En Elefantes fantasma (Ghost Elephants, EU, 2025), soberano documental del munichense autor total de culto ya ultimo sobreviviente del Nuevo Cine Alemán de los 60s a la vez como realizador-guionista-narrador de 83 años Werner Herzog (Signos de vida 68, Fitzcarraldo 82, Lecciones de oscuridad 92), el propio director inmostrable en físico aunque omnipresente como insaciable observador y conceptuosa voz especulativa se inserta como un miembro más de la expedición que encabeza el quincuagenario biólogo sudafricano Steve Boyes hacia las tierras altas de Angola, en busca de una esquiva manada de elefantes descomunales, quizá sólo mitológicos, acaso semejantes al más grande paquidermo cazado en el mundo, por Joseph Fenykövi en 1966, y bautizado como Henry, cuyo armazón sin osamenta ni cráneo ni colmillos se expone en el museo Smithsonian de Washington DC, una suerte de improbable cacería lindante con el absurdo que involucra al antropólogo ambiental Kerllen Costa y el ecólogo multilingüe Gary Trower experto en cultura San, quien funge como enlace con tres rastreadores bosquimanos namibios san (Xui, Xui David, Kobus) y cazadores luchaze de Kalahari con la venia del rey de la tribu nkangals Regedor Kaketche, que ayudarán a cruzar puentes y ríos cargando motocicletas indispensables para atravesar bosques y landas inexploradas, encontrando huellas ocultas en arbustos y arenas que permiten deducir el tamaño del animalazo superior a los 3 metros, hasta consumar el prodigio de fotografiarlo de manera evanescente en celular y tomar muestras de su ADN, aptas para ser llevadas con especialistas de la Universidad de Stanford y Riverside de California, donde los especialistas ya pueden estudiar los cruces de sus 6 billones de líneas genómicas con las del referencial Henry, en la summa etapa de esa exitosa y en otros sentidos inverosímil si bien vívida cacería espectral.
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La cacería espectral gira fundamentalmente en torno a la personalidad límite del explorador Steve rodeado de criaturas tan extremas como él, puesto en evidencia según el método Herzog que, cual desnudador espiritual, concilia la obsesión irracional con la metafísica racionalista, y que, como si fueran células idénticas generadas por mitosis, equipara a ese santo varón con los aldeanos bajo hipnosis de Corazón de cristal (76), el autista alucinado Bruno S de Stroszek (78), el contemporizador ursino vuelto El hombre oso (06), los estacionados antárticos de Encuentros en el fin del mundo (07), los espeleólogos en 3D de La cueva de los sueños olvidados (11) o los vulcanólogos suicidas de Fuego interior(23), en una identificación con seres anómalos y excéntricos anterior a la forzada cultura de la empatía, ahora ante ese científico Steve en éxtasis admirativo bajo la efigie museística del mamífero más grande que pisaba la Tierra y ha perseguido por más de una década, aceptando que se trata de su ballena blanca Moby Dick, acaso inexistente y ansiando que lo sea, para poder seguir buscándole por el resto de sus días.

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La cacería espectral arranca con el magnetizante ritual mimicornitológico desatado de los miembros en fila de una tribu africana que emiten graznidos e imitan andares de aves, pero de pronto la imagen se congela en el desfiguro más frenético, cual si anunciara y franquease el paso a cierta condición multidimensional y plurigenérica de la cinta, dueña a la vez de una dimensión exotista al viejo estilo supertravelogue de Continente perdido (Bonzi-Craveri-Gras-Lavagnino-Moser 55), una dimensión aventurera infantil en recuerdo de falsas inocentadas en el fondo ferozmente colonialistas tipo Tarzán y la fuente mágica (Sholen 49), una dimensión de película de exploradores célebres tipo Cien días de safari (Giaccardi 48 con el cazador mexicano Julio Estrada) o sus versiones paródicas como África ruge (Barton 49 con los cómicos sucedáneos Abbott y Costello), una dimensión de alevoso sensacionalismo perromundista que de pronto el propio filme vacuna al insertar la secuencia shocking de una devastación animal tomada de Africa addio (Jaccopetti-Prosperi 66 en su momento prohibida en México), al servicio de una rigurosa dimensión trivialmente atractiva y lúdicamente digestiva internacional a lo National Geographic (que produjo la cinta), pero también, una insólita dimensión remontadora viajera hacia los portentosamente conservados orígenes (en los bosquimanos) de la civilización e incluso de la especie humana antes expandirse hacia todas latitudes, una dimensión etnográfica reivindicadora a un tiempo de las costumbres en los tristes trópicos y del pensamiento salvaje (a lo Levi-Strauss revisado por el fundador del cine directo Rouch), una innegable dimensión ensayística a viajera esencial al modo del paradigmático Sin sol (Marker 83), y una dignísima y absorbente dimensión cósmica con amarillentos paisajes neblinosos de acantilados inéditos sin recurrir a los grandilocuentes celestiales de la tribunicia infladísima Nuestra tierra (Martel 25), formando en su conjunto una relectura de espacios dimensionales y subgéneros enhiestos.
La cacería espectral se mueve con asombrosa lucidez entre la alta tecnología y una mística acendrada que extrae consecuencias y conjeturas asombrosas de mínimos detalles que de otra manera pasarían inadvertidos, como los custodiadísimos colmillos cargados en hombros por varios empleados, las frutillas enterradas que contienen el veneno letal más veloz imaginable, la orgullosa cicatriz de una salvadora tajada en un antebrazo, el cementerio de antílopes, la araña parasitada por otras igual ponzoñosas, las huellas prácticamente invisibles en troncos y matorrales, la parsimonia del adornado Rey sabio, y esos bancos de arena que se elevan en los emplazamientos de los ríos dadores de vida eterna.
Y la cacería espectral celebra finalmente la existencia del elefante gigantesco que asegura la sobrevivencia misma del planeta, a la vez simbólica, mitológica, feraz y onírica deseante.