A un costado de la cancha, familiares y amistades de los jugadores animan a su equipo. Son las madres, hermanas, padres y hermanos de los jóvenes futbolistas que hoy juegan una jornada más de esta liga, semillero de deportistas. Las gradas están llenas y algunos de los asistentes ya instalaron carpas portátiles para protegerse del sol. Entre sus manos circulan las aguas frescas y golosinas para disfrutar este sábado futbolero y familiar. Abunda el entusiasmo por ver a su equipo pasar por encima del rival.
Estamos en las canchas de San Borja, Texcoco. Como este centro deportivo, a lo largo del país hay miles de instalaciones como esta. Aquí es donde nace todo: sueños mundialistas y carreras truncadas; derrotas y logros. Pero también las aficiones y el amor por un equipo, una identidad que muchos llevan hasta la tumba.
Es mediodía. A esta hora están agendados los partidos de las ligas infantil y juvenil: los jugadores que saltan al césped son muchachos —y una chica— de diez a doce años. Entre semana aún atienden las tareas escolares y la dirección de sus padres. Hoy sólo quieren ser el goleador de la jornada, el defensor imbatible o el mediocampista más creativo del partido. El cartel dice Rayados vs. Tuzos.

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Muchos de ellos aún no nacían cuando sus ídolos ya cosechaban trofeos y títulos mundialistas. En su imaginario están los nombres de Cristiano Ronaldo, Kylian Mbappé, Lamine Yamal o Vinicius Junior. Los más grandecitos quizá recuerden la teatralidad de Neymar y Arjen Robben. En varios de ellos está el anhelo de jugar profesionalmente en la liga mexicana y, no se diga, ser fichados por algún club mexicano y después europeo.
Poco antes de iniciar el juego, me recibe El Profe José Carlos Solares, su entrenador. Mientras sus pupilos entrenan a un costado de la cancha, me comparte un poco de su trayectoria: su paso por la tercera división, su lesión de rodilla a los 21 años que lo alejó de su proyecto profesional en las canchas, su formación en la Escuela Nacional de Directores Técnicos (ENDIT) y su paso por la UAM Xochimilco. Entre semana, todas las tardes, entrena a diversos equipos de la zona oriente de la Ciudad de México. Le pregunto:
—¿Por qué nuestra selección nacional nunca pasa del cuarto partido, y cuando lo ha hecho es cuando juega de local?
—Hay varias respuestas. Si lo vemos desde la competitividad de un jugador, de origen está su entorno y las posibilidades que le da su familia. En otros clubes donde he entrenado equipos ves a chavos que tienen una vida más resuelta. Si tienen compromisos sociales antes de los partidos de fin de semana, no llegan al partido. Hay casos de chavos que vienen de familias propietarias de empresas. Sus papás les empiezan a exigir que se involucren en sus negocios.
—¿Para muchos de ellos el futbol profesional es una opción?
—Sí. Y algo muy distinto ocurre con chavos que vienen de zonas más populares. Los primeros no tienen carencias. Incluso, como han crecido sin problemas en su alimentación, son personas muy fuertes y ágiles. Los que vienen de colonias populares tienen que hacer trayectos en transporte público y comen lo que pueden en la calle. Hay a quienes sus familias sí los apoyan y les ponen un lunch balanceado. Pero no ocurre con todos.
—¿Para algunos de estos que me mencionas, el futbol profesional es un anhelo más que una opción?
—Es un sueño. Ser profesional también implica lograr mejor posición económica.
Del otro lado del enrejado que separa la zona de aficionados del terreno de juego, las familias han sacado las vuvuzelas, que desde el Mundial de Futbol de Sudáfrica, en 2010, han sustituido a las matracas. Desde ahí, algunos padres le pelean el puesto al entrenador. Dan indicaciones, reclaman al árbitro y, lo más importante, levantan la moral de su equipo, de sus niños.
—¿Cómo se forma a un futbolista?
—Por ejemplo en estas ligas infantiles y juveniles, como entrenador tienes que probar a los chavos en todas las posiciones. Porque todos tienen distintas capacidades. Hay quienes son muy buenos en la defensiva.
—Pasa el balón o pasa el delantero, pero nunca juntos.
—Así es. Otros, por naturaleza, son ofensivos.
—¿Qué pasa con los que juegan en la media cancha?
—Son jugadores que tienen un liderazgo. Prevén la forma en que atacarán los rivales y dentro de la cancha dirigen a su equipo. También ven por adelantado las oportunidades de atacar y crean jugadas: lanzan balones filtrados, triangulan balones, mueven al equipo para que baje o que suba.
—¿Qué jugadores profesionales hemos tenido con ese liderazgo?
—Benjamín Galindo, Rafa Márquez, Alberto García Aspe y Andrés Guardado.
Me explica que hay una naturaleza propia de cada persona, pero detrás de un jugador profesional hay entrenamiento, hay alimentación, hay disciplina deportiva. Y en la base de todo, pienso, hay una sociedad y una familia que lo respalda. Un grupo de mujeres corea:
Ese gol
fue muy bueno
se merece
una ovación.
La búsqueda de una respuesta de esta pregunta que nos ha intrigado por tanto tiempo no me lleva ni a Zurich, sede de la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA) ni a Toluca, sede de la Federación Mexicana de Futbol (Femexfut). En cambio, dos reuniones virtuales me llevan a las afueras de Ámsterdam, donde vive Ana Paola López Yrigoyen, y a Mérida, donde radica el antropólogo Miguel Lisbona Guillén.
Ella fue portera de los Pumas en la liga femenil. En su perfil de LinkedIn se describe así: “Mi responsabilidad principal consiste en gestionar las relaciones con las asociaciones/sindicatos miembros y promover los intereses de lxs futbolistas”. A la par de su carrera deportiva cursó la carrera de Ciencia Política en el ITAM y un máster en dirección deportiva por la FIFA. Fue editora del portal Apuntes de Rabona: Pensar desde el futbol y encargada de prensa del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM). Hoy trabaja en la Federación Internacional de Asociaciones de Futbolistas Profesionales (FIFPRO), que representa a más de 60 asociaciones de futbolistas profesionales.
A la pregunta que nos hacemos todos, responde: “Son muchas respuestas que se repiten cada ciclo mundialista. La Liga Mexicana sobrepaga para el talento que tiene. Y es un círculo perpetuo. Donde no te rozas con mayor talento, las cosas no cambian.” Explica que talento hay, pero hay vicios sistémicos que impiden su desarrollo. Recuerda que México ha sido dos veces campeón en mundiales sub 17: en 2005, cuando derrotó 3-0 a Brasil, y en 2011 cuando venció 2-0 a Uruguay. Además, la selección femenil ha sido subcampeona del mundo. ¿Qué pasa después?
“México es una de las pocas ligas en el mundo que no tiene sistema de ascenso y descenso. Realmente no hay competición. También es cuestión del desarrollo físico-atlético. Ahí se refleja la inequidad que hay en el país”.
Ana Paola me explica cómo se dieron las condiciones para el reciente impulso al futbol femenil. La clave está en la asignación que la FIFA dio a Qatar en 2010 como organizador del Mundial de futbol en 2022. Las denuncias públicas por corrupción, que llevaron a la renuncia de su presidente, Joseph Blatter. Para conseguir la sede de la siguiente edición, Estados Unidos manejó un discurso de inclusión, al que sumó los derechos de igualdad entre los géneros. Esta agenda lo llevó a ofrecer que este campeonato se hiciera en colaboración con México y Canadá. Los consorcios mediáticos en México vieron en esto la posibilidad de crear un nuevo nicho de audiencias y aficiones.
Al principio hubo un rezago salarial y de las condiciones de entrenamiento. Poco a poco, dice, ha cambiado, sobre todo desde la llegada de Mariana Gutiérrez a la presidencia de la Liga Femenil: “Cuando hay equipos de trabajo exclusivamente enfocados en femenil, pues crece. Pasa de ser un apéndice a ser el objetivo. Eso ha hecho que crezca muchísimo”.
Lo que me comparte Ana Paola me lleva a sumar una lectura complementaria. Para eso invité al antropólogo Miguel Lisbona, quien ha dedicado parte de sus estudios al deporte como expresión cultural en la historia moderna de México. Da clases en el Centro de Investigaciones Multidisciplinarias sobre Chiapas y la Frontera Sur (Cimsur) de la UNAM.
Su pronóstico es que la selección mexicana sí tiene posibilidad de llegar al quinto partido por la forma en que está estructurado este torneo mundialista, con más fases eliminatorias. Aunque en medio de eso, el Tri se podría topar con Inglaterra. Un rival que ya no espanta a los jugadores mexicanos que en mundiales anteriores han vencido a otros rivales que parecían imposibles, como ocurrió con Alemania en el Mundial de Rusia en 2018. Estamos curados de espantos.
—¿Qué características influyen para que una selección nacional tenga un buen desempeño?
—No existe una identidad de juego. Eso tampoco se refleja en la Liga Mexicana, la define la inmediatez. Tienes un torneo cada 6 meses. Eso está vinculado al negocio. Muy pocos clubs se ocupan de la formación de jugadores: Pachuca, Pumas, ¿quién más? Compran jugadores por todo el mundo, que no le imprimen una idea de juego al fútbol mexicano. Si eso no ocurre [mayor formación] será muy difícil dar el salto. Puede que alguna vez pase octavos, alguna vez pasará.
En noviembre del año pasado, una de las tantas polémicas que alimentan al futbol como espectáculo se centró en el inminente llamado a la selección nacional de Álvaro Fidalgo, jugador mexicano de origen español. Desde sus espacios de opinión, algunos periodistas criticaron el excesivo uso de naturalizados en el equipo mexicano. Hubo quien calificó esas críticas de “xenófobas”. Las preguntas que quizá nos debemos hacer, como espectadores o aficionados, son estas: ¿la Federación abre las puertas de la selección mexicana a jugadores naturalizados como una genuina agenda de inclusión? ¿O es más rentable fichar talento foráneo para sanear su incapacidad o desinterés para hacer de su talento local (incluyendo a los naturalizados que deseen formarse en México) realmente competitivo?.
Veamos un caso cercano. En el Mundial de Sudáfrica en 2010, España ganó su primer título mundialista al vencer a Países Bajos. Doce de los diecinueve convocados por Vicente del Bosque eran jugadores del Barcelona y Real Madrid, dos de los equipos más competitivos de la Liga Española.
¿Cómo fue que en 2010 España dio el salto que nosotros no hemos dado?
—Esa identidad tiene que estar basada en el tipo de jugador que formas. Cuando yo era chamaco, a la selección española le llamaban “La Furia”. Luis Enrique [ex jugador y ex entrenador de España] dijo después: “¿Qué furia íbamos a tener si pesábamos 70 kilos?” ¿Qué furia? Nada. Es hasta que entienden que aunque eran bajitos, podían tener una técnica y una forma de jugar.
José Samuel Martínez es profesor de la maestría en Comunicación de la Universidad Iberoamericana, campus Ciudad de México. Es parte de la Red de Investigadores sobre Deporte, Cultura Física, Ocio y Recreación. Para él, “el futbol se le asocian valores nacionalistas, sentimientos nacionalistas de pureza. Y eso en una sociedad global está equivocado. Todas las selecciones tienen jugadores que se han naturalizado. Si ves a la selección francesa, está llena de africanos. En la selección española hay gente de otros orígenes. En la de Estados Unidos, lo mismo”.
Comparte también una lectura más sociológica del futbol desde distintos ángulos: como actividad dentro de una sociedad capitalista no está ajena a ser moldeado por ella. El dinero mueve futuros, decisiones, carreras profesionales, voluntades y pasiones. Como dos viejos nostálgicos, Samuel y yo charlamos por teléfono. Me cuenta:
“Cuando llega el futbol (a finales del siglo XIX) ya había atletas profesionales: en el box, en la natación, en el tenis, en la esgrima, en el ciclismo. Algunos ya vivían de practicar ese deporte. ¿Por qué? Porque atraían la atención de las personas. Cobraban la entrada a las arenas a los estadios o en las albercas”. Traza tres etapas de evolución del futbol, asociadas a las etapas recientes del capitalismo y a los medios: la primera marcada por el capitalismo de productos y la prensa escrita; la segunda, por las marcas y después de la Segunda Guerra Mundial por un capitalismo del deseo, marcado por la publicidad. “Hoy es muy excluyente porque el costo de las experiencias de consumo es más alto, más elitista. El negocio del futbol es tan grande que se da el lujo de plantear ese tipo de modelo: elevando los costos de los derechos de televisión y de acceso a los estadios. En una sociedad digital donde los contenidos se compran, el futbol es un contenido por el que hay que pagar. En este mundial todavía veremos partidos en televisión abierta. A partir del próximo mundial es muy probable que ya lo veamos sólo por streaming”.
De regreso a Texcoco, mientras El Profe José Carlos dirige a su equipo desde la línea de banda, observo a la afición que ve en esas jóvenes promesas la posibilidad de que algún día alguien de la familia salte a la cancha del Estadio Azteca, haga vida profesional en el futbol y, ¿por qué no?, llegue a alguna liga europea. Ahora entiendo que hay una voluntad personal en cada jugador —marcada por su entorno—, un ecosistema de clubes —con sus usos y costumbres al momento de decidir quién debuta y quién no— y un torneo diseñado para conformarnos con ilusiones cíclicas. Desde las gradas, esta afición aplaude a sus muchachos:
Estoy orgullosa de ser tu mamá, desde la tribuna te vengo a apoyar.