Confabulario

Seriedad y frivolidad un 10 de mayo

Reseña de dos películas palestinas —La voz de Hind y Todo lo que fuimos— que exponen la vida cotidiana atravesada por la ocupación, las infancias sitiadas y las genealogías rotas

Cherien Dabis interpreta a Hanan, madre palestina desplazada tras la pérdida de su hogar en 1948, en Todo lo que fuimos. Crédito: Especial.
10/05/2026 |01:07
Alberto Vital
Autor de OpiniónVer perfil





Dos películas palestinas y una francesa han pasado por mis ojos. Son unos ojos atentos, cansados, sobrexplotados. Y, por cierto, una de estas tardes tras el cine el polvo a las afueras de las salas (basuritas, polen de primavera, seguramente alguna partícula tóxica) me estropearon un buen rato la visión, y regresé a casa con la ayuda de un brazo piadoso.

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Los publicistas del cine hablan de sus salas como “la gran ilusión”. Seguramente no se refieren a estas tres piezas, que inhiben cualquier mirada ingenua y evasiva sobre el presente.

La voz de Hind (2025) es una obra maestra de la directora Kaouther Ben Hania y se basa en hechos tan reales que la voz de Hind corresponde a una niña palestina de carne y hueso atrapada en un carro con el resto de sus familiares muertos tras un ataque con bombas en Gaza. Ella está ilesa y logra establecer contacto con un centro de apoyo en Cisjordania. El centro debe y quiere enviarle una ambulancia de la Media Luna Roja. Para ello han de realizarse coordinaciones con la fuerza de ocupación, que dará –o no– su visto bueno para el rescate. El proceso hubiera dado mucha materia en qué pensar a Franz Kafka, autor –como bien sabemos– con alguna gota de sangre judía.

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Crédito: Especial

Veremos en esta cinta un rasgo que se repite en la otra obra maestra palestina: la ocupación, la guerra, el despojo, las amenazas, las bombas y la arrogancia provocan tensiones extremas entre las víctimas, que tomarán decisiones en circunstancias de vida o muerte. El centro palestino que busca el rescate de Hind se fractura anímicamente en la disputa sobre la mejor decisión: el hombre que está escuchando a Hind con sus audífonos presiona al jefe responsable para que mande la ambulancia incluso sin el kafkiano visto bueno. El jefe se resiste: le muestra en la pared fotografías (reales) de los enfermeros y conductores de ambulancia que murieron en intentos de rescate.

¿El mundo es una ruleta rusa? ¿El mundo es una trampa permanente, sea por esto, sea por aquello? Quizá penetraremos en un rasgo de psicología profunda en ciertos individuos cuando respondamos que sí: hay quienes disfrutan convirtiendo la vida en una ruleta para los demás.

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La directora mantiene la tensión en niveles extremos, y por ejemplo tras la luz verde vamos siguiendo el trayecto de la ambulancia en una pantalla del centro. Ya se verá si el visto bueno ha sido sincero o si es otra trampa de las fuerzas de ocupación.

Todo lo que fuimos (2026), de la directora y protagonista Cherien Dabis, cuenta una saga palestina que comienza y termina en dos años cruciales: 1948 y 2022. Salim es un niño en 1948 y un abuelo en 2022. Entre estas fechas ha perdido su casa, su huerto de naranjas, su tierra, un hijo. Noor, el hijo, participa en la intifada de 1988 y recibe un balazo en la cabeza. Noor ha visto diez años antes cómo una patrulla de ocupación los detiene a él y a Salim y los humilla. Noor se radicaliza y a sus veinte años muere. Su agonía es tan larga que volvemos a ver un proceso kafkiano, si bien con características muy distintas: Noor es un joven de salud perfecta, salvo porque tiene muerte cerebral. Se les pide a los padres que consideren si podrían salvar seis vidas con donación de seis órganos. El hospital se encuentra en Haifa y es judío: ¿y si se salva la vida de un niño que después formará parte del ejército de ocupación? Los padres consultan a una autoridad religiosa musulmana, que hace una hermenéutica respetuosa y generosa de un pasaje coránico. Todo esto ocurre en 1988.

Hoy es 10 de mayo. La madre de Noor es quien ha contado toda la historia; se la narra en 2022 al joven judío que porta el corazón de Noor. Ella le menciona su propio dolor y el dolor de su pueblo. El joven le pregunta si ella siente el dolor del pueblo judío.

––Lo vivimos todos los días –le responde ella–. Lo pagamos todos los días.

En efecto, el pueblo palestino paga un crimen que no cometió (aunque es inadmisible la barbarie cometida el 7 de octubre de 2022 por un puño de terroristas palestinos, barbarie que ha tenido terribles consecuencias para su pueblo y para el mundo; todo terrorismo es letal en términos jurídicos, humanos, políticos). Y allí se abre una esperanza de paz, por lo pronto simbólica (si se quiere, alegórica): que cada quien porte el corazón de alguien perteneciente a un pueblo con el cual su pueblo tiene diferencias (planteé esta posibilidad en Controversy and Ultimatum, de 2019 y 2021): una parte sustantiva de nuestros códigos genéticos vivirían al otro lado de la frontera o al otro lado del mundo; el otro pueblo ya no sería mi enemigo, ya no podría ser mi enemigo. Más allá de esta propuesta simbólica (si se quiere, alegórica) ambas películas nos dejan claro que seremos las personas comunes y corrientes las que traeremos la paz al mundo o simplemente no habrá paz, pues las élites de hoy parecen perdidas. En ninguna de las dos películas aparecen los gobernantes; aparece, eso sí, la escala más baja de los gobiernos: patrullas con individuos carentes de toda empatía, de cualquier indicio, así sea mínimo, de respeto por la vida y la dignidad.

Tampoco en La mujer más rica del mundo (2026), del director Thierry Klifa, se dejan ver los gobernantes. Ahora bien, aquí estamos en el otro extremo del tono y el propósito de las dos películas palestinas. Esta cinta francesa es un homenaje permanente a la frivolidad, al cinismo, a la banalidad de una capa de las élites económicas galas. ¿Resumimos el problema del mundo en cinco palabras? Demasiado dinero en escasísimas neuronas. O: demasiado dinero en neuronas limitadísimas. La dueña de L’Oreal recibió y ensanchó una fabulosa fortuna mediante productos tan esenciales para la vida como los perfumes y las lociones. Un fotógrafo vividor logra volverse imprescindible a esta mujer, que se aburre. Él es un bufón cuya única virtud consiste en imponer sus opiniones y sus juicios acerca de todo lo próximo y todo lo lejano. Juan Rulfo reconocía que se tardaba en responder: tenía “la chispa retardada”. El bufón de la película la tiene muy rápida: da siempre la respuesta más benéfica para él, aunque sea falsa. Asegura que ser audaz lo hace feliz. Su problema es que siempre es audaz… a costa de los otros. ¿Se conectan las tres películas? ¿La frivolidad de una perfumista y su séquito repercute en la pobreza de pueblos enteros? Son preguntas. Mientras tanto, leo las sucesivas entregas de Diario de Gaza, de Fernando Solana Olivares.