, escribe Mello en el libro. Llama la atención que pese a ser un libro sobre imágenes, hay pocas y no están distribuidas entre las páginas. Esto se debe a que la edición del libro también fue un ejercicio de reflexión para el autor y sus colegas, con quienes surgió el debate que hay detrás de cada imagen violenta: ¿publicar o no publicar?
“Diría que es un tema de libertad de expresión y que es necesario que se conozcan en la medida en que deben provocar un efecto precisamente de concientización, se ponen en el espacio público, precisamente para denunciar la violencia y mitigarla”. Sin embargo, comprende por qué hay detractores de ese argumento, pues también cree que se propicia la continuación de la violencia. “Lo que creo es que, en efecto, hay estrategias, y así lo trato de argumentar, que ven la difusión de imágenes de extrema violencia como herramientas de propaganda de guerra, y que en esa medida este argumento sí debe ser considerado”.
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Ante el dilema, el historiador de arte señala que las imágenes “no son objetos inertes”, pues provocan consecuencias y que el público no debe ser pasivo ante ellas. Ante el rol que tiene el espectador, finalmente el autor y los editores se decidieron por colocar el compendio de las imágenes violentas al final del libro, “de manera que su observación sea optativa, y no obligatoria para la persona que lo lea”, se lee en el libro.
Publicar o no
En Las imágenes violentas en el México Moderno, González Mello explica que la fuerza de las imágenes de guerra se volvieron más potentes, que por eso se extendieron al mundo del arte, principalmente en la pintura mural.
“Curiosamente estas imágenes proliferan quizás un poco más cuando el país está en proceso realmente de pacificación a la mitad del siglo XX que es muy autoritario y muy exitoso”, cuenta el autor. En esa época, había distintas formas de ver estas imágenes: eran una denuncia sobre que la paz no estaba en todo el territorio mexicano, pero también una herramienta del Estado Mexicano, pues promoverlas a través del muralismo daba la impresión de que había un compromiso político y una fortaleza cultural. Otra reacción que provocaba era de rechazo, pues no era bien visto mostrar aspectos negativos del país ante el mundo.
Esta investigación es una que comenzó Renato González Mello por allá de 2005. El origen de este trabajo fue el estudio que realizó sobre la obra de José Clemente Orozco, personaje del que es especialista, y el mundo que lo rodeó. De esta forma el investigador conformó un archivo, el cual exhibió en el Museo Nacional de Arte Moderno bajo el título La arqueología del Régimen. Sin embargo, en esa muestra quedaron fuera todas las imágenes violentas. Otra motivación detrás de la investigación, aunque esté enfocada en el siglo pasado, es la situación actual: “La historia de los cárteles mexicanos de la droga, el secuestro, el tráfico de personas, la extorsión y el robo de combustible no es el tema de este libro; pero sí es su motor”, escribió Mello en la introducción.
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Al preguntar qué diferencias identifica entre cómo el México moderno y el contemporáneo se relaciona con las imágenes violentas, el historiador declara:
“Cuando una persona en 1950 veía una imagen de una batalla de la Revolución, pensaba que eso ya se había acabado, se veía como parte del pasado. Cuando nosotros vemos alguna imagen de una confrontación en México, no lo vemos como el pasado, debemos encararla”.
Discutir parámetros éticos sobre la divulgación de imágenes violentas no vislumbraba en el siglo pasado, a diferencia de como ocurre hoy en día, dice Mello. El experto indica que este tipo de contenido en el arte no hay que manejarlo “embellecido”, cuestionar su jerarquía estética y explicar su contexto con rigor, nunca serparla de su realidad, criterio que considera también es aplicable en el periodismo: “no publiques la foto si no vas a hablar de la imagen; si no vas a analizar la imagen, no la pongas, no la pongas nada más como ilustración”.
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Mello también señala que estos protocolos no deben llevar a la censura, pues este material de cualquier forma encontrará salida en espacios como el Internet y la prensa amarillista, donde su uso sólo será “espectacular”.
“No veo una insensibilidad (ante las imágenes), lo que ha sido difícil es que esta sensibilización derive en un sistema social en el que la violencia tenga límites. Lo que está pasando en México es bastante grave, y omitir la publicación de las fotos no va a ser una solución. Tenemos la obligación de discutir, pero con prudencia”, concluye Mello.

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