En Un hijo propio (México, 2026), inclasificable octavo largometraje de la realizadora docuficcional chilena santiaguina también TVserialista ya internacionalmente célebre de 43 años Maite Alberdi (El salvavidas 11, El agente topo 20, La memoria infinita 23), con guion de Julián Loyola y Esteban Student, la joven enfermera de hospital en el área de ginecología Alejandra Ale (Ana Celeste Montalvo Peña) que confiesa haber sido siempre muy niñera y desde pequeña haber deseado tener un hijo, se casa a los 17 años con el modesto tendero Arturo (Armando Espitia) que asimismo quiere ser padre, pero un primer embarazo concluye en aborto espontáneo y un segundo otra vez, entre los inútiles apapachos incondicionales de su progenitora (Mayra Sérbulo) y los obvios reproches de la rechazante suegra (la realizadora mixteca Ángeles Cruz) siempre hipercrítica (“Es que no te cuidas”), aunados a la profunda decepción del marido, entonces a la desesperada, en vista de que tanto ella como su cónyuge rechazan la idea de una adopción, Ale se embaraza de nuevo y vuelve a perder el bebé, pero esta vez se lo oculta al esposo, fingiendo el crecimiento del abdomen comiendo el doble y, de manera inverosímil, aceptando que la futura madre contra su voluntad Mayra (Luisa Guzmán), con quien se topó en una sala de espera, le regale su bebé el mismo día que nazca, mientras Ale disfruta feliz su falso embarazo, se inventa sin problema un historial, se procura una ecografía e impide que su Arturo amoroso tenga intimidad con ella para no dañar al babé y termina acudiendo intempestivamente sola a parir al sanatorio, cuando en realidad ve desaparecer a Mayra recién parida y Ale se siente obligada a sacar clandestinamente dentro de una bolsa a su ahora hijo propio, si bien, alcanzada a la salida por un desconcertado Arturo, con quien acaba refugiada en un hotel, donde no tardará en irrumpir la policía para capturarlos con despliegue de violencia, para devolver el bebé a su legítima madre y provocar un linchamiento mediático a nivel nacional, condenando al supuesto cómplice involuntario Arturo a dos años de prisión y a la presunta robachicos desecha a trece años de cárcel, ahora comentados de viva voz por los acusados reales, junto con la Mayra víctima, la abogada defensora de Ale, una psicóloga y demás adláteres inevitables en este minuciosamente desdoblado caso de alucine maternal.
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El alucine maternal quiebra desde adentro los fatigados clisés de los inapetentes culebrones de Netflix sobre crímenes verídicos medio misteriosos medio shocking a modo de interminables thrillers psicológicos, pues la astuta Alberdi impone de entrada un con efecto Barbie (Gerwig 23) de colorines y videos caseros, a un tiempo estética cosmetológica y parque de diversiones infantiles perpetuo con payasita guía y estética cosmetológica, en vez de las rutinarias imágenes en b/n para un gris pasado y brutalmente naturalistas para el presente, ahora reduciendo sagazmente al límite las especulaciones testimoniales (ya no reiterativas e interminables) y las digresiones jurídicas y psicologistas, e incluso dándose el lujo de romper continuidades realistas con visualistas coqueterías y distanciamientos críticos expresados en el uso de cristales empañados, encuadres de pronto barrocos y planos cenitales muy bien dosificados, artificiales, pues de lo que se trata ante todo es meternos en el delirio de la protagonista durante una primera parte, en apariencia lógico/ilógico, debido al trastorno disociativo de la realidad de la protagonista, y en seguida socavar y denunciar los absurdos de ese delirio a lo largo de la segunda parte, algo indispensable, porque todo mundo, aún con sospechas e incomodidad y dobles voces narrativas, había creído verosímil ese delirio, caído en él, fascinado por su desquiciamiento, de súbito evidente, aunque nadie podría aún desprenderse ni emanciparse de las imágenes en tonos pastel disneyano del fotógrafo Sergio Armstrong, envolventemente editadas por Carolina Siraqyan y una música de Miguel Miranda y José Miguel Tobar más bien inquietante.
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El alucine maternal demuestra un acendrado e inteligente feminismo omnicomprensivo al mostrar en todo momento y detalle un máximo respeto hacia las criaturas involucradas en el supragenérico proyecto fílmico sostenido en vilo sobre una cuerda floja tendida entre el documental y la ficción y sujeto a las permutaciones más hábiles y casi desquiciantes, los convincentes personajes ficticios y los apabullantes personajes reales, trátese de los intérpretes que vivencialmente representan con gran delicadeza autoconsciente a sus personajes tras haber sido introducidos en forma subliminal por la directora señalando un breve “¡Corte!” luego de un prólogo sobre la ilusión matrimonial, o trátese de los verdaderos personajes que reflexionan sobre sí mismos poco más de una década después de los hechos, brechtianamente femiviviseccional.
El alucine maternal genera así una extraña película extrañante más empática que sensible y más calculadora que tierna, al utilizar cual motivo recurrente la “Melodía desencadenada” que se oye en la boda e intolerablemente en la patrulla rumbo a la comisaría, escenificando las consecuencias aberrantes de la presión social sobre cualquier mujer, desmenuzando el cuestionable deseo vacuo de la ingenua heroína sin otros intereses vitales (según la cinecrítica Leslie Felperin) o bien sublimizando la conmovedora sororidad de las presas al despedir a su compañera liberada a sus 39 años (“Sé fuerte, muy fuerte”).
Y el alucine maternal extiende finalmente su idea del embarazo delirante hasta involucrar en la trama verdadera al delirio paternal de un nuevo Arturo excarcelado y reflexivo que acaba resolviendo de manera feliz las cosas, pues dos años después de un primer epílogo reaparece en otro epílogo más, al lado de una Ale cuarentona, compartiendo ante una lustrosa resbaladilla las gracias del nene que su exmarido tuvo con otra chica.