Le prometí que vendría a verla a Nueva York. Se lo dije esa frenética mañana mientras nadábamos en el mar turquesa de Playa del Carmen, donde nos conocimos. Hacía calor, el océano estaba en calma, la playa vacía y libre de turistas. Solo unos cuantos trasnochados se animaron a terminar la gran fiesta de fin de siglo dándose un chapuzón. Jennifer y yo nos contamos entre ellos.
Busco la hora en mi reloj. Aún faltan cuarenta minutos para que Jennifer aparezca en la terraza de esta taberna, ubicada en el corazón de Central Park, que eligió para nuestro encuentro según su correo electrónico. Doy un trago a mi cerveza y evoco que hace unos momentos, mientras caminaba hacia aquí, descubrí, camuflado entre el verdor de los árboles, al Cristóbal Colón de bronce que mira al cielo con las manos extendidas, como agradecido de haber llegado a América. Me detuve un momento a admirarlo y pensé que, si hace quinientos nueve años el codicioso genovés no se hubiera empeñado en realizar su viaje, en este continente seguiríamos con taparrabos, sin habernos integrado a la civilización.
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He visitado Nueva York varias veces en verano. Siempre me parece la primera, todo el tiempo hay algo nuevo. Hace un par de años vine aquí con mi exesposa. Entonces nos llevábamos muy bien. Éramos cómplices. Nos gustaba visitar museos y galerías por las mañanas. En el elevador del Guggenheim, cómo olvidarlo, mientras subíamos me tanteó con poco disimulo por encima de la bragueta y yo le correspondí besándole el escote. Al atardecer vagábamos por Central Park hasta que entraba la noche y nos íbamos a los rooftop bars de Manhattan a beber martinis de sabores. Faltaban todavía algunos meses para que el matrimonio comenzara a resquebrajarse con sus constantes reclamos por “descuidarla” y oponerme a una temprana paternidad. Ella era hermosa, muy buena en la cama, pero demasiado sentimental y moralina como para mantener una doble vida. Todavía recuerdo cuando le dije que la habían visto con otro en un restaurante en una actitud comprometedora. Se echó a llorar y confesó todo. No me dejó otra salida. Tuve que presionarla para que se fuera de la casa y firmara el divorcio. No me di cuenta de que al despedirla dejaba ir un bello trofeo y perdía también comodidad.
—Are you ready to order?
El mesero, un asiático de rasgos occidentalizados por el bisturí, me pregunta en su inglés precario qué deseo tomar. Espero a alguien, le digo. Se retira haciendo un mohín de disgusto. Es Thanks-God-is-Friday. Turistas y neoyorquinos comienzan a abarrotar este sitio que ha servido de locación para muchas películas, entre ellas Wall Street, de Oliver Stone. El camarero debe tener instrucciones de presionar a los comensales solos. No ha de gustarle mucho que un mexicano se la pase en una mesa haciendo tiempo con una sola cerveza, aunque ésta cueste casi doce dólares.
Qué me importa lo que piense este amarillo. Disfruto la frialdad y el sabor amargoso de mi Heineken mientras tomo conciencia de que los precios de este lugar no difieren mucho de los que me impusieron ese fin de año en el Capitán Turix, aquel bar de Playa del Carmen donde recalé luego del Blue Parrot, cerca de las diez de la noche, decidido a ligarme a una extranjera para recibir el año 2000. Supersticiosamente tenía la idea de que, si esa madrugada no me llevaba a alguien a la cama, me esperaría un pésimo siglo XXI. Así que, después de abrirme paso entre los sudores de la gente, logré hacerme de una diminuta mesa de pista. Lo primero que hice fue ordenar una botella de tequila. Avanzada la fiesta, lo sabía, pocas turistas podrían resistirse al dulce llamado de don José Cuervo. Para ambientarme bebí un largo trago. A mi alrededor un grupo de sabrosas gringas, siguiendo las indicaciones que les daba un tipo musculoso trepado encima de la barra, se meneaba al ritmo de “Follow the leader”, tan de moda entonces. Follow the leader, leader, leader, follow the leader. Follow the leader, leader, leader, follow the leader. Había una pelirroja con un trasero exquisito y unos diminutos shorts de mezclilla que se lo remarcaban. Move it to the left, move it to the right. Move it to the right, move it to the right. No podía dejar de verla. El ritmo de mis palpitaciones crecía con el movimiento de sus caderas. Cuando terminó la melodía fue a sentarse con sus amigas a una mesa no distante de la mía. Llamé al mesero y le pedí que le enviara un trago en mi nombre. En cuanto la vi recibir la copa y hablar con el camarero, levanté mi caballito de tequila para brindar con ella. Sonrió, franca. Dejé pasar unos minutos antes de ponerme de pie y dirigirme hacia su mesa esquivando cuerpos. Iba a ser ya medianoche, la gente bailaba y bebía eufórica, sumándose, a través de una pantalla colgante, a la algarabía de esos dos millones de estadounidenses que, sin importarles las bajas temperaturas, daban la bienvenida al 2000 en Times Square, la emblemática esquina de Manhattan a la que, casualmente, puedo llegar desde este lugar en menos de diez minutos en metro.
Cuando comenzamos a bailar había demasiado ruido, pero pude entender que se llamaba Sophie; abogada, vivía en Lafayette, una pequeña ciudad del estado de Louisiana, y era su primera vez en México. Había venido con varios amigos a celebrar el nuevo milenio y planeaba quedarse una semana más en este wonderful paradise, dijo, mientras intentaba encontrar el ritmo al “Mambo number five”, original de Pérez Prado que, por esas fechas, un negro alemán había remasterizado y vuelto a poner de moda. A las doce en punto brindamos con todo el mundo y bebimos a pico de botella otra buena cantidad de tequila. En medio de la algarabía abracé a Sophie y le di un beso francés. Por su reacción creí que llevármela era pan comido.
— Sir, do you want another beer?
La insistencia del chino me regresa al presente. Asiento con la cabeza y lo veo marcharse, ágil, hacia el interior del negocio en busca de mi tercera cerveza. Poco a poco las mesas de la terraza del Tavern on the Green se han poblado, el bullicio de viernes se acrecienta. Un olor inconfundible de carne y verduras a la parrilla impregna el ambiente. En la mesa de al lado hay una pareja interracial, gay. Uno, alto, macizo, el cráneo completamente afeitado, la piel casi azulosa de negra; el otro, delgado, pequeño, blanco como la leche, ¿alemán?; comen champiñones salteados y beben margaritas en unas altas copas de vidrio soplado mientras se hacen arrumacos. Sus muestras de cariño me chocan. Duele aceptarlo, pero siempre es más cómodo tener el sexo seguro cuando uno viaja. Quisiera haber vuelto a esta ciudad acompañado por mi ex, a quien echo de menos en situaciones como ésta. Busco con la mirada a Jennifer entre un grupo de jóvenes que acaba de llegar y creo descubrirla. Exultante, me levanto para saludarla, pero a medio camino noto que me he equivocado. Regreso a mi asiento, contrariado. Bebo para calmar mi ansiedad.
¿Y si anduvo por aquí y no me percaté? ¿La reconoceré?
No estuvimos juntos mucho tiempo esa mañana en el mar; desafortunadamente su avión salía el mismo día. Tenía los ojos azules y el pelo castaño. Su breve traje de baño dejaba ver unos pechos adorables, salpicados de pecas. Tanto me atrajo que la invité a que continuáramos conociéndonos a través del chat. Fue así como iniciamos una cyber relationship que me empeñé en prolongar y me incitó a hacer este viaje.
¿Cómo lucirá ahora? ¿Y si se pintó el pelo o cambió su peinado?
Intercambiamos fotografías, bien, pero de eso hacía casi un año. Además, las mujeres siempre mandan imágenes que les favorecen. Jennifer, que se me antojó una aparición deslumbrante en las aguas caribeñas, bien podría ser cualquiera de las jóvenes que me rodean. Era menos memorable que Sophie, la pelirroja con quien estuve bailando hasta el amanecer, sin llegar a nada porque el tequila se le subió y vomitó en plena pista. La noche de celebración, pensé, iba a terminar en fiasco. Tuvieron que llevársela sus amigos, casi a rastras, porque no podía mantenerse en pie. La vi alejarse como zombi por la Quinta Avenida de Playa del Carmen, la calle peatonal que replica el nombre de la célebre arteria de esta urbe donde me encuentro.
Paseo de nuevo la mirada por las mesas de la terraza, buscándola, sin éxito. La esperanza de volver a verla comienza a desvanecerse. Necesito ir al hotel o a un cibercafé a revisar mi correo.
¿Por qué carajos no pagué la cuota para usar mi celular en el extranjero?
Doy otro trago a mi cerveza y regreso al momento en que decidí comprar una segunda botella de tequila, salir del antro y caminar hasta la orilla de la playa para tumbarme en la arena y esperar la salida del primer sol del siglo XXI bebiendo, a solas, frente al mar. Había tomado la mitad cuando un muchacho extranjero se acercó hasta mí y me pidió que lo invitara. Delgado, el cabello le caía lacio sobre la frente, con pinta de Leonardo DiCaprio —o así es como recuerdo haberlo percibido en la semioscuridad. Le pasé a don José Cuervo y bebió con avidez. Se sentó en la arena junto a mí. Su proximidad me incomodó: demasiado sudor y mariguana. No era la clase de compañía con la que hubiera imaginado recibir el cambio de siglo, pero después de compartir el resto del tequila y fumar un carrujo que él traía, ya no me cayó tan mal. Nos echamos boca arriba en la arena. Sobre nosotros, la bóveda del cielo donde comenzaban a insinuarse algunos tonos rojizos. La humedad anunciaba el amanecer. Comencé a platicarle mi vida. Era una época en la que estaba tan urgido de ser escuchado que, apenas bebía de más, narraba a cualquiera mi biografía, casi desde el nacimiento hasta el divorcio, incluyendo una versión editada de la burda manera en que me había convertido en cornudo. De esa época recuerdo especialmente a un compañero ocasional de viaje durante un largo vuelo a Buenos Aires que me pagué en primera clase. Al pobre no le quedó otro remedio que seguirme en la borrachera y aguantar con estoicismo mi historia. Esa madrugada en Playa del Carmen, perdido, frustrado, necesitaba que alguien, sin importar su condición, me hiciera sentir importante, necesitado. Quizás por eso no me alarmé cuando DiCaprio giró sobre su costado y alargó inesperadamente su mano derecha hasta mi bragueta. Todo comenzó a dar vueltas a mi alrededor. Me abandoné de espaldas sobre la arena. Sin decir nada, con la respiración agitada, DiCaprio desabrochó mi cinturón con torpeza, pero sin hallar oposición de mi parte. Cuando su mano cálida entró en contacto con mi piel, tuve una erección. Cerré los ojos y lo dejé hacer sin imaginar que horas más tarde, en esa misma playa donde recibiría por primera vez tanto placer de la boca de un hombre, iba a conocer a la neoyorquina a la que se supone debo encontrar en este lugar y que, al parecer, me ha plantado.
Ahora soy yo quien llama al oriental. Pido otra Heineken. Él me hace señas de que está enterado. Hay demasiada gente y no se da abasto. Ya me la enviará. Todos desean ser atendidos. Por lo visto dejó de ser relevante que solo acumule tres cervezas en mi cuenta. “Music” de Madonna resuena en el lugar. La calma que se respiraba ha desaparecido por completo. El bullicio de las conversaciones va ganando terreno. Es verano, pronto tendré treinta años y estoy de vacaciones en Manhattan, disfrutando una cerveza fría en un sitio célebre en pleno corazón de Central Park. ¿No debería sentir felicidad o, por lo menos, satisfacción? Jennifer lleva más de una hora y media de retraso. La hija de puta no vendrá. Pero no dejaré que la rabia me cierre la garganta y me impida gozar del momento. Las risas procedentes de mis vecinos de mesa me exasperan. Se ha unido a ellos un joven de ojos verdosos, piel ligeramente oscura y dientes blanqueados artificialmente —¿dominicano, cubano, puertorriqueño?— que bebe Corona con pequeñas rodajas de limón en el interior de la botella, habla espanglish y se carcajea sin inhibiciones. Me trago el enojo y, parafraseando a Rulfo, reconstruyo mi realidad en segundos: vine a Nueva York porque me dijeron que aquí me encontraría con una mujer llamada Jennifer, con quien cogería. Me lo dijo ella misma en el mar y yo le prometí que vendría a verla en cuanto pudiera, pues ella estaba por irse y yo en plan de prometerlo todo. Coño. Por lo menos no he perdido el sentido del humor. Llega mi quinta cerveza. Le doy las gracias al mesero. Ni siquiera saco cuentas, ¿no dicen que para eso se hizo el dinero? El aire que sopla de cuando en cuando ha comenzado a sentirse frío. En breve, la temperatura bajará y la gente iniciará el éxodo para ir en busca de mejores prados. Falta muy poco para que sea medianoche y hay más peces en el mar. Si mañana cuando amanezca y me encuentre con la cabeza despejada busco a la gringa en el chat o por teléfono, seguro me dirá que tuvo un imprevisto, un compromiso de última hora que le impidió llegar a la cita. Que chingue a su madre.
La verdad no esperaba demasiado de este encuentro, no podía hacerlo, el viaje lo concebí sabiendo que existían grandes probabilidades de fracaso. Descruzo las piernas, me llevo otra vez la botella a los labios y hundo la mirada en el vacío. El lugar vibra con descargas de risas. La mayoría parece estar pasando un viernes espléndido. Imagino que muchos saldrán de aquí achispados, eufóricos por los efectos del alcohol, las manos entrelazadas, rozándose hombros y piernas como por casualidad, sin importarles otra cosa que amar y saberse amados. ¿Cómo no sentir en este momento la añoranza de un pubis, de un cuerpo, de una mirada prometedora, de una novedosa caricia? ¿Debo conformarme con la frustración? No fue hace tanto que estuve en esta ciudad con mi ex. Hubo una cena, en un restaurante ubicado justo debajo del puente de Brooklyn. El taxista nos dejó cerca media hora antes. Habíamos reservado una mesa, pero no sabíamos bien como llegar. Solo caminen en dirección al norte, dijo. Estuvimos recorriendo los alrededores. A punto de darnos por vencidos, providencialmente, encontramos el Celestine, con sus luces tenues y grandes ventanales desde donde se tenía una panorámica pocamadre del East River. “Blue in green”, con el piano de Bill Evans y la nostálgica trompeta de Miles Davis, nos recibió. Imposible olvidar la textura tierna y el exótico sabor del lomo de atún a las brasas sazonado con alepo y menta que pedimos. No estoy muy seguro de lo que, ya montados en la segunda botella de Château Simone Blanc —cuyo delicado olor a flores silvestres aún me persigue—, hablamos a la hora de los postres —halva de pistache y mango, pastel de almendras con crema fría de vainilla—, pero creo que era algo del nombre que pondríamos al hijo que planeábamos tener. Me pregunto si mantiene la idea de llamarle Marcelo a su primogénito.
Mis vecinos de mesa, indudablemente, están resueltos a pasarla bien. Han cambiado sus sofisticadas margaritas escarchadas por shots de tequila. Sigo su ejemplo y pido al mesero que me sustituya la siguiente Heineken por un caballito de Herradura Reposado. Mientras espero me doy cuenta de que el latino me observa de soslayo. La luz de la lámpara cercana a su mesa le ilumina la cara. Sus rasgos son armoniosos, los ojos extraordinariamente verdioscuros. Cruzamos miradas. En seguida sus amigos se percatan y ríen estruendosamente. Pinches putos. Incómodo, finjo que no me he dado cuenta de nada. Jugueteo con la servilleta. ¿Habrían estado hablando de mí? Estos invertidos…, con razón los discriminan. El estómago se me revuelve. Tengo ganas de ponerme de pie y escupirlos, golpearlos. Casi puedo entender a quienes matan a los de su condición por puro gusto. Entonces llega el mesero con mi tequila. Saboreo por anticipado. Me tranquilizo. No vale la pena hacerse mala sangre por su estupidez. Además, reflexiono, este destilado tiene el poder de reconciliar a cualquiera con el mundo.
Para mi sorpresa el chino deja en mi mesa dos caballitos de tequila que acompaña con un plato pequeño con sal gruesa y gajos de limón. Pienso en la cuenta y lo miro con extrañeza.
—There must be a mistake. I only ask for one —digo.
El tipo se me queda viendo. Sus ojos rasgados parecen abrirse más de lo normal cuando en su mal inglés, que complementa con señas, apunta con la mano al caribeño de la mesa vecina. Levanto la vista. Nuevamente cruzamos miradas. Sonríe. Sus blanquísimos dientes hacen resaltar su juventud. Sonrío a mi vez y entiendo, por esta sensación que tensa mis músculos, que en contadas ocasiones es válido posar el pie dos veces en la misma tierra.