El pianista español Martín García García (Gijón, 1996) está por emprender la conquista de China, pero antes decidió regresar a Guadalajara, que recuerda con cariño, al Festival Cultural de Mayo en Jalisco.
“Es curioso el mercado con la música y con la cultura musical en China. China es hoy el país con más estudiantes de piano del mundo de largo, con lo cual es inevitable que se trata de un país con muchísimo talento y con muchísima capacidad para absorber valores musicales que ellos no tienen, los han adoptado, igual que Japón y Corea, desde hace muy poco”, explica en entrevista García García.
El pianista asturiano ofrecerá un recital el jueves 21 de mayo, a las 20:30 horas, en el Teatro Degollado de Guadalajara, con la Grand Sonata opus 37, de Piotr Ilich Tchaikovsky; Valses nobles y sentimentales, de Maurice Ravel, y la Sonata para piano número 3 en Fa menor, de Johannes Brahms.

En junio emprende una gira por Japón y más adelante, en septiembre hará su ansiado debut en China.
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“El gran interés en China, Corea y Japón por la música occidental ha hecho que llegue a valores insospechados. Ahora mismo hay muchísimo más audiencias en China que en cualquier otro lugar del mundo, lo cual es curioso. Si hace 40 o 50 años lo hubiese dicho, pensarían que me estoy inventando lo que estoy diciendo, está loco este chico, pero ahora mismo esa es la situación actual.
“Y salen muchísimos buenos pianistas en China. Hay una buena relación entre China y Estados Unidos. Yo, que estudié en EU, hice muchísimos amigos chinos; hay muchísimos pianistas en universidades de EU, es un porcentaje de más del 50%, lo cual es increíble. Y eso hace que tenga unas ganas inmensas de conocer la cultura musical en China y conocer a esas audiencias”, comenta desde Polonia.
Casi de la edad del Festival Cultural de Mayo (1994), el asturiano vino a México por primera vez en 2023 apenas un par de días, para el concierto en un Teatro Degollado agotado con programa romántico: Sposalizio (de Annés de Pélérinage II, S. 161) y Sonata para piano en Si menor S. 178, de Franz Liszt; y Tres piezas de fantasía opus 111 número 2 y Estudios Sinfónicos opus 13, de Robert Schumann.
Explica que las obras y los compositores en ambos programas están unidos por un mismo interés.
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“Les une las ganas de entender cómo funciona la psique humana, qué razón de ser tenemos todos en la Tierra; es un poco esas ganas de entender, de buscar, lo que hace a todos estos artistas componer tan grandes piezas”, apunta el ganador de la Medalla de Bronce en XVIII Concurso Chopin en Varsovia.
Y abunda sobre el programa en Guadalajara, en el contexto de esta búsqueda artística e intelectual.
“También la pieza de Ravel, pero de otra manera, está conectada a través de lo efímero, de lo banal, a veces. Lo que evocan esos Valses nobles y sentimentales es ensalzar lo banal, lo cual es algo muy curioso, y lo consiguió de forma extremadamente sofisticada Ravel”, sostiene García García.
Vive en Polonia, pero pasa mucho tiempo fuera. Viaja mucho. ¿Cuál es su motivación?
La de cualquier pianista, de cualquier artista: presentar su arte, su dedicación, a la audiencia, como algo invaluable, como algo que no tiene parangón. El arte es de las grandes cosas que tenemos en la humanidad, las de más valor, porque es algo trascendente, que no conecta directamente con la religión o la política, no tiene nada que ver con ellas, y llega a cualquier parte del mundo de manera sencilla.
¿Qué hay con Bach, por ejemplo, y la religión?
Sí, pero su música puede ser cogida sin un contexto religioso, por valores más trascedentes que se pueden abstraer de la música y del contenido religioso, quitarle ese dogma. Yo no quiero quitárselo, pero se puede hacer si hay alguien a quien le incomode. Es algo tan inspirador que le podemos desnudar a la música, quitarle una parte de su significado, y el resto es tan valioso que aún vale.
Sus dos recitales en el Teatro Degollado se cargaron a lo romántico. ¿Cómo es su relación con la música contemporánea, del siglo XXI?
Es bastante curioso porque la música del romanticismo es más contemporánea. La gran música, desde Monteverdi, no tiene tiempo. Quizás lo más temporal o lo más conectado con su tiempo de toda la música sea el lenguaje que utilizan los compositores. Quizás Bach sea un poquito más seco, pero simplemente es descubrir ese lenguaje, hay ideas. Y hay ideas que quizás se merecen la pena redescubrir como ideas modernas y aplicarlas a la música de hoy Siempre digo la frase del gran pianista del jazz y gran band master, Count Basie: Sólo hay dos tipos de música: la buena y la mala.
No me gusta ver la música como contemporánea, barroca o romántica, sino como buena música. Y lo que me gusta es tocar buena música. No hago mucha diferenciación en mis programas; de hecho, intento explorar cuanto más puedo cada tipo de música. Y la gran música requiere una vida entera para empezar a entenderla. Y es increíble lo que lleva y las ideas que contiene son extremadamente contemporáneas, no tienen nada de anacrónico, de antiguo, y son completamente comprensibles.
¿Por qué vive en Polonia, en el contexto actual de Europa?
Son muchas razones. Conocí Polonia por el Concurso Chopin, a raíz de ello pasé mucho tiempo aquí. Y en las giras pasaba el tiempo en Varsovia en lugar de volverme a casa, me quedaba en Polonia hasta el siguiente concierto. Y descubrí un país lleno de sorpresas, tradición, extremadamente moderno. Y a una sociedad con una nacionalidad muy profunda, gente maravillosa. Me sorprendieron todas esas cosas juntas. Y, nada, un par de años más tarde me vine con mi mujer. Polonia es un país de tradición maravillosa. Decidí venir, no tanto por Chopin, que también, sino por mi amor por su gente, por su belleza de nación y del pais, aunque tiene sus trazas todavía soviéticas, pero los polacos están intentando reconstruir un país. Y es un lugar maravilloso ahora mismo para estar en Europa.
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¿Qué da un país a un pianista como usted, que viaja por todo el mundo?
Me enriquece cada país, cada pueblo, cada parte de una ciudad (Tokio, por ejemplo); la manera de expresar mismos valores se enriquece al escucharlos de distintos lenguajes, formas, culturas. Tenemos algo fantástico como humanidad: que todos comprendemos las mismas ideas con lenguajes distintos. Y aunque no comprendamos esos lenguajes, éstos pueden expresar las mismas ideas, aun sin conexión por milenios. Es una idea que como músico me hace enriquecer cualquier idea de expresión musical y afinarla, sofisticarla. Y para ello hay que escuchar a la audiencia cuando ésta a su vez te está escuchando en un concierto. Un pianista puede escuchar a la audiencia cuando te está escuchando.
¿Cómo logra eso?
El pianista puede escuchar cómo respira la audiencia, cómo reacciona a momentos especiales, a mágicos, enormes, muy suaves; en muchas cosas que se puede ver la reacción directa de una audiencia a los mismos impulsos, al mismo momento de la pieza. Esas diferencias hacen realmente a uno pensar exactamente qué es lo hace a cada uno reaccionar de esta manera, investigar, entender un poquito más, enriquecerse y aplicarlo finalmente a la música, que es otro tipo de lenguaje que quiere expresar las mismas ideas que otro lenguaje, sólo que es mucho más abstracto, no tiene palabras, por lo general. Estas ideas enriquecen muchisimo al artista y hacen ver las cosas con perspectiva, coger las cosas desde fuera, hace comprender y aprehender distintas ideas que luego aplicarlas a la música es muy enriquecedor y hacen que la música crezca por sí misma, enriquezca las imágenes, las experiencias.
¿Cómo se relaciona emocionalmente con las piezas de Tchaikovski, Ravel y Brahms que tocará en el Teatro Degollado?
Las sonatas de Tchaikovsy y Brahms son gigantescas, música sinfónica para piano. Explican algo que otra música no explica tan explícitamente: que el piano no es un piano sino un trampantojo; quiere ser la voz humana, hacer metamorfosis en cualquier fuente de sonido que podamos encontrar en el mundo, particularmente la expresión de la voz humana y de cualquier otro instrumento. Y el píano en estas obras eso se extiende hasta la orquesta sinfónica.
Y esa idea del piano como orquesta sinfónica me apasiona desde muy joven; cómo encontrar esos sonidos, esa variedad en un solo piano con 88 teclas -que tampoco tiene muchas, se repiten cada octava, al final no hay tanta variedad en el teclado de un piano-. Son dos de las cumbres más altas del pianismo sinfónico. La sonata de Brahms la conozco desde que soy bastante joven, desde hace 10 u 11 años, ha crecido conmigo, me contecta con mi profesora en Madrid, mi Mentora, Galina Eguiazarova, esa pieza representa su amor por la música, lo representa para mí, es bastante simbólica. Y la pieza de Tchaikovski hace lo mismo pero con lenguaje ruso. Yo estudié con profesores rusos desde pequeño.
¿Y Ravel?
Y los Valses nobles y sentimentales son una carta de amor al sonido en sí, a la idea del sonido. Cuando escuchamos un concierto, a veces nos olvidamos de coger el sonido como un ente en sí mismo, especialmente en el piano. Es un sonido de una cuerda, que crece muy de repente y desaparece; tarda mucho tiempo en sostenerse y caer y desaparecer. Y esa idea de ese sonido es representada de forma muy minimalista, muy sofisticada, es entender al sonido en sí mismo como una fuente de inspiración.
Esta pieza puede ser también simbólicamente una de las más altas expresiones de esta idea, en todo el repertorio. Es una de mis piezas favoritas, por ese minimalismo. Conscientemente, Ravel utiliza menos recursos para expresar más con cada uno de ellos para hacernos pensar o escuchar con más intensidad.
¿Cómo le gustaría que lo recordaran de sus conciertos?
Intento en cada uno de mis conciertos que cada persona que venga salga por la puerta con una sensación de que ha accedido a un momento de trascendencia, de pensar sobre su propia vida, sobre sus problemas o sus cosas muy personales o cosas que ama y que tiene la necesidad de amar todavía más o de esforzarse aún más en realizar su amor, por hacer cositas pequeñas o grandes en la vida. Y espero que alguien que escuche mis conciertos se olvide de mí mismo, no quiero que me recuerden a mí., sino a esos momentos de trascendencia y que se queden con ellos. Si se quedan con mi nombre o con mi cara, que sea un añadido. Pero esto es lo más importante de mis apariciones en el escenario.
Quiero que el piano desaparezca un poco, que se convierta en parte de mi cabeza, no una parte física, sino metafísica. Si el piano fuera una parte de mí, sería seguramente la cabeza, porque no pienso de manera mecánica en el instrumento, que se convierte en una extensión de mí mismo, en las cosas que quiero materializar intelectual, sonora o físicamente; las materializo mentalmente y luego salen a través del piano como si fuera una extensión.
melc