En el prólogo a Retrato de una dama (1881), Henry James expone un concepto que llama la casa de la ficción. Para el novelista, una primera etapa en el proceso creativo consistía en visualizar a los personajes por separado para después descubrir y profundizar en las relaciones entre ellos. Así, James compara la literatura con una casa de enorme fachada en la que un número ilimitado de ventanas permite asomarse a igual cantidad de autores: no importa cuántos atisben una situación, jamás habrá dos escritores que tengan la misma perspectiva. Por otra parte, Roberto González Echevarría ha señalado que, de Los pasos perdidos a Cien años de soledad, la presencia de manuscritos en las novelas responde a lo que él llama "ficciones de archivo", es decir, novelas que echan mano del lenguaje y de las formas de ciertos documentos para narrar dinámicas coloniales marcadas por la tensión entre centro y periferia.
He pensado mucho en ambos conceptos mientras leía Qué fue de los Lighthouse (Destino, 2025), la más reciente novela de Berna González Harbour. Publicada en junio de 2025, ha agotado cuatro ediciones que suman más de 10,000 ejemplares. Antes de abordarla conviene recordar que su autora es reconocida por la saga de novelas protagonizadas por la comisaria María Ruiz, serie que comenzó en 2012 con Verano en rojo, vertiginoso thriller que también lleva múltiples reediciones. Y que con El sueño de la razón (Destino, 2019) González Harbour obtuvo el prestigioso Premio Dashiell Hammett. Y que es además una destacada periodista literaria y una columnista certera.
A partir de las anécdotas de una familia inglesa, la autora construye en Qué fue de los Lighthouse una contundente alegoría sobre el colonialismo y los encarnizados debates que le rodean. La historia comienza con la muerte de Everett Lighthouse, quien durante décadas se desempeñó como oficial del servicio colonial. Un científico que fue enviado a Tanganica, hoy Tanzania, con la misión de impulsar vacunas para el ganado así como la preparación de terrenos para el cultivo. Corría aquella época en que a los emisarios del progreso no se les permitía dudar de su papel: se movían con la certeza de que, tras su irrupción, los territorios africanos vivirían mejor que como los habían encontrado. Su pareja, Marjory, es una maestra que le acompaña hasta la colonia, y es allá donde arrancan la construcción de su familia. No obstante, bajo la excusa de "civilizar territorios y cristianizar paganos, alfabetizarlos y mejorar sus vidas" suele agazaparse una intención más mundana: apropiarse de riquezas, esclavos, recursos naturales y objetos de arte.

Una vez más: el problema con los archivos es que pueden ser evidencia del despojo. En el pórtico del libro, una advertencia de no-ficción nos recibe: en mayo de 1961, el ministro británico para las Colonias, Iain Macleod, envió una orden a todas las gobernaciones del Imperio: destruir los documentos que pudieran avergonzar al gobierno de su majestad. Se le conoció como Operación Legado, y su propósito era claro: eliminar cualquier documento que pudiera ser usado en contra de la corona porque registraba acciones ilegales. Y sin embargo, siempre quedan evidencias: no bien comenzada la novela nos enteramos de que, a lo largo de los años, Everett Lighthouse ha llenado decenas de libretas con notas. Aunque nadie sabe qué contienen, es de esperarse que incluyan testimonios de sus actividades en el extranjero.
Cuatro hijos le sobreviven a Lighthouse: el mayor, Arthur, es un sesentón que ha heredado la inclinación científica de su padre, pero que comprende que no todas las decisiones del poder son pensadas en beneficio de las mayorías. Le siguen las gemelas Joyce y Jane, quienes han migrado a Francia y a España, y que en cada visita a Inglaterra se sienten más distanciadas de sus orígenes. El hijo más pequeño es Benjamin, actor daltónico propenso a las aventuras extramaritales, lo que le mantiene en el ojo de las revistas de espectáculos.
En esta nómina de personajes no puede faltar Ann Elizabeth King, activista que ha abrazado la causa anticolonial, vinculada a los Lighthouse por su amistad con Caroline, hija de Arthur, pero también porque ha sostenido un romance clandestino con Benjamin. Ann ha publicado un libro sobre la revisión de la era colonial, recurso que permite introducir de manera natural debates y reflexiones en torno a lo que Benjamin enuncia como “ese discursito que hablaba de revisitar la historia, saber lo que hicimos, pedir perdón, asumir la responsabilidad, lograr un relato común y toda esa cháchara barata”. Una vez más, la importancia del archivo.
El retrato familiar estaría incompleto sin Asha, nativa que se hizo cargo de cuidar a Arthur desde la época de Tanganica, y que a los diecisiete años migró con la familia a Londres. Le acompañan su hija Amina, quien creció en estrecha convivencia con los Lighthouse… y también Adela, nieta de Asha e hija de Amina, jovencita que mira a los patrones con perspectiva crítica. En esta línea del libro resulta especialmente interesante la dinámica del carteo entre Amina y su familia en Tanzania: no todo se puede decir, y la información fluye enrarecida porque la familia en África contrata escribanos para redactar las misivas. De este modo, nos damos cuenta de que la pobreza comienza por las limitaciones en la creación de archivos y, por tanto, de memoria e identidad.
El conflicto crece cuando los hijos de Everett encuentran su última voluntad garabateada en una libreta: el patriarca Lighthouse ha dispuesto que sus diarios —ese gran archivo extraoficial— sean entregados a Asha. ¿Por qué heredar las libretas a una mujer para quien leer y escribir representa un desafío? ¿Por qué destina a Benjamin la colección de máscaras africanas, si el hijo más pequeño detesta esas piezas? ¿Por qué Arthur, ateo, recibe una escultura de la virgen? ¿Por qué Everett no le hereda nada a Jane, e incluso la llama con otro nombre? Conforme avanzan las páginas, los Lighthouse descubrirán que, tras las versiones oficiales de la historia, se ocultan pasajes cada vez más inquietantes.
Qué fue de los Lighthouse es una novela escrita con maestría, que confirma a su autora como una de las escritoras más destacadas en nuestra lengua.