Las preguntas circulan como ciertos ruidos en la noche que siempre regresan. No hacen escándalo, pero tampoco te dejan dormir, como el sonido de mamá cantando aquella tarde.

Vuelven las interrogantes: ¿cómo se ha modificado la vida cotidiana? ¿Qué miedos se disiparon y cuáles se quedaron para vivir con nosotros? Cuando el nombre de Donald Trump ocupa titulares y conversaciones, recordándonos que para millones de personas el tiempo no se mide en años ni en administraciones, sino en espantos.

Para intentar responderlas, quise ir más allá de mi propia experiencia y escuchar a otros que, como yo, seguimos aquí.

En Estados Unidos, sí, pero más específicamente en el Midwest. Y aún más: en Indiana, uno de los estados más conservadores del país. Al preguntar, todos dijeron ni pío.

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Se baja la mirada, se va al trabajo y a los lugares esenciales cuando no queda de otra. El silencio se vuelve una forma de autocuidado. En Indiana, el silencio es bilingüe.

Algunos llegaron con protección temporal, el tan mencionado Estatus de Protección Temporal, que les permitía trabajar con su nombre real, el que aparece en el acta de nacimiento y en los recuerdos de la infancia, y que les permitía pertenecer legalmente a esa entidad en el país.

Muchos manejan un nombre legal, uno laboral y otro familiar.

No se publica ni se comparte ni uno.

El miedo se siente como durante la pandemia. Excepto que no es un virus invisible, sino hombres muy visibles.

Todo el que no es europeo es deportable. Incluso los llamados whitexicans son brown, aquí. No importa la ropa, el acento ni el carro.

Y en este país, la pureza siempre ha sido una obsesión peligrosa. La persecución no es diaria, pero sí constante.

Un golpe en la puerta sacude. Un mensaje en redes paraliza.

Faltar al trabajo, a la escuela o a la iglesia se convierte en una estrategia de supervivencia. Ni al supermercado se puede ir sin pensar en no volver.

Roberto cambia nombres en los sobres y las carpetas. Borra rastros de sí. Se esconde si ve a su jefe en público.

Otros buscan notario porque quieren una carta con poder notarial para menores, para evitar que el Estado se quede con sus hijos y los pierda entre largos procesos burocráticos.

Claudia me dijo una vez que una amiga en el trabajo tiene pesadillas en las que su otra identidad viene a buscarla pidiéndola de regreso. Excepto que en la pesadilla ella era ambas.

El horror se transmite en la comunidad, a veces generando alarma innecesaria.

Como los policías que, al ir en manada a almorzar, pasaron a convertirse en la noticia del pueblo, que supuestamente la migra llegó a deportar cocineros y meseros. Y la dueña aclaró en redes que todo era chisme por pánico, explicando la presencia policial como clientes en busca de un platillo mexicano agringado y nada más.

La información corre rápido. La desinformación también.

El miedo también es una red comunitaria.

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Una amiga que a ratos es intérprete del inglés al español me contó que vio cómo deportaron a un hombre al salir de su cita migratoria en Indianápolis. Entró a cumplir con lo que el sistema le pedía. Salió. Y en el estacionamiento lo desaparecieron.

Me llamó en pánico, con las lágrimas a media garganta. No lo podía creer.

Me dice con un dolor y un cansancio en su mirada una madre nicaragüense y alumna mía, cómo, con vuelos y pasaportes listos para sus peques, conectada por videollamada: “Me andaban preguntando, mami, ¿ya podremos irnos con vos?”, esa desesperación ahogada en llanto grabada en mí para siempre. Aunque sus hijos estén preparados para reunirse, no tiene palabras para darles la noticia de que siempre no.

No puede traerlos; los cinco niños tendrán que quedarse con una conocida en Nicaragua.

Ella trabaja en una fábrica de lámparas siempre con la idea de irse en cualquier momento. Cada día lejos de ellos es muerte en vida, me dice.

Se pierde en el trabajo, se queda más horas solamente para poder mandarles para comer.

Cada bocado, cada esfuerzo que hace, tiene un costo: no poder abrazarlos, me dice, deshecha por la distancia.

Escucho historias también en el aula. Algunos alumnos me dicen que quizá regresen a Texas para ayudar a su familia si deportan a su papá. Otros no saben si podrán seguir estudiando.

Un alumno indocumentado batalla cada semestre para pagar la matrícula que parece diseñada para recordarle, con cifras exactas, que no pertenece del todo.

Y está el caso del venezolano que estudió obsesivamente para ahorrarse un semestre completo de colegiatura. Cuando le cancelaron el Estatus de Protección Temporal, su mundo se vino abajo, y fue ahí donde encontró a Dios al caer bajo estatus ilegal. Antes manejaba a diario entre la universidad y su casa. Después, por miedo, dejó de hacerlo.

Empezó a quedarse en los sillones, en los edificios de la escuela, con amigos. También deshecho por el miedo.

Una maestra de kínder me contó cómo los padres llamaban a la escuela con miedo porque temían ir por sus hijos, porque creían que el Control de Inmigración y Aduanas las deportaría al salir de la escuela.

El terror logístico se vive a diario.

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En medio de todo eso, una noche vi Terminator 2 al no poder dormir, pensando en las interrogantes, y pensé en Sarah Connor: alerta ante un sistema frío e impersonal que no distingue entre inocentes y culpables.

Me resultó perverso ver esa película ambientada en un 2029 postapocalíptico y pensé que en dos años llegaríamos a ese futuro-presente del pasado. Cuando Sarah decide huir a México, no es solo un escape: es el deseo de desaparecer del sistema.

Vivir bajo el radar.

Para muchos inmigrantes y nacidos aquí, eso no es una metáfora; es el plan de cada día.

Pienso en mi padrastro, detenido el Día del Padre de 2017 durante el primer mandato presidencial de Trump. Seis meses en un centro de ICE (control de inmigración y aduanas), con la esperanza de obtener un perdón del juez.

Salió distinto, para no decir roto.

Pienso en mi madre, quien lloró peor que cualquier leyenda de la Llorona, incrédula ante la injusticia. Pagó la fianza, y la policía aun así no le dio su libertad. En cambio, lo entregaron al ICE y se quedaron con los $3,500 que a mucho esfuerzo lograron juntar.

Ni rezos ni cartas rojas con nuestros supuestos derechos, ni la exclamación de nuestra humanidad cambiará lo que este juego de las guerras floridas aztecas dicta.

Por eso el cinismo a ratos.

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Y aun así, algo empezó a moverse.

En medio de todo esto, en este segundo año del segundo mandato presidencial, se abrió el Centro Latino en Crawfordsville, del cual fui nombrado director.

No fue un acto protocolario ni un simple corte de listón. Fue una toma de palabra.

Durante mucho tiempo pensé que imaginar no era para mí, que era un lujo reservado a quienes no viven en modo supervivencia.

Imaginar en silencio, no decirlo, no nombrarlo; pero ahí, de pie frente a esa casa, entendí que imaginar es una forma de resistencia.

Soñar no es solo ilusión; es alegría, sí, y compromiso, sacrificio y constancia. Pensé en mi esposo, que alguna vez me dijo: “Hace mucho tiempo que no imagino; siempre algo pasa y no ocurre”.

El miedo nos roba la imaginación. Nos obliga a sobrevivir sin futuro.

Hablé de mamá el día de la inauguración del centro también, quien, a los veintiún años, migró de Zamora, Michoacán, a Compton, California, sin saber el idioma, sin certezas, pero con harta imaginación y conmigo en brazos.

Entramos escondidos en una carreta de naranjas.

Pensé entonces: si ella pudo, yo también puedo.

Por eso el centro es para imaginar juntos. Para ofrecer programación en español. Para celebrar el Día de Muertos, las posadas, la rosca de reyes…Para que el español no se suspenda, sino que se escuche. Para que la comunidad no sea invitada, sino protagonista.

Celebrar la cultura aquí es un acto político y hablar español en público es un derecho civil.

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Crédito: Imagen generada con CHATGPT
Crédito: Imagen generada con CHATGPT

Y pienso en mi esposo. Llegó a Estados Unidos, de Colombia, el primer año de Trump.

El miedo fue tal que hubo días en que no quería salir de casa.

Cuando le tocó su cita migratoria para la residencia legal fuimos a Indianápolis, con el estómago encogido.

Habíamos leído y escuchado hablar de personas que no regresaban.

Pensamos en qué ocurriría si no fuéramos a la cita y concluimos que sería peor. En camino, llamó a su mamá, quien vive en una finca en Ibagué, Colombia.

Ella le dio la bendición y le dijo que todo estaría bien.

Colgamos y nos miramos, conscientes del peligro real.

En la oficina, la oficial de entrevistas de inmigración nos gritó como militar: “Turn off your phone, I said turn off your phone, it better not be on ”, y, al hacerlo, nos lo arrebató e hizo tap al punto que creíamos que estrelló las pantallas de los celulares.

Luego, exigió respuestas exactas, como si el amor tuviera un formato oficial. Ni más ni menos. Al salir, mi cuerpo temblaba. Pensé que no nos dejarían ir.

Pero seguimos aquí.

Aunque todo salió bien, el cuerpo se paralizó. Lo abracé y lo felicité como pude; mi esposo se tragó sus lágrimas.

El shock en su rostro y en su cuerpo era palpable, imposible de ocultar.

La funcionaria en el pasillo me recordó a El alcalde en El extraño mundo de Jack. Nos despedía con una sonrisa, y nosotros aún con el corazón acelerado por su otra cara.

Desde entonces sé que el miedo no se va. Se aprende. Se hereda. Se administra.

Pero también se enfrenta. Con la comunidad. Con cultura. Con humor, cuando se puede.

Y con amor, siempre.

Esta es la guerra florida trumpiana: cada silencio, cada miedo, cada celebración es resistencia.

Cada estrategia, cada cuidado, un escudo ceremonial que nos permite seguir aquí.

Como en las guerras floridas aztecas y como los purépechas que nunca fueron vencidos, mi memoria ancestral recuerda que resistir es posible y que el espíritu de libertad corre por nuestras venas bajo la guerra florida trumpiana.

Ahí fue cuando me acordé de que esto no es nuevo.

De que ya he experimentado la contradicción de sentir que a esta opresión ya la sabemos domar, mientras nos decimos que hay que llevarla con tranquilidad y gozar la vida, cuando sabemos que no es tan fácil o apenas posible.

Guardó el lenguaje como paisajes y bandas sonoras; lo pronunció y lo dejó llenar la hoja.

Somos el lenguaje que conservamos, las expresiones de nuestros antepasados; lo llevamos dentro, lo pronunciamos, lo respiramos.

Cada palabra arrastra rastros y rostros. Mi corazón da un vuelco al ver una redada. La guerra florida, sin fin, continúa.

Huir viene en avisos: no salgan, no abran la puerta, no manden a los niños…

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Y mientras pienso en esta resistencia cotidiana, vuelvo a recordar a mi padrastro…

Cuando cayó en manos de ICE, lo golpearon y lo humillaron.

Le dijeron que no valía nada.

Dice mamá que le destrozaron el alma.

El juez no vio al padre ni al esposo ni al hijo; vio un expediente. Después de su deportación, no volvió a cruzar. No por falta de fuerza, sino por exceso de trauma.

El uniforme lo desarma. La herida no se cierra. Se nombra.

Entrar muerto a Estados Unidos es más rápido que con vida. Eso consoló a mamá.

Lo escribo porque es lo único que no podrán deportar. Mamá canta.

Canta llorando, como cantaba por las tardes cuando era niño, cuando la voz era la única casa que teníamos

Canta Si nos dejan: dice que, si nos dejan, que, si nos dejan, nos vamos a vivir en un mundo nuevo.

No canta fuerte. No llama a nadie por su nombre.

Canta bajito, como cantan las mujeres que han perdido demasiado y aun así no se espantan por los vivos.

Algunos confunden ese canto con un lamento.

Yo sé que no. Es mi madre cuidando el mundo con una canción, mientras espera si por fin… sí nos dejan.

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